Santiago vive en Córdoba y tiene un hijo muy parecido a él.
Recuerdo cuando llegó a la familia. Fue un acontecimiento particular. Imposible olvidar.
Nada apasionaba a mi madre, ella nunca estaba alegre. No cocinaba, no bailaba, no cantaba ni se vestía para la ocasión. Cualquier cosa que rompiera la rutina era un llamado de atención.
Ese día me di cuenta de que algo pasaba, porque ella se había arreglado y a mí también. Me puso colonia, los zapatos de salir y una falda elegante. Me tironeó del pelo más de lo habitual y me lo ató con las gomitas ajustadas. Sin lugar a dudas algo memorable estaba por ocurrir, por eso no me quejé de nada. Abrí grandes los ojos, los oídos, cada uno de mis poros y esperé en silencio hasta saber.
Vamos a visitar a la tía, que tuvo un bebé. ¿Lo querés conocer?
Era tan extraño ver así de entusiasmada a mamá, que lo que estaba diciendo tardó en llegar. Me distrajo la cercanía de su máscara oculta. El latido de adrenalina en esos ojos saltones, extraordinariamente abiertos.
La tía tuvo un bebé. Las palabras excitadas volvían en un eco. Eso era raro también. La tía no había estado embarazada. Estaba segura. Vivíamos a pocas cuadras, íbamos todo el tiempo de visita. Ella era muy linda, delgada, pelirroja y siempre alegre. Su marido era médico, usaba barba y era un hombre callado. Tenían un perro grande, un gato anaranjado y ningún bebé en la panza.
No entendí lo que pasaba y no sé si llegué a preguntar, o si la respuesta se anticipó. Mi madre prendió un cigarrillo y entonces dijo todo junto, lo del secreto y lo de la adopción. Mientras hablaba, la nube de humo salía lento a través de la boca en movimiento, desde el fondo del volcán de su garganta.
Esto no se lo podemos contar a nadie, decía mientras me acomodaba los botones del abrigo para salir. Cuando callaba, el humo se le escapaba por la nariz y la bruma tejía una mantilla volátil que le cubría toda la cara, le hacía entrecerrar los ojos y no la dejaba ver.
Madre es quien te quiere, quien te cría, decía y tosía y seguía hablando de lo difícil que era hacer una adopción, con tantos papeleos, una cosa interminable, imposible. Decía. Pausaba. Inhalaba. Exhalaba. La brasa era hipnótica cuando el rojo se volvía más intenso.
A este bebé la mamá no quería tenerlo. No tenía cómo mantenerlo. No podía. La tía ayudó. ¿Entendés? Vos solo tenés que saber que nadie lo tiene que saber. No lo debés contar. ¿Te vas a acordar? Imaginate que nos encariñamos con el bebé y después vienen y se lo llevan. Se pondría muy triste la tía, ¿no?
Tenía mucho pelo, la piel trigueña y los ojos verdes, ese bebé.
La tía lo exhibía orgullosa, con gestos ampulosos y teatrales. Ella era así, un poco exagerada. Divertida. Había tenido ese bebé enorme, que sonreía despierto, distinto de todos lo demás.
Cuando le acaricié la mano me agarró el dedo con fuerza.
No parecía un recién nacido, aunque yo no sabia mucho de recién nacidos.
Uno de sus ojos tenía la mirada extraviada.
Fue instantáneo encariñarse, quererlo.
Guardar adentro las preguntas.
Hacer mío el secreto. Encarnarlo. Temer perderlo.
Nadie iba a llevarse a ese bebé, que ya era nuestro.
Hoy es un gran día, dicen todos en casa, en el micro, en la escuela. ¿Te gusta el agua? ¿Trajiste tu mallita, las ojotas, el gorro, la toalla? ¿Alguna vez fuiste a la pileta? ¿Sabés nadar?
No hay que tener miedo. Es solamente agua, dicen en el patio, en la sala, en el micro, en el vestuario del club. Solo salpica pero no duele, ¿ves? Dejá la toalla y vení, ¿no te querés tirar?
En la pileta climatizada no hay aire, es otra cosa lo que se respira. Algo espeso. Vapor de agua en los pulmones. Calor adentro y afuera. La goma en la cabeza.
¿Ves que es divertido? Dice un profe, dos profes, tres profes. Todos los profes. La jefa de los profes. Los chicos juegan. ¿Ves qué divertido? Vení, no seas miedosa. Te va a gustar.
Sólo los pies. Si te da miedo saltar, podés elegir la escalera. Nadie te va a salpicar, pero ¿viste que no hace nada? El agua no duele, dicen. Se ríen y de sus bocas sale vapor caliente.
Son como la pava del desayuno. Esa mañana había tomado la leche, aunque la odiaba y si la había tomado era porque al menos estaba fría, pero eso ahora estaba cambiando.
El gorro de baño ajustado, no te lo podés quitar. La cinta apretada debajo del cuello. Que no se salga el cabello, que no está permitido, es peligroso para el sistema de limpieza de la pileta.
