20 octubre 2019

Yo milito por el aborto legal


#YoMilitoPorElAbortoLegal compila los testimonios de grandes compañeras que le pusieron el cuerpo y el corazón a la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo.




La soberanía de  las mujeres 



Era casi la nochecita cuando llamaron de la clínica. Había estado ahí por la mañana para una extracción de sangre y querían persuadirme de volver al día siguiente para repetir el procedimiento. Había pasado algo con las muestras. Algo. Qué puede ser algo. Un error, un tropiezo. Vaya a saber. La voz firme insistía, sin explicar nada ni decir por qué. 

Esa noche pensé lo peor. Lo que por aquel entonces alcanzaba a imaginar como lo peor que me podía pasar. Repetir el análisis sólo podía significar una cosa en mi cabeza adolescente. Era la escena tantas veces anticipada y temida. En algún punto ya lo sabía. No había tenido cuidado. Sabía todo, tenía información. Pero no, en la práctica las cosas eran distintas. Nadie iba a decir: Pará, pará, antes de metérmela, utilicemos algún método anticonceptivo. No. Garchar era justamente lo contrario: no parar, galopar a lo loco, dejarse tragar por el éxtasis vital. 

Tenía experiencia, recursos adquiridos. Había debutado al terminar la primaria y a los 17 ya sentía que era grande. No me vas a acabar adentro había aprendido a decir hacia el final, como un conjuro. Aunque nunca estaba segura en realidad. Me faltaba apenas medio año para ser mayor de edad. Creía que eso significaba algo, como una meta de inicio. Esperaba un cambio rotundo, ser reconocida de algún modo. Poder tomar decisiones era algo parecido a poder hacer lo que quisiera, aunque no supiera qué quería. Ser adulta debía ser parecido a la libertad, imaginaba. Algo por descubrir. Pero el llamado telefónico decía que algo había pasado y a la mañana siguiente había que volver a ese lugar horrible. Iba a dormir mal. Odiaba las instituciones. Odiaba sacarme sangre. Odiaba la sala de espera. Odiaba madrugar. 


A la noche soñé con un sillón de capitoné con almohadones rosados y mis padres sentados ahí, vestidos de fiesta, sonrientes, maquillados como en el teatro, divertidos como nunca. Yo no estaba de fiesta. Llegaba de la calle portadora de una mala noticia, con un sacón grueso y algo húmedo guardado en los bolsillos. Mis padres sostenían una bandeja en las manos y me daban de comer sin parar, me llenaban la boca, no me dejaban hablar. Quería decirles algo importante que estaba por pasar, pero me iba olvidando a medida que me atragantaba y la gelatina de los bolsillos empezaba a crecer y derramarse por el sillón. En ese momento bajando la mirada ví el sacón pesado y abierto, con mi cuerpo desnudo debajo y al descubierto, una panza gigante, redonda como el mundo. Al principio no creía que fuese mía. Mis padres celebraban, me llenaban de comida. La panza inmediatamente crecía, y ellos seguían de festejo mientras mis bolsillos seguían drenando y los almohadones rosados quedaban todos sucios y empapados.


Al despertar pensé en ellos, en la familia del portarretratos y en la alegría que estaba a punto de destruir. Camino a la clínica la cabeza se anticipaba y no dejaba de buscar la forma de explicar lo que estaba ocurriendo. No sabía qué ni cómo, pero iba a tener que afrontarlo.

Al llegar me preguntaron si nadie venía a acompañarme. Yo estaba sola por propia decisión, ya era grande, no necesitaba a nadie. Me hicieron esperar un rato y luego me obligaron a llamar. Llamé a mi novio. Ese novio que tenía en ese momento. Uno. No recuerdo qué le dije. Ni se cuánto tiempo pasó, todo fue lento. Solo me acuerdo de los azulejos que cubrían las paredes del piso al techo en la pequeña habitación sin ventanas en la que estaba el escritorio con el teléfono.

