Poner un cassette de los Viola en casa era meter el dedo en la llaga. Foto Télam.
Estamos a fines del ‘89 y hace poco que vivimos en Núñez. Una noche cualquiera, en medio de la semana, saco a dar la vuelta al perro y al llegar a la esquina de la avenida Cabildo, encuentro todo lleno de punkis. Me meto entre la gente hasta llegar a la puerta de Airport, a ver qué pasa. Ahí el anuncio dice que tocan los Viola. Me vuelvo loca, me encantan. Los escucho desde hace años, vuelta y vuelta, en cassettes gastados. No sé bien por qué, pero igual que con los Ramones y The Clash, esta música me impacta, me conmociona, me representa, y ellos encima hablan mi idioma. Ahí estoy en la puerta de Airport, sorprendida, en pijama, con un perro pekinés en brazos, rodeada de punkis montadísimos, cuando desde adentro aparece el viejo Luzzi, papá de mi vecino Diego. Resulta que es el gerente del boliche, me saluda y me invita a pasar. Cruzo la valla, la puerta y la cortina, al instante estoy adentro. Es como un sueño, es otro mundo, parece irreal. Reconozco vagamente el lugar, que en general funciona como discoteca, pero el ambiente es completamente distinto esta noche. Se me van los ojos. Soy pura expectativa, No puedo creer que estoy a punto de presenciar mi primer recital (una vez vi a Sandra Mihanovich en el barril de la 104 en Villa Gessell, pero nada que ver, no cuenta). Me ubico en una de las rampas del costado, a la izquierda del escenario, para poder ver bien y no perder a Sánchez, el perro trastornado. Entonces se apagan las luces y al primer acorde, abajo, en la pista, se arma un pogo tremendo. Correntada. Punto de atracción. Cuerpos pegoteados. Fusión de moléculas. Fricción. Fuerza centrífuga. Generadora de energía. Amalgama humana. Cuerpo colectivo. Un círculo de pertenencia, al que me quiero tirar de cabeza.
Voy corriendo hasta la puerta, dejo al perro en la boletería y vuelvo a entrar, esta vez a la pista. No tengo miedo, no me importa nada, el instinto me lleva en andas, a pura certeza, puños en alto, vamos.
El pogo es una confluencia, un torbellino de fuerza, capaz de regenerarse a sí mismo a través del movimiento. Una ronda zarpada. No se trata de golpear, o de lastimarnos. No es violencia. Aunque vayamos empujándonos en un amasijo y pueda haber tropezones, u otras consecuencias. No es contra los demás, ni contra una misma. La experiencia es vinculante y transformadora, nada vuelve a ser como antes. El rodeo iguala, hace parte, hermana. Nadie es obligado a entrar, quedarse, o salir. Total libertad. Entrega de los cuerpos. Confianza. Solidaridad. Nadie está de menos. Somos lxs otrxs. A quien se cae, se le levanta, para no caer todxs pisoteados en avalancha. La velocidad es clave. Salva. Un acto significativo de libertad e inclusión. Resistencia sólida. Compromiso. Vértigo en masa. Los pies apenas tocan el suelo. La acción no es el fin, es una plataforma, un medio de despegue. La revuelta es en conjunto. Volamos en bandada. Es posible. Un viaje que nos damos. Algo parecido a la magia.
***
Vengo caminando ligero por Lacroze para tomar el subte en Chaca. Estoy súper apurada porque llego tarde a buscar a mis hijos a la escuela. Ahí lo veo, parado en la vereda como si no hubiese pasado el tiempo, misma estampa. Tantos años. La sonrisa desmesurada. Nos saludamos con un gran abrazo y cómo te va, en qué andas, todo bien, pero me tengo que ir corriendo, qué mal, qué lástima, que bueno verte, saludos y las últimas palabras quedan flotando en el aire, como taradas. Sigo de largo al trote, subida a una nube de felicidad por el encuentro fugaz. Salto dentro el subte, se cierran las puertas y caigo. Vuelve toda la escena, lenta y en detalle, vuelve la sonrisa. Bajan las palabras, en seguida me arrepiento y lamento tanto no haber frenado dos minutos para decir gracias, darle un reconocimiento y compartir un toque por qué.