El pelo bien guardado, contenido. No hay escondite. La tira de la gorra hundida en la garganta cerrada. La cabeza separada del cuerpo. Los cachetes ardiendo en sofoco.
Vamos a entrar juntas, dice la más vieja de las profes cuando todos los demás ya dejaron de intentarlo. Vamos a ir al agua. No va a pasar nada. Dame la mano, vení. No te lo vas a perder.
Los chicos la pasan bien. Gorda maricona, dicen. Inflando los cachetes. Se ríen y la pasan bien. Es divertida la pile, dice la profe, ya vas a ver. Todos los chicos la pasan bien, sí.
Los otros chicos no se ahogan. No se mueren de vergüenza. Se ríen con entusiasmo y meten la cabeza debajo del agua. Se llenan la boca y salen escupiendo. Gotas cristalinas.
El resplandor flota como una mantilla de lentejuelas sobre la superficie del agua. El griterío. El calor encerrado en la bolsa. Ese vientre falso del que quisiera emerger.
Vamos. Un pie y después el otro. Se traza un camino mental de salida, mientras que los pies avanzan en el sentido contrario. Al agua. Hoy es un gran día, repiten
La cabeza comprimida en la cápsula gomosa. El ruido lejos. El mareo. El sofoco. El agua brilla. Chocolatada en la garganta. Va llena, dicen. Y se rien con el dedo en punta.
Al acercarse al borde, el agua pierde toda su magia luminosa. Se puede ver la pintura en el fondo, la mugre, la marca de los andariveles. Es solo agua, dicen todos. Divertido. Dale, tocala.
El agua es tibia como la sopa. Los pies son dos barcos que flotan entre las olas de un mar bravo. Hubiese querido ver esa agua quieta, en silencio, para ver esa agua en paz.
Hubiese querido ver entera la imagen que fragmentan las olas. Poder flotar, o hundirse sola, como en los sueños, para no ahogarse en el propio pesar, en los espejos rotos.
Porque no se trata del agua, ni de la asfixia, ni de la desnudez, ni de los dedos que señalan. Lo que ahoga está en otra parte. Un miedo absurdo, que no se sabe de dónde viene.
Un coraje absurdo que no se sabe adónde va. De pie cuando nadie mira. Primer escalón, agua a los tobillos. Segundo escalón, sobre las rodillas. Tercer escalón, el abismo.
El vértigo de ser tragada hasta la cintura. El frío escalando la espalda. El ardor que desaparece y la mano extendida que dice: vení, no pasa nada, es solo agua.
Las manos se amarran y los pies sueltan el punto de apoyo. En la primera vuelta el agua aparece suave por dentro. No hiere como cuando salpica.
Es una caricia fresca que no duele. Algo agradable. Como un recuerdo lejano que vuelve renovado, atravesando el cuerpo. Cambiando la piel.
El cuerpo relajado se distiende y alarga desde los brazos. La cabeza tiende hacia atrás su imaginario cabello. Solo queda el sonido de la respiración profunda y el tambor que ya late suave.
Una sola palabra puede ser suficiente para romper el hechizo del disfrute. Es lógico que la magia se deshaga en el medio de la pileta, lejos de todos los bordes, sin escalera.
El paseo feliz acaba en contracción, cuando la mujer dice: ahora la cabeza. Eso no era parte del trato. El agua puede querer entrar por los oídos, los ojos, la nariz.
Palabras mudas no quieren salir de la garganta. ¿Ves qué rica la leche? Y ahora la cabeza que no duele. El cuello atorado traiciona un socorro.
Los pies perdidos. El cuerpo desarmado. Ya no hay sirenas ni delfines. Manos firmes remolcan un cuerpo agarrotado como chatarra, mientras una voz lejana repite que todo va a estar bien.
El aire no entra ni sale. Algo va a explotar. Los ojos no alcanzan a asirse del techo engomado de la pileta. Ahora la cabeza. La mano tironea hacia abajo.
Silencio. Los ojos apretados. El aire que no entra ni sale. El agua que presiona con fuerza desde los oídos hacia adentro. Algo se enciende. Vienen las primeras imágenes.
Una mano enorme sujeta la cabeza hacia abajo por la nuca. El cuello doblado. El mentón golpeando contra el borde de plástico blanco. Los ojos abiertos no pueden ver nada en el agua.
Una mano la saca. Emerge al aire. Inhala la boca abierta y otra vez, abajo. Burbujas. ¿Ves qué divertido? La cabeza ahogada. Los brazos inútiles. El cuerpo retenido.
Una pierna por acá, otra pierna por allá. Todo suelto, fuera de control. La voluntad vencida. Sometimiento acuoso. Hoy va a ser un día especial, un gran día. Te va a gustar.
A todos los chicos les gusta el agua. Podés ser normal. Ahora la cabeza. No respires. El agua cuela por debajo de la goma y moja el pelo apelmazado en sudor.