Durante la espera pensé en Linda, una compañera que había tenido un bebé dos años antes y ya no iba a la escuela, ni a recitales, ni a bailar. A su novio lo seguía viendo en todas partes, pero ella no había salido más. No quería eso. También tenía presente a mi amiga Andrea que ya se había hecho dos abortos. El último, un desastre, pocos meses atrás. 


Cerré los ojos. Estaba tan cansada. Odiaba ese lugar. El encierro, los azulejos blancos, la soledad. Imaginé una sala de partos. El llanto. La piel del bebé en las mantillas. El miedo. El peso de esa criatura por la vida. 

No tenía muchas posibilidades. Me preguntaba cuál sería el camino a tomar. Mi madre siempre decía que había que hacerse responsable de las acciones, pero yo no sabía de qué me hablaba. Solo podía pensar en escapar de un encierro que no podía ver ni tocar.

Le dolía la panza a Andrea. Su novio consiguió la plata y la llevó al lugar, pero cuando terminaron la trajo a mi casa, que era la de mis padres, para que descansara. Dormimos juntas esos días. Temblaba y se quejaba, repetía que nunca iba a olvidar ese momento, pero yo sabía que lo olvidaría, porque la conocía: nunca se cuidaba, ni se cuidaría. Un año después estábamos en la misma, pero sin novio que juntara plata o la llevara. Hicimos una vaca. Esta vez tuvo fiebre alta. Se retorcía el cuerpo frío, transpiraba. Nos asustamos, tuvimos que decirle a mi vieja, y ella llamó al médico y a la mamá de Andrea. Estuvo grave, la sacó barata. No tuvo consecuencias, creo solo que le dolía mucho cuando menstruaba. 


Yo no quería ser ninguna de ellas, no quería pasar por nada de eso. Mi cuerpo quería salir corriendo. No quería estar ahí. No quería verle la cara a los médicos. No quería escuchar, ni arrepentirme. No quería saber. Solo salir de ahí y cogerme con toda la furia al primero que se me cruzara, al segundo y al tercero también, liberarme de la angustia, quitármela del cuerpo, salir y no volver atrás, sacudir la cabeza hasta olvidar ese lugar, el aturdimiento, esta realidad. El tiempo detenido. Clavado. Sin poder pensar el futuro. Con el pasado acumulado. El cuerpo pesado. Las palmas de mis manos. La madera del escritorio veteado. 


-¿Tuviste relaciones sin cuidado?

-Sí, claro.


Entonces todas las palabras vinieron en caída. El médico explicaba algo de la sangre, de los fluidos en contacto, de algo infectado. Decía cosas que no tenían nada que ver con un embarazo, y yo no lo podía entender, no lo podía escuchar, no era el asunto. Lo peor ya no era lo peor, y yo no estaba preparada. Nunca más nada fue lo peor, y súbitamente, sin perspectiva, ya nada era tan malo tampoco. Era enorme la sorpresa. No recuerdo haber llorado, no hice preguntas, no dije una sola palabra. Estaba helada, pero igual el señor de guardapolvo me pedía que no me angustiara. Decía que de esto no se sabía mucho pero se estaba investigando. Que mi expectativa de vida era alta, que con el virus podía llegar a vivir unos 10 o 15 años, que guardara esperanzas. Mientras, su cara decía todo el tiempo lo contrario. Era un velorio. Me estaba desahuciando, con preocupación quizás, pero a la distancia, sin piedad ni pena, desinfectados. Hice cuentas rápidas: no iba a llegar a los 40. La voz insistía repitente que no podía volver a tener relaciones sexuales sin protección y con especial énfasis, que bajo ningún concepto debía pensar en tener hijos. Fue una sentencia. Una trompada. La maternidad quedó entonces en otra parte, ajena, negada.

La calle bombardeada. En la sangre una batalla de fuerzas desiguales. Llorar en la ducha. Caminar en silencio. Mis ojos en el espejo. Escapar de lo establecido. Revisar hacia adentro, cada rincón. Buscar al enemigo, conocer al invasor. Reconocerme. Cercarlo sin perderlo de vista. No dejarlo avanzar jamás. Aprender a cuidarnos. Nutrir mis fuerzas. Reírme de las condenas a muerte. Hacer lo imposible. Ganar.