***
Cuando no sabía mi propia historia. Cuando mi identidad estaba apropiada, cuando aún no sabía de mi padre y de mi madre, de mis muertos y desaparecidos, ni de mi secuestro, de la tortura, los tiros, la represión y el efecto del terrorismo de Estado. Cuando todavía no tenía marco de contexto propio, ni nombre, ni voz, en momentos de profunda opresión política y familiar, cuando estaban avasallados mis derechos básicos y sólo quedaban recuerdos en pesadillas, la música me habilitó a gritar, a romper estructuras rígidas, a nombrar y poner en duda lo establecido. Las canciones me ayudaron a decir cosas fundamentales, prohibidas y muy exactas para aquellas circunstancias. Hubo letras que abrieron caminos, me mostraron territorios posibles, nuevas perspectivas, desde donde poder reordenar los pensamientos, expresar mis puntos de vista, e incluso interpelar al entorno, desahogarme. La música me acompañó, me dio valor, me hizo fuerte, capaz de enfrentar lo que viniera. No lo dimensionaba entonces, no podía saberlo, seguramente lo intuía, pero recién ahora puedo entender algo de lo qué significaba. Poner un cassette de los Viola en casa, era meter el dedo en la llaga. Era una caja de resonancia de todo lo que estaba mal. Dejaba expuesta una verdad pujante. Un manifiesto vivo que, con toda la furia, quería salir y estallaba.
***
Quiero ser yo, quiero ser libre. Nada ni nadie nos puede doblegar. Nos quieren transformar, no lo lograrán. Haré lo que quiera y lo haré muy bien. El dremcom en la goloba me hace decidir y con mis drugos al ataque vamos a ir. ¿Y ahora qué pasa, eh? Somos los mejores porque somos los peores. Nosotros somos un grito. Violadores de la ley. Hay que volar con lo establecido, regido por el tiempo, podrido por el tiempo. Hoy todo está fuera de sektor, tal vez no estuvo nunca mejor. Nadie regula mi decisión, nadie transforma mi satisfacción. Sin ataduras en mi mente, yo sólo busco la verdad. Recuerdo un lugar donde todo está prohibido, desde la crítica hasta el más leve suspiro. Recuerdo un lugar donde todo es permitido, como cargar las armas y matar a los vecinos. No hay opción, tenés que luchar por tu vida, por tu libertad. Al terapeuta anarquista ahora debo ir, para que extirpe el mal que pusieron en mí. Fueron muchos los golpes de represión, en esta era del corregidor. Debo huir, escapar a su control. Porque este juego es lo que siempre fue, una bota pateando el tablero de ajedrez. Represión que te aniquila, represión que no se olvida, represión en nuestras vidas, represión 24 horas al día. Yo no quiero represión. Serás lo que ella quiera, no lo que tú digas. Serás lo que ella diga ¡no! lo que tú quieras. No tienes más opción, ni oportunidad, no busques tu futuro, ¡no! Estás muerto antes de nacer. No hay razón para ser, lo que tú quieras ser, esclavo africano, no hay nada que perder. Sabes cuál es la diferencia, entre la verdad y todas sus creencias, que sólo hay odios y guerra. Nos dejaron varios muertos y cientos de mutilados. Reina la confusión en las calles y en el gobierno, se ha acabado una guerra o empezado el infierno. Ellos son la guerra enmascarada, ellos son la lucha iluminada, te fusilan por amor. Ellos son una revolución. El poder de una nación, que se alza so pretexto de cuidar a sus hijos, a sus hijos predilectos, invocando la razón, la justicia y el derecho. Auschwitz, un prisionero más. Hay latidos de muerte en un lugar del sur. Hay fantasmas y dudas. Almas que se fueron desapareciendo. Sus hijos crecerán, habrá un mundo nuevo. Y yo no sé. No sé, si esto es aburrido, si esto es divertido, ¡no sé!
***
Esperaba volver a encontrarnos alguna vez, por ahí de casualidad, para cambiar