La concentración se fija en los intervalos para respirar. La mano sujeta. Mete y saca del agua. Nada más duele. Nada está donde estaba. Ya no hay más pileta ni niños.
Voces de hombres apuntan y se ríen. Hacen ruido. Se divierten. La cabeza vuelve al agua. La mano firme. La gorra. El chocolate revuelto en la leche. El grito guardado.
Donde un represor trata de justificar lo injustificable y recibe su merecido.
“Un hombre es perseguido, una familia entera, una organización, un pueblo. La responsable de esta situación no es la codicia, sino un comerciante con sus precios, con la imposición de las reglas del juego. Los empresarios, la policía con la imposición de las reglas del juego.”
Paco Urondo
Los chicos estaban en el jardín de infantes. El mas grande tenia tres años y medio y el pequeño cumplía dos ese mismo día.
La abuela esperaba el llamado de su hija para coordinar el encuentro de cumpleaños.
Por seguridad desconocía la dirección. Todo se había vuelto complicado desde el pase a la clandestinidad. Calles secretas, citas en clave, contactos desconocidos, nombres falsos, ojos tabicados, mecanismos de anti-seguimiento y el llamado que no llegaba más.
Claudia había pasado parte de su primer embarazo encarcelada en Villa Devoto junto a compañeros y familiares, que fueron llevados en una serie de allanamientos ilegales y liberados meses más tarde con la amnistía de Cámpora a los presos políticos.
Habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo. Habían matado a Paco unos meses antes y a un montón incalculable de compañeros.
En la calle la joven pareja resiste hasta el final. Con los ideales en pie, sus cuerpos caen destrozados por la maquinaria genocida.
Es el horario de salida y los chicos quedan en la escuela. En los registros hay una dirección inexistente y un apellido falso.
Dónde encontrarlos
Los prisioneros cautivos en la ESMA escucharon los nombres de Claudia y Jote, pero ninguno de ellos los vio. Se presume que habrían caído ya muertos.
Los sobrevivientes guardan en la memoria todos y cada uno de los datos, de las fechas, de los rasgos y las rasgaduras, de cada sonido, cada palabra que pueda ser necesaria para identificar a los compañeros desaparecidos o a sus asesinos.
El “Teniente Vaca” participaba de toda la actividad represiva. Era como un miembro más de la fuerza, aunque no tenía encuadre ni rango militar. Se trataba de un colaborador civil, cuya voluntad en combatir la subversión le valió una condecoración de la armada.
La directora del jardín esperó hasta que se hizo de noche y llevó a los chicos a dormir a su casa. A primera hora del día siguiente los entregó a la policía. Los chicos pasaron unos días separados en custodia de distintos oficiales, hasta que fueron a parar al Juzgado de Menores No 9 a cargo del juez Oscar Hermelo. Allí Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa se desempeñaba como Secretario Tutelar de la Secretaría 166 durante la dictadura. Los chicos judicializados quedaron a cargo suyo.
Tiempo después los abuelos lograron localizar a sus nietos en el Instituto Riglos. El abuelo croata, que era médico, se encontró con un niño mayor automatizado en la obediencia y un niño pequeño drogado con sedantes. Con el tiempo, junto a la familia en La Pampa, los chicos se fueron recuperando, crecieron, hubo otros cumpleaños y otros aniversarios enredados en las mismas fechas. La historia avanzó inconclusa, llena de ausencias e incógnitas.
Cuando el menor de los hermanos se hizo hombre, buscó pistas hasta que encontró su propio legajo judicial. Un montón de papeles amarillentos, tipeados a máquina a pura rutina burocrática. En medio de todo eso, un pequeño manuscrito consignaba informalmente salida y reingreso de los niños alrededor de los días de navidad. No se sabe dónde estuvieron. Quizás donde sus padres, como una hipótesis de lo peor.
Por años lo justo pareció utópico y lo utópico parecía imposible y lo imposible no era capaz de detener el pedido de Justicia. “Justicia sin venganza, jamás por mano propia”, como repite siempre Taty. Con “Memoria, Verdad y Amor”, como dijo una vez Marta. Y porque, como afirma la voz de Laura en un susurro: “La sangre vuelve, nunca se va”.
Torres de Tolosa, el 'Teniente Vaca'.
Tribunales de Retiro. Subsuelo. Blindex.
Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa tiene el pelo largo y la barba entrecana crecida de forma irregular. Lleva un gorro tejido de lana negro pegado a la cabeza. Contrasta de los otros represores con que comparte el banquillo de los imputados. No existe un perfil de genocida. Podrían confundirse con cualquier persona en la calle. Eso es lo que vienen haciendo, por décadas. Mantener la impunidad.
La impunidad instalada por la dictadura en la Argentina se extendió en democracia como un daño adyacente, durante décadas. El genocidio dejó cómplices sembrados por todas partes: en el empresariado, en la iglesia, en los medios de prensa, en el poder político, en el poder judicial.