Pasaron décadas y la memoria de aquel momento permanece en una zona incierta, como el realismo creíble y mágico de la ciencia ficción. Los antiguos discursos médicos fueron quedando caducos a medida que el VIH se fue convirtiendo en una enfermedad crónica que, con tratamientos de avanzada y calidad de vida puede dejar atrás su estigma mortal. 


En la actualidad estudios científicos globales como el Partner, reconocido por la Organización Mundial de la Salud, determinan que los riesgos de transmisión del VIH de un virus indetectable son nulos, porque un virus indetectable es intransmisible. Esto quiere decir que parejas cero discordantes, con adherencia y respuesta al tratamiento, pueden tener relaciones sexuales sin riesgo de transmisión. Mujeres infectadas pueden dar a luz niños sin el virus.. 


Pero ¿qué
tiene que ver esto con el derecho al aborto? Para mi van de la mano. El sueño de la gelatina, los abortos de Andrea, el bebé de Linda. 

A la misma edad que una piba sin querer se embaraza, otra adquiere por transmisión sexual una enfermedad que, sin cuidados, puede ser mortal. La ruleta es la misma. La acción es la misma. La vulnerabilidad es la misma.
Las mujeres seguimos en riesgo como objeto de prácticas sexuales y socioculturales funcionales al machismo. Los mandatos siguen traccionando nuestros cuerpos.

No se trata de tener o no tener hijos, de contraer o prevenir enfermedades: hablamos de autonomía para las mujeres. Y para lograr soberanía sobre nosotras mismas, para ejercer ciudadanía, hace falta un Estado que acompañe y respete el deseo femenino. Lo que está en debate es el derecho al goce igualitario, para que podamos hacer usufructo de la libertad que representa explorar la sexualidad sin limitaciones ni castigos, sin consecuencias desiguales. Y para esto es necesario el acceso universal a la salud pública y a la educación sexual, porque no hay libertades sin responsabilidades.

Debatir, propulsar, constituir una ley de aborto es romper tabúes, nombrar lo silenciado. Militar la ley de Educación Sexual Integral es repartir herramientas de cuidado, no sólo condones, listones rojos u elementos, sino fundamentalmente argumentos. Para poder ponerse en el lugar de alguien más, ser una misma en otra circunstancia, constituir ese mismo espejo desde el cual queremos ser miradas y acompañadas.

Luchamos por el derecho al aborto digno, como alguna vez tuvimos que luchar para que existiera el plan médico obligatorio que obliga a obras sociales y prepagas a cubrir los tratamientos básicos para el VIH y otras patologías. Seguimos luchando por una Ley Nacional de VIH, porque en Argentina conocemos profundamente la fragilidad del sistema. Tenemos la experiencia de que no haya reactivos para los testeos, sabemos de incertidumbres y dificultades burocráticas, de horas vitales muertas en la espera, de lo insalubre de recibir tratamientos fraccionados por semana, de medicamentos compartidos y pastillas sueltas en una bolsita en la ventanilla del Ministerio de Salud. 

Un ministerio imprescindible, que ya no existe y hace falta. En el marco de un Estado en retroceso, hay que dejar de perder el piso de derechos primarios que supimos conseguir, para poder pensar, generar y adquirir nuevos derechos.

13 octubre 2019

Ring

 

RING

El teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto


Sonó el teléfono de casa, uno de esos aparatos donde teníamos que hablar atados a la pared y el cable enrulado se podía enrollar alrededor del dedo mientras se le daba vueltas a cualquier asunto. Era un modelo moderno de plástico naranja, que reemplazaba a aquellos viejos teléfonos negros pesados de baquelita de EnTel. Estaba coronado en el centro del disco con el logo de la empresa, que parecía una calavera ladeada. Sonaba y desde las habitaciones cada cual gritaba: ¡yo no voy!, ¡no atiendo!, ¡no estoy!, ¡atendé vos!. Finalmente, la única que levantaba el tubo era la subjefa del hogar y jamás era para ella que atendía. Entonces pasaba la comunicación a quien correspondiera, tapando la parte de abajo del tubo para que el micrófono no captara la puteada con que pretendía asumiéramos esa mínima responsabilidad. Sonaba el teléfono en la casa y cada ring hacía correr el tiempo. Había que llegar hasta la cocina donde estaba conectado el equipo, pero nadie quería hacer ese esfuerzo y mucho menos a riesgo de que la llamada fuera para otra persona. Yo a veces atendía, cuando no había nadie más en casa. Mis hermanos nunca lo hacían. Irma era chiquita. Siempre era chiquita, aunque ya no lo fuera y Nicanor era un príncipe maleducado que nunca hacía nada por los demás. Ese día el teléfono de la casa sonaba como cualquier otro. Como cuando llamaban Natalia, Tamara o Sebastián. Como cuando llamaban los clientes del negocio, o la tía, o las abuelas. Como cuando llamaba el que me gustaba, o como cuando llamaban a un número equivocado que justo era el mío, todo sonaba exactamente igual. No había un timbre especial, un guiño, ni nada distinto que pudiera anticipar que ese llamado entrante iba a cambiarlo todo. A las malas noticias les gusta ser imprevisibles. No hay cómo anticipar la tragedia. No hay premonición. No hay nada capaz de amortiguar el golpe, el dolor venidero de las palabras aplastadas entre fierros retorcidos como chatarra. El impacto inesperado de la vida que se detiene, como un camión que nos pasa por encima y se va. Se aleja. Una imagen detrás de otra. La escuela secundaria. El primer día de clases. El pelo finito y rubio de Leonela. Su pollera de verano blanca, casi transparente. La sonrisa enorme y los restos de comida atrapada entre los alambres de los aparatos fijos. Su cara de perrita pekinés. La letra redonda. El tablero, las láminas y la tinta rotring. Asomarnos por la ventana al pasaje. Salir al toque de timbre por la avenida Rivadavia, como eslabones del brazo con Julia, Mariana o Soledad. Sentarnos al fondo del 92 hasta su casa en la calle Colpayo. La habitación gigante arriba, donde todavía jugábamos a las muñecas cuando nos nadie nos veía y se nos mezclaban las ganas de seguir niñas por un rato y de crecer para devorarnos la vida sin dejar nada por probar. La pulsión de explorar y compartir. La luz apagada en su baile de cumpleaños. Las ganas de adivinar. El deseo de ser. Atesorar lo secreto. La fragancia. Chapábamos mucho ahí, todos con todos, a veces en serio, otras veces sólo por jugar. Pero el teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto. El verano. El camino interrumpido. La llamada. El cable enredado. El viaje a ningún lugar. La mano de mi amiga. Un saludo a los lejos. Una corona de flores. Un cuerpo. La realidad que no entraba en una caja. Una tristeza que no podía caber en ningún lugar.

19 septiembre 2019

En corto

 

EN CORTO

Intento abrir el grifo y desde lo profundo sale un quejido seco

 