Cualquiera podría identificar a genocidas multicondenados como Videla, Menéndez, Etchecolatz o Astiz, pero la mayor parte del aparato represivo se ha mantenido anónimo, invisible. Un gorro de lana pegado a la cabeza hasta la altura de las cejas. Una barba exagerada. La incógnita sobre esa persona, que sin estas características, o caracterizaciones, sería muy difícil de reconocer.
Los juicios se vuelven un mantra doloroso. Una letanía del espanto sostenido en la memoria durante años. Una descarga. Una necesidad vital. Un ritual sagrado. Una acción reparadora. Un alivio.
Las voces son casi siempre las mismas: los sobrevivientes, los familiares, algunos testigos.
Los que saben toda verdad se mantienen en silencio, bajo un pacto que pocas veces han roto. En seguida recordamos a Adolfo Scilingo, confesando los vuelos de la muerte, tras una fenomenal encerrona intelectual de quien comanda este Cohete y el mismo Scilingo, quien en 1995 frente al Juez español Baltasar Garzón, indicó que Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa era el Teniente Vaca. Aquel que voluntariamente participaba de las acciones represivas, incluso en los vuelos de la muerte.
20 años más tarde, y a 40 años de los hechos que se le imputan, inesperadamente el pacto silencio se quiebra nuevamente. Gonzalo Dalmacio Torres de Tolosa también decide hablar.
¿Cuánta verdad puede haber en sus palabras? Solo la que se le escape, la que pulse por salir, la que no pueda controlar.
Torres de Tolosa quiere convencer al tribunal de que él no ha sido parte del aparato represivo.
Busca lavar su culpa, sacarse las causas de encima, sostener la impunidad. Niega ser el Teniente Vaca. Niega las condecoraciones. ¿Acaso importa lo que diga? Niega caso por caso, nombra a las víctimas de los vuelos por los que es acusado, solo para negar, una lista interminable de nombres cercanos, que no terminan de desaparecer.
Finalmente el tribunal le pide brevedad y ahí se decide. “Voy a hablar solo sobre los chicos Konkurat”, dice. “Acá hay un Konkurat Mario Lorenzo, que era un terrorista que murió combatiendo con gente de la ESMA. Y después dos hijos de éste, que quedaron en un guardería cuando los padres salieron a combatir”.
Claudia Urondo y Mario Konkurat (Josefina y Jote) con sus hijos Sebastián y Nicolás
En su declaración quien habla es Torres de Tolosa, pero se le escapa el Teniente Vaca por la boca. De pronto el secretario tutelar del juzgado de menores se encuentra explicando que tenía entrada liberada en la ESMA, porque lo unía un vínculo personal de confianza con el Tigre Acosta, que en la ESMA se comía muy rico y que se la pasaba bien.
Confiesa.
“Me fui ese día a la ESMA y hablé con el teniente de navío Eduardo Acosta (...) Nadie sabía que era secretario tutelar, solo Acosta y un amigo de él. Yo tengo estos chicos creo que son Konkurat pero de otro apellido”, dice que dijo.
Por momentos llora. Por momentos utiliza lenguaje castrense, por momentos leguleyo. Su capacidad expresiva está llena de dobleces, de escondijos, de otras intenciones. Hay una tensión constante. Quiere decir que no, pero no puede. Sabe que el límite está por ahí cerca, pero desconoce exactamente donde.
Dice que le dijeron del operativo en que cayeron Claudia y Jote. Con detalles vívidos, se ve que le dijeron.
“Pelearon los dos, el marido y la mujer. Se enfrentaron a 12 o 14 integrantes de la Fuerzas Armadas, del Grupo de Tareas de la ESMA. Durante varias horas se estuvieron tiroteando y murieron los dos. Eran oficiales muy importantes, muy salvajes. Había otros que se entregaban, pero estos eran salvajes”.
Salvajes.
El significado de la palabra adquiere otra dimensión cuando los salvajes son los atacantes y tienen toda la fuerza.
Antes de terminar, Torres de Tolosa suelta una frase que bordea al filo de la amenaza:
“Me enteré en la revista de La Nación que tenían un restaurante, estaba la dirección y los pensaba ir a ver. Después no fui. Les quería decir que yo los conocía y les quería preguntar por el abuelito”.
Perverso. De nada se arrepiente. Haría todo nuevamente.
No es la primera vez que nos toca ver el accionar delictivo desde el poder judicial, como un engranaje fundamental en la maquinaria de extermino mediante la cual fue posible llevar a cabo el genocidio. Lo vimos en Mendoza con condenas recientes a prisión perpetua, para los ex jueces y fiscales de la dictadura. Lo volvemos a ver en el caso de Torres de Tolosa, cuando confiesa ser el eslabón perdido entre el juzgado de menores de Hermelo, el instituto Riglos y la ESMA.
Torres de Tolosa, el Teniente Vaca, fue condenado en primera instancia, a cadena perpetua en el marco del Mega Juicio ESMA III.
La abuela Chela, a sus 87 años, celebra la justicia rodeada de nietos y bisnietos.
La misma semana cumple 43 años Nicolás, el hijo menor de Claudia y Jote.