Estoy en corto. En partes. Una puerta temblorosa me sostiene desde el picaporte. Salgo del cubículo. Intento acomodarme la remera larga. Nunca tapa nada y ahora está subida, enroscada de algún modo que se traba con el cinturón. Todo mal enganchado. ¿Cómo pudo pasar este enredo, la confusión? No logro coordinar movimientos. Calculo tres pasos hasta el lavatorio. Es algo incierto. Veo que el espacio hace olas. Las rodillas vencidas por un momento se ablandan y me precipito al vacío. No caigo. No floto, ni peso. No siento. Apoyo una mano en los azulejos y acerco la cara al espejo. Dos túneles oscuros. Dos manchas de tinta negra detonada. Dos ojos desconocidos que se fijan en otros ojos, que son míos y no ven nada. Intento abrir el grifo y desde lo profundo sale un quejido seco. Un chillido que no viene de mis cuerdas vocales. La cañería exhala un lamento agudo que de pronto duele como si me lo arrancasen de la garganta. Encanto de sirenas aturdidas. Mi boca, que había sido un corazón perfecto, ahora se desangra por toda la cara. Las voces ya no están, se fueron. Lo ocurrido no es recuerdo aún. Pasa a toda velocidad. Va y viene. Pendula y se hace carne. Permanece en estos ojos deshechos que ruedan hacia atrás y se apagan. Ya no hay luces. Respiro todavía un olor metalizado. Todo vuelve dado vuelta. Late. Mi mano tiembla a través del cierre abierto. El instante de contacto con el interior satinado me lleva a otro lado. Me sumerjo, nado. Esquivo a tientas diferentes obstáculos. No logro identificar las cosas pero encuentro en el fondo un pañuelo de papel arrugado. Salgo de ahí en un impulso sobrehumano, me reincorporo y encaro. Todo parece peor ahora. Refriego y el pegote se adhiere como la vergüenza metida en cada poro dilatado. El dolor despierta. Se hace piel en un pañuelito insuficiente, que se deshace rosado sin lograr borrar lo evidente. Las marcas no se van, no salen. Como el agua de las canillas, que tampoco sale. Como yo misma, que no puedo salir así, ni tampoco quedarme. Solo quisiera esconderme. Desaparecer. Irme de ahí. No estar. Borrarme. Encontrar un salvoconducto. Hacerme invisible. Escapar. Teletransportarme. Volver a casa. Volver el tiempo atrás. A mi madre. Su figura lejana. Su calor. Ya no recuerdo su voz. No habrá preguntas entonces. No habrá preocupación. Mejor. No hay palabras para responder. No hay cómo explicar. No hay cómo entender. Mi boca no es mi boca. Mi lengua ya no es. Estoy en otra parte. Estoy en ninguna parte. Estoy empedrada por dentro de amargura y asco. Las risas flotan. Sólo el ardor me devuelve algo. Estoy en otro tiempo. Me disuelvo. Mi cuerpo sin huesos se derrite suave. No termino en ningún lado. Soy moléculas desparramadas. Soy un charco. Nado a la nada.

 

 

21 julio 2019

Carne

 

CARNE

Quizás estamos locos. O enfermos de amor. Quizás el amor sea solo un fantasma. Un placebo. Una fábula.


 

Conmoción. La carne abierta. Amarillo al lado. La grasa cuelga. Espuma. La piel ahí mismo.

Una línea afilada, al borde. El corte hasta el hueso y más allá, el interior. Un tobogán violeta, desliza suave hacia adentro. Una línea precisa que luego se gasta y se pierde, en alguna parte. El hueco del cuerpo. O soy yo quien se pierde y tengo que cerrar los ojos por un momento, para poder ver más. Respiro hondo y vuelvo a sumergirme entre hilos azules, rosados y grises que caen enrulados como ramilletes de ofrendas. Contengo la respiración. Ahí está todo. Las costillas. Los órganos vitales apenas muertos. El misterio a la vista. Podría alcanzar a tocarlo. La achura fresca mantiene su color y textura. La pintura ya no huele a pintura. Es otra cosa. Un dolor visceral inunda la sala y se adhiere como mugre a las paredes. Podría cerrar nuevamente los ojos, o intentar salir corriendo pero, es demasiado tarde. Cuando se ha visto, ya no se puede dejar de ver. Estoy metida adentro de todo esto, me encuentro cautiva, al borde de la realidad, como en las mejores pesadillas. Azulejos celeste y blanco patria, manchados para siempre. Mil tonos de rosados indelebles. Claves silenciosas, huellas de la historia. La tarea sucia realizada. Las leyes forzadas de la naturaleza. La gravedad bajo presión. Los cuerpos pendientes en estado de suspenso, invertidos. Todos hablan. Es la voz de los vencidos, un rumiar solitario, impersonal, repetido. Volver sobre lo inevitable. El cuero marcado. Los números: 55, 37, 58. Quizás en ese punto el nombre da igual. Quizás signifique nada. Como los ganchos de acero atravesados sosteniendo el peso. No hay cómo escapar a los mecanismos. Las metodologías de trabajo descriptas. Técnicas de maestría expuestas en cada ejecución. Cada detalle perfecto y el cuadro completo, estremecedor. Nada da igual. Los cuerpos. Lo que no se alcanza a ver y enceguece. El precio de nuestra mercancía de consumo. Productividad organizada en cantidades inmensurables. Balanzas vacías. No hay cómo pesar tanto pesar. Cuánto más puede haber detrás. Es moneda corriente. Emprendimiento, negocio o industria. Eslabones de una misma cadena. Todos tonos grises. Se compra, se vende, se corta, se cobra, se acopia, se muere, se mata. El cuerpo colectivo cercenado. El banquete. Los dueños. Los señores de sombrero. De corbata o de moño. De un blanco liviano, impecable. Blanco genocidio, blanco sucio, blanco impune. Con sus monederos llenos. Contando peso a peso, el peso de la muerte.