41 años hace de su desaparición.
Los crímenes ocurrieron hace más de cuatro décadas, pero a pesar de eso no se trata de un tema del pasado. Se esta condenando a un sistema que mantiene vigencia. Los mecanismos mediante los cuales se articula la represión son siempre los mismos. La violencia de Estado viene de la mano con la complicidad de los medios monopólicos de incomunicación, con la participación activa de una parte del poder Judicial, viciado de intereses y con el aval de mucha, muchísima gente dócil de miedo. La violencia de Estado necesita de estos consensos. Los motivos son siempre los mismos, implementar un plan económico de exclusión y exterminio.
No fue hace tanto tiempo de esta historia inconclusa, que todavía vuelve como nosotros a ella.
La hija menor de Paco Urondo, poeta de envergadura ella misma, evoca a su hermana Claudia, asesinada por la dictadura en 1976, a pocos días de la condena de uno de los responsables
Los Salvajes Una hembra joven acaba de parir dos críos bajo la sombra de un nombre falso.
Los salvajes hacen el amor con el instinto alerta, como animales. La vida puede terminar hoy o mañana a la vuelta de la esquina.
Quién cantará tu nombre. Quién acudirá al encuentro.
Habrá que levantar a los chicos con cuidado que no se rompan. Darles de comer, bañarlos y llevarlos a la escuela. Allí estarán bien hasta que toque el timbre de salida.
Quién los cuidará cuando nadie los pase a buscar?
Quién descubrirá la luz que hay en ellos? Habrá maestras, directivos de escuela.
Habrá policías, juez de menores y secretario tutelar.
Habrá voces severas, reglas estrictas. Habrá otros niños.
Habrá baños fríos, luces blancas y drogas para adormecer.
Quién podrá comprender todo esto? Cual será el sentido?
Los autos atravesados, los brillos metálicos asomados por las ventanillas. Los cuerpos latentes, íntegros. El ruido que los va desarmando.
Quién cantará un feliz cumpleaños? Qué será de tus ojos y de tus pechos lactarios? Jugos agrios, deshechos de la historia. Cuantas fuerzas serán necesarias.
Cual será la condena. Qué será del aire. Qué será del viento
cuando caigas. Sonará un tambor.
Una chicharra sorda. Un grito atroz. No habrá miedo en la garganta. No habrá rendición. Volaras en caīda libre. Nadarás
hasta devenir. Lloverás,
serás agua sobre nosotros. Nos encontraremos cubiertos. Bailarás. Volverás a casa en la memoria. Volveremos.
Los padres de cuarto grado son convocados para hablar del acto de promesa a la bandera.
Sean ustedes bienvenidos, como saben nuestra escuela tiene la tradición de celebrar esta ceremonia en el Regimiento de Patricios, acá nomás en Palermo. El día 16 de Junio los niños ingresarán normalmente en el horario habitual, van a desayunar rapidito y luego se van en el micro para el regimiento. Durante el acto se va a condecorar a un alumno por cada grado. Luego un cura hará la bendición de las banderas y un descendiente de Manuel Belgrano les tomará primero la promesa a los chicos, y luego a los cadetes la jura, porque los chicos todavía no juran. Luego tocará la banda militar, pero no solamente marchas, también canciones normales, música civil.
Como sobreviviente de la dictadura la violencia del terrorismo de Estado se me vuelve a meter en el cuerpo. Es la imagen de mi padre muerto y la ausencia de mi madre que no sé donde está. Son mi hermana y mi cuñado acribillados. Son los 30 mil desaparecidos. Es la pérdida de mi identidad. Son los veinte años que me mintieron. Son los más de veinte años que llevo transitando esta verdad.
Estamos ante una escena que contiene muchos significados superpuestos. Hay diversos actores institucionales en interacción: la escuela, las fuerzas armadas, la iglesia católica. Cada cual con su perspectiva, su motivación y sus propias reglamentaciones. Lo que no encuentro dentro de la propuesta de llevar a los chicos al regimiento es una perspectiva desde los derechos humanos, y yo no la puedo evitar.
En los procesos de democratización de las fuerzas armadas se ha incorporado personal nuevo, pero no se trata de las personas sino de las instituciones responsables que todavía mantienen los pactos de silencio. Las fuerzas represivas siguen estando en deuda con el pueblo. No decirnos adonde están, es además una forma de torturar.
Se sigue perpetrando el crimen. Con la bendición de la iglesia. Con el aval de una parte de la sociedad.
La conducción de la escuela se sorprende. Nunca alguien protestó, nadie se expresó en desacuerdo con esta tradición y al contrario, a los chicos les hace mucha ilusión ver a los patricios.
Les cuento que en internet leí que hay tres conscriptos desaparecidos en ese lugar. Les digo sus nombres. Tres chicos de veinte años que nunca volvieron a su hogar. Les cuento de dos embarazadas secuestradas que un médico militar declaró haber atendido ahí mismo, donde se va a realizar el acto escolar. Explico que hay tres jefes condenados por delitos de lesa humanidad. Intento un alegato técnico, no quiero llorar frente a todo el mundo. Me tiemblan las manos, se me cierra la voz y nada suena bien con los agudos insoportables, pero no puedo aflojar la garganta, me da taquicardia y me sube un calor por el pecho que creo me voy a desmayar.