Cristales rotos. Estallidos azules. Se aturde de sonidos mi cabeza y la violencia irrumpe. Destroza el límite. Detiene el tiempo. Pedacitos transparentes, sostenidos en pleno vuelo por el aire. Triángulos vítreos que brillan y no terminan nunca de caer. El mal es amarillo sepia, pero en mi memoria será siempre verde. La última bocanada de aire se comprime y permanece adentro del cuerpo. Los ojos abiertos como ventanas en un incendio. Un gesto desesperado que pudiera ser de cualquiera. La mano alzada suplica. La ayuda que no llega. La boca del niño, en un instante de pavura, que ahora dura para siempre. La inocencia perdida. La contracción. El mal perpetrado. El horror perpetuado en ese otro rostro, que sé, está ahí, pero evito mirar. Me quedo con el niño. Para siempre, estado de alerta. Para siempre, estampida. El instinto animal a flor de piel y las piernas que apenas responden. No alcanza con un sólo movimiento para salir del paso de la bestia. Es inminente. Ruge. Ya no hay cuidado posible. No hay adentro ni afuera. No hay límite. No hay hogar. La puerta azul no será igual en la memoria. Parte la infancia en este contexto. El momento suspendido. La dimensión del mal. La desproporción de las figuras. Una fuerza superior, capaz de atravesar el espacio, desencajar la estructura y sacar fuera de quicio aquello que siempre contuvo. Entonces todo cae. La silla que sostuvo. El farol que alumbró. Quizás caiga también el niño, no lo podemos saber, aún está allí. Para siempre niño. Para siempre en medio del camino, hacia donde constantemente avanza un sinsentido concreto de violencia represiva.

Quizás estamos locos. O enfermos de amor. Quizás el amor sea solo un fantasma. Un placebo. Una fábula. Una hipocondría. Un momento. Una flor. Una nostalgia, que de pronto aparece y ahí está: “La memoria del amor, o sus fatuas presunciones”, como decía aquella poesía de mi padre, que como todas, era él mismo, y ahí viene. Ese primer amor inasible. Amor perdido, como una incógnita. Amor que siempre está. El amor que se descubre, como un tesoro. La experiencia del abrazo incontenible. Amor latente. En ejercicio. Amor que adoro. Este amor que practico. Dar lo que no tengo. Dar aunque no vuelva. Darse aunque no vuelva a darse. Ese amor en las pieles. El amor como cura. Amor refugio. Amor que recibo, felicidad, alivio. Amor iluminado. Ilusorio. Amor por venir. Amar como acción. Como escudo. Amor punzante, agudo. Amor que arranco y sacudo. Amor que no sirvió. Amor de descarte. Desesperado deseo de amarte. De acabar con lo que se amó. Demasiado tarde. Amor desposeído. Amor obligado. Amor ideal. Amarrado al tiempo, presente y pasado. Morboso amor. Todo rojo, pezones desnudos, ojos tapados. Amor que arde y puja. Pequeña muerte, pulsión. Amor sin vergüenza. Culo al aire. Amor embarazado. Los cuerpos contraídos, revueltos en la lucha. Amor furioso. Amor errante. Amor encarnado. Amor parido. Delicioso y repulsivo. Amor castigo. Amor odiante. Amor doliente. Amor violento, urgente, salvaje. El tiempo del amor corre, rápido o despacio. Sangre en las venas. Morado. Rojo. Amarillo anaranjado. Explosivos. Una maraña de colores. Marea las penas. Mientras la vida transcurre, pasa de costado. Solamente personal autorizado. Delantales, barbijos. Corredores fríos. Pasos sincronizados. Pies desnudos. Zapatos perdidos y la maquinaria opresiva actuando. Azulejos negros. Zona de aislamiento y exclusión. Peligro. Un lugar poco propicio para el amor. Un último deseo en este sitio inhóspito. Un amor, por el amor de, oh dios, una limosna, por piedad, por favor. Una migaja de amor, un despojo. Un amor a contramano. Objetable. Desubicado. Un amor apasionado. Un amor sin futuro. Inexitoso. Un amor en vano. Un verdadero amor. Un último suspiro. Un temblor compartido. No me deje sola ahí. Manos desconocidas cargan el peso de los cuerpos revolcados y encendidos, que ya son nuestros. Son fantasmas. El traslado ocurre. Adónde. Ni idea. No debiéramos presenciar este tipo de escenas. Ellos también lo saben. Hay disfraces que nada ocultan. Miradas que son verdaderas amenazas. Sobre todo las que no vemos. El gesto escondido detrás de los bigotes, de los anteojos oscuros. La noche recién empieza, o acaso termina. Se extiende en el tiempo. Nunca es horario de visitas. Estamos de más. Estamos de paso. El amor es demente y subversivo. Mantenga distancia, no se acerque demasiado. Cuarentena indefinida. Aislamiento. Quizás ya sea tarde para evitar el contagio.


10 mayo 2019

2x1 Compensen el terror, los años perdidos.

 

DERECHOS HUMANOS Y EL 2X1


COMPENSEN EL TERROR, LOS AÑOS PERDIDOS

“No existe 2 x 1 para esta pena nuestra. Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos”. Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos de este fallo de la "Suprema Corte de Injusticia" dice en este manifiesto la escritora Ángela Urondo.

En esta ciudad, en el día de la fecha, el Tribunal Oral en lo Federal Criminal, en forma definitiva falla: Condenando a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua por ser coautores mediatos penalmente responsables de los delitos de privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencia y amenaza, imposición de tormentos agravada por la condición de detenido político de la víctima, homicidio calificado por alevosía por el concurso premeditado de dos o más personas y con el fin de procurar impunidad, homicidio calificado por alevosía en perjuicio de las víctimasDelitos tipificados en el Código Penal y en concurso real, calificándolos como de Lesa Humanidad y cometidos en el contexto de delito internacional de Genocidio. Ordenando que los condenados cumplan las penas impuestas en los establecimientos dependientes del Servicio Penitenciario Federal que resulten adecuados a sus condiciones de salud, a cuyo fin deberán tener en consideración las pericias e informes médicos obrantes. Por tanto se revoca la excarcelación o eximición de prisión o prisión domiciliaria que gozaron durante el proceso y se dispone su inmediata detención en los establecimientos que correspondan, se hacen efectivos los traslados dispuestos. El juicio ha concluido en esta instancia. Todas las partes quedan notificadas.

 

Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos del fallo que emitió la Suprema Corte de Injusticia, para la aplicación de la Ley del 2 x 1 que permite liberar a los condenados por crímenes de Lesa Humanidad. Un nuevo mecanismo que intenta consagrar la impunidad en democracia.

Si bien genocidio viene con impunidad y a veces parecen lo mismo, hay que diferenciar: el genocidio es un cúmulo de crímenes irreparables, cuyo daño es permanente. La impunidad es un daño aparte, que sin embargo tiene una cura: la Justicia. 

Cuando le quitan remedio el herido –al pueblo herido–, despierta un dolor remitente que revive la pena causada por el principal de los daños, el irreversible.

No existe 2x1 para esta pena nuestra.

Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos. Pongan en libertad hoy mismo a los nietos que tienen escondidos. Basta de burla, de cinismo y de políticas de olvido. Basta de negar a los 30 mil. No hay que reconciliarse con lo que hace daño. La posibilidad de que sea genocida el vecino es una tortura. La verdad completa se llama terrorismo de Estado y es delito el negacionismo.