Se alzan algunas otras voces. Tres o cuatro padres y madres se manifiestan en contra de llevar a los chicos a un espacio militar. Hay un papá horrorizado que se solidariza. Hay alguna madre que cuestiona el tema de condecorar a un chico por sobre todos los demás. Hay quien plantea el tema de la escuela laica en cuanto a la actividad religiosa. La directora de la escuela dice que eso no importa porque nuestro país tiene una religión (!) y ante la controversia decide que mejor vamos a votar, porque somos democráticos.
Levantan las manos los que quieren que el acto en el regimiento se haga igual. Son muchos. Alguien dice no queremos romper la ilusión de los chicos y varios otros asienten.
Los que queremos que el acto se haga en la escuela perdemos por un punto. La mitad menos uno prefiere no hacerlo, y la visita al regimiento se hace igual, a pesar de todo, a pesar de mi pesar. Mientras tanto la escuela pretende no estar tomando una decisión política, como si la decisión fuese correcta y la palabra política estuviese mal.
Cosas de esta época, que quien gana por un punto crea que tiene toda la legitimidad, como si hubiese arrasado los votos y tuviera toda la representatividad. La votación se representa entonces como una escena burocrática repetida, que habilita a cualquier cosa con ese aval. Democrático hubiese sido llegar a un acuerdo que incluya el malestar de esta otra mitad. La votación fue una trampa, como si hubiera algo que la mayoría pudiera perdonar.
Me vuelvo a casa pensando que el acto se lleva a cabo un 16 de Junio. Un día antes de que se cumplan 41 años de mi secuestro y de la pérdida de mis papás. Un 16 de Junio, el mismo día del aniversario de los bombardeos de 1955 a la Plaza de Mayo. ¿Puede ser casual?
Quedo llena de inquietudes. ¿Adonde se fundan las tradiciones? ¿Quien las instala? ¿Todos los pibes son el mejor en algo, o destacamos solo a uno en particular? ¿Cual es el fin pedagógico de llevar a los chicos a un lugar militar? ¿Educamos para la guerra o educamos para la paz? ¿Por qué deben los niños prometer algo a los 9 años? ¿Qué tiene que hacer la iglesia en un acto escolar? ¿La escuela era laica o ya no lo es más? ¿Se trata de un acto escolar o de un acto militar con presencia escolar? ¿Que hay de bueno en esa experiencia? ¿Cual es la funcionalidad? ¿Cual es el beneficio de los chicos? ¿Cual es el beneficio de la institución militar?
Es la foto.
Es el encuadre.
Es reconciliación gratuita. Es apología de la violencia. Es acción psicológica. Es propaganda. Es el sello de la impunidad.
No se puede lavar la sangre de los desaparecidos con guardapolvos blancos.
Se utiliza a los niños para limpiar la imagen del cuerpo militar.
Esta tradición que desde hace 7 años la escuela impulsa y adopta, se mantiene una temporada más, aunque fácilmente podría terminar. Que nos sirva entonces al menos para abrir debate, para reflexionar, comprender e incorporar los conceptos de Memoria Verdad y Justicia. Para observar los pliegues en que se solapa el negacionismo. Para aprender a construir un mundo mas justo desde el amor y la verdad.
No Olvidamos. No nos Reconciliamos. No Perdonamos.
30 mil compañeros detenidos desaparecidos presentes.
En 1976, a los 11 meses, la autora de este texto fue secuestrada y entregada en un orfanato de donde la retiró su abuela materna. No pudo recuperar legalmente su identidad hasta el 7 de agosto de 2012. Es hija de la periodista Alicia Cora Raboy, aún desaparecida, y del escritor Paco Urondo, de quien hoy se cumplen 41 años de su asesinato. Un texto conmovedor que habla del doloroso camino de la reconstrucción personal.