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El genocidio no fue guerra, ni lucha anti subversiva, como le quieren decir, fue un mecanismo de acción terrorista por parte del Estado, que apuntó contra todo el pueblo.

“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”, decía Ibérico Saint Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires.

Por su lado, Jorge Rafael Videla, comandante en jefe de la Junta golpista expresaba: “El golpe le quitó legitimidad democrática a la guerra contra la subversión, aunque nos dio la posibilidad de extender esta guerra a los ambientes político, social, económico, internacional, etcétera, porque pudimos disponer también del poder político”.

Como señala Martín Gras, Catedrático y sobreviviente de la ESMA, “la palabra terrible acá es ‘etcétera’: Videla declara la guerra a un etcétera”.

El plan sistemático de saqueo y exterminio dejó a muchos cómplices bien acomodados. Las garantías de impunidad de la dictadura para cometer sus crímenes se extendieron luego en democracia. Así se constituyó una estructura bien amarrada al poder, con partícipes en diversos ámbitos de la sociedad y el Estado.

En el poder judicial encontramos funcionarios nombrados por la dictadura para justificar secuestros, pasar por alto las torturas, armar causas a los perseguidos y encajonar los hábeas corpus por los desaparecidos. No es la primera vez que vemos jueces que defienden sus propios intereses, porque están implicados.

Descubrir lo poco o mucho que sabemos, ha llevado años, vidas. Generaciones con el ojo abierto y la lupa, buscando pistas debajo de las baldosas. Con el duelo anudado a la garganta. Aprendimos a hablar y a escuchar con cuidado, atentos a los posibles cruzamientos de datos. Con un archivo en la mochila y una copia en la cabeza, de resguardo. A veces olvidamos los nombres de quienes saludamos a diario, para no soltar el de un fulano-de-tal que participó de un operativo de muerte, o de aquel compañero que tal vez pueda aportar algún dato. Avanzamos hacia la misma verdad. Confluimos.

A todos nos faltan los desaparecidos, incluso a los que no lo saben y a quienes no habían nacido.

Reconciliación, venganza, verdad completa, son algunos de los ejes discursivos ante los que debemos plantarnos en esta puja por el sentido de la palabra, para repudiar y combatir los eufemismos con los que se quieren enmascarar los pactos políticos de impunidad.

No se trata del pasado. El embate impunista impacta en la actualidad sobre todo el cuerpo social y da rienda suelta a las fuerzas represivas del presente, que ahora andan sin placa de identificación y sin patente, entran a tu escuela, te bajan del bondi y te dan vuelta la mochila. O quieren hacerte bajar la bandera, te llevan sin motivos por averiguación de antecedentes, por defender los derechos, por resistente, vienen a avallar tu cuadra como si hubiera un fugitivo, a atropellarte con el patrullero o a pegarte un tiro, aunque seas un niño bailando la murga en la puerta de su casa, cualquier hijo de vecino.

Asesinos. Retoños del mal, descendientes directos del odio y la impunidad.

Vuelvo a pensar en la mirada de los ojos malvados.

Conozco sus métodos. Los recuerdo, nadie me lo ha contado. Regresa la incertidumbre a interferir en los sueños, la pesadilla, el insomnio, el sabor amargo. Vuelve a latir en el cuerpo un sentimiento que creía pasado.

No tengo palabras para explicarles a mis hijos que los asesinos de sus abuelos pueden ser liberados.

El beneficio extraordinario para los genocidas es inaceptable. Renueva la rebelión contra lo injusto. La provocación nos saca una vez más a la calle a combatir el terror, con la experiencia de 40 años de lucha, con los dedos en Ve, con el puño en alto.

Vamos con las viejas, los pañuelos blancos, vamos con niños de la mano, con los sobrevivientes y con nuestros muertos presentes, para aprender a defender juntos lo que es de todos: el Estado de Derecho y sus garantías constitucionales, la dignidad: nuestros derechos humanos.