Alicia Cora Raboy y Fracisco Paco Urondo
Gracias. Por la inversión. Por todo lo que compraron. Por el dinero que gastaron en mí (especialmente en vacaciones, muchas gracias por el mar). Gracias. Por los regalos, las fiestas, los cumpleaños. Por la ropa de calidad y el confort accesorio. Gracias. Por la medicina prepaga más cara del mundo y el colegio privado, que porque bancás más, te banca mejor. De corazón, gracias por los talleres de arte, las escuelas de teatro, moda y gastronomía. Por el acceso a las herramien- tas que me permitieron expresarme. Gracias. Por toda la comida suministrada (en particular, los knishes y todas las comidas judías). Gracias. Por haber conservado mi nombre de pila, cuando tuvieron la oportunidad de cambiarlo. Gracias. Por el amor de los vínculos puros, nacidos a partir de lo otro. Gracias. Por los intentos terapéuticos, por los ejemplos contundentes y la escenografía. Gracias. Por el gusto, la distinción y el esnobismo. Por lo poco que va quedando en común. Gracias. Por los vicios de clase. Por los patines. Por las burbujas. Por lo esotérico. Por lo kitsch, lo grasa. Gracias. Por el permiso para hacernos tanto los boludos. Gracias. Por las etiquetas, adjetivos, preconceptos y rótulos. Gracias. Por cada una de las lecciones aprendidas. Gracias. Por marcar diferencias entre “el bien” y “el mal”, aunque al final no hayamos coincidido en las conclusiones. Gracias. Por cargar las tintas. Por los escarmientos. Por la adrenalina. Gracias. Por lo extremo. Gracias. Por el contrastado sentido de justicia. Gracias. Por el respaldo material que prefirieron no dejarme. Gracias. Por lo duro. Por lo blando. Por lo contradictorio. Gracias. Por el techo. Por la fruta. Gracias. Por arremeter tanto contra lo diferente, invitándome a enraizar en todo lo que me diferenciaba. Gracias. Por ser el faro luminoso del puerto equivocado donde no queremos amarrar. Gracias. Por darse cuenta de que cambiaron los tiempos. Por respetar mis decisiones, como fuera, muchas gracias, por acompañar este proceso de desvinculación sin oponerse. Gracias. Por haberse dado cuenta a tiempo de que liberar iba a ser lo más fácil y lo mejor para todos. Gracias. Por aceptar la pérdida que, de una buena vez, se tenía que producir. Enormes gracias. Por la inmejorable distancia física, y por evitarme prolongar nuestras diferencias en el tiempo. Gracias. Por la firma que para siempre nos libera.
¿Algo más que decir? ¿(Des)Gracias por haber omitido todo sobre mi historia anterior y mis padres? ¿(Des)Gracias por no haberlos tenido presentes de ninguna forma? ¿(Des)Gracias por evitarme el conflicto de saber quién soy? ¿(Des)Gracias por el hermetismo, por la apropiación de lo ajeno? ¿Por mantener la intriga, por los silencios, por la falta de respuestas? ¿(Des)Gracias por haber trucado cositas para cambiarme el apellido e imponer durante veinte años que fuese alguien más? ¿(Des)Gracias por “¡evitar que los comandos subversivos me secuestrasen!”? ¿(Des)Gracias por mantenerme aislada de mi familia montonera y peligrosa?
No. Ni en chiste, ni desde lo más cínico. Duele.
De la boca para afuera, importaba que se oyera una versión de las cosas, pero adentro la historia era otra, los valores eran otros, los ejemplos... Todavía escribo para salir de esa opresión, de esa forma de versionar los hechos a la que fui acostumbrada, obligada.
No voy a dar nunca las gracias por esa jaula de mentiras que a veces todavía me aprisiona. No voy a dar las gracias por los fundamentos torcidos, por los motivadores e-motivos cambiados de lugar. No voy a dar las gracias por algo que se nombró generoso y caritativo, pero cuyo motor fueron las ganas de los egos, la necesidad de llenar sus propios agujeros, de cubrir sus exclusivas y excluyentes expectativas. No les voy a dar las gracias por ese rol preestablecido, en el que nunca iba a poder encajar. No les voy a dar las gracias. De nada.
No quisiera borrar con la mano lo que tanto me costó escribir con los codos.
Angela con Alicia.
Nombre propio
(7 de agosto de 2012)
Desde el día de hoy, puedo decir que soy legalmente Raboy y Urondo. El Estado democrático y la Justicia de la verdad acaban de hacer efectiva mi restitución legitimando mi identidad, otorgándome finalmente (o principalmente, según se mire) el nombre que me significa. Nombre que concadena y enraíza, nombre que identifica como miembro de la familia a la que correspondo, devolviéndome hija de mi madre, inscribiéndome por primera vez hija de papá, reinscribiéndolos a ellos, juntos, padres míos, restituyéndolos simbólicamente a su rol. Ningún logro puede compararse con el que acabamos de alcanzar. Enmarcado, junto con el reencuentro con mi historia y el nacimiento de mis hijos, como un momento de los más felices y significativos de mi vida.
Gracias, familia. Gracias, amigos. Gracias a todos los que me acompañaron y me apoyaron en este duro proceso. Gracias, CELS; infinitas gracias a quienes trabajaron en esta causa: Diego, Carito, Gastón, Perro, Laura, Poly, Facundo, María José, y a todos de los que me estoy olvidando de mencionar, pero que valoro por cada granito de arena que fueron aportado a ésta, que fue una construcción colectiva. Gracias a todos, soy. Ángela Urondo Raboy.
...
Resti
La restitución de la identidad es un proceso largo, pausado y permanente. Hay múltiples puntos de partida e hilos conductores formando un entramado sostén que se construye a medida que se van encontrando las propias raíces y éstas empiezan a poder nutrir, fortaleciendo, solidificando los cimientos mediante el conocimiento de uno mismo y de la propia historia. La trama es uno mismo.
No es un camino todo rosado. Por un lado, ocurre la identificación natural que se siente hacia lo propio, con la familia o con quienes les ha tocado encarnar alguna forma de la misma historia, y por otro, de modo inverso, se va dando la enajenación de lo impropio. Es una instancia de recupero pero, simultáneamente, se da un proceso de revisión y cierre. Doloroso desmolde, nada sencillo.
Durante muchos años, y a pesar de todo, me sostuve en territorio gris, transitando la disyuntiva sobre la posibilidad de esta ruptura, que también implicaba una nueva pérdida. Yo no quería seguir perdiendo y me ahogaba en contradicciones propias y ajenas, en nombre de falso amor. Atravesé el dolor infinito al distinguir falso amor entre gestos de cuidado cotidianos. Pasé una vida aparte, tratando de compatibilizar lo contradictorio, confundiéndome en el doble discurso, obedeciendo el ninguneo vertical, el “vos no sos nadie”, aceptando la omisión de los míos del relato histórico. Hay cosas muy difíciles, incomprensibles, que producen sentimientos raros, complejos, emociones muy ambiguas. No es fácil romper con lo que alguna vez fue todo. Da culpa, es triste. Hasta que llega el punto (o los puntos, porque como los de partida, los puntos de ruptura también son múltiples) en que se comprende internamente, o mejor dicho, se siente que no se podrá ser libre hasta lograr salirse de la trampa.
Angela con Paco, a media cara: estaba clandestino y no permitía que lo fotografiasen.
Las adopciones, especialmente cuando son plenas, suponen vínculos permanentes e indisolubles, pero aquel se disolvía en sus propias mentiras. Mentiritas, omisiones, trampitas que no constituyen delitos punibles, pero que traen consecuencias (tanto para mentidor como para mentido). La apropiación de la historia y el desamor de las mentiras me hicieron comprender que no perdía nada perdiendo el vínculo impuesto. Que perder algo ajeno no era perder, sino una oportunidad de continuar con lo que corresponde. Ni más, ni menos. Decidí devolverme. Decidí devolverme a mis padres. Restituirme a mí misma, como un acto absoluto de soberanía. Di el salto, creyendo que al vacío, pero estaba lleno de los míos, sosteniéndome. Fui asumiéndome, hija de estos padres míos que ya no están, y aprendiendo a vincularme con la ausencia. Apelé lo inapelable. Moví lo inamovible. Transgredí, subvertí, cuestioné. Derribé a patadas lo establecido, constructivamente. Sacudí el universo establecido, accionando una evolución. Revolucionando. Haciendo realidad sueños, metas y utopías. Concluyendo. Renaciendo.
Para mi restitución fue necesario un juicio de desadopción (figura que legalmente no existe o de la que existen escasos precedentes). Cinco eternos años de juicio evidenciando desidia, inoperancia e ignorancia judicial frente a un caso atípico. Cinco años suplicando que me oigan y me restituyan, apretando mi urgencia entre las muelas. Explicándole a la Justicia que hubo sustitución de identidad (legal, pero ilegítima), a pesar de estar por fuera de los cánones del sistema de apropiación de niños, a pesar de que no se falsificaron documentos como en los casos más típicos, en que al detectarse el delito la Justicia automáticamente ordena restituir. La dificultad técnica de mi caso parecía ser la falta de este delito. La sustracción de identidad dada en el marco formal de ese entonces, y sin crimen por parte de los adoptantes (aunque sí por parte del Estado). El Estado destructor de la familia. El mismo Estado sustituyente de mi identidad legal, de mi nombre. Y el Estado democrático, que ahora me repara y me devuelve.
Tras muchas dudas. Tras esta larga y honda batalla que tuve que librar, exigiendo ser quien soy, exponiendo los delitos preexistentes: mi madre privada de su libertad, mi padre asesinado y la otra media familia omitida, buscándome, hoy ratifican que esta adopción estuvo mal otorgada.
Rectificar es enderezar, corregir lo que fue forzadamente torcido. Me reacomodo en mi eje y aprendo a evitar los campos magnéticos que me alteran. Aprendo a ser, simplemente, ser, feliz en mi propia moldura. Sin asuntos fundamentales pendientes. Con tanto menos dolor, con el enojo chiquito, como una pequeña cicatriz de una enorme herida antigua. Estos últimos logros compensan tantos momentos duros que me permitirán empezar a disfrutar de otras metas, más normales, con lo primario ya devuelto en su lugar. Se cierra la etapa de las batallas épicas. A partir de ahora, presente, futuro.
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* Fragmento del libro ¿Quíen te creés que sos?, Angela Urondo Raboy, Ed. Capital Intelectual, 2012.
* Francisco “Paco” Urondo (1930-1976) fue un reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70, novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista , guionista de cine y televisión y periodista.Murió asesinado el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, en una redada en la cual Alicia Raboy, su esposa, fue secuestrada y continúa aún desaparecida. https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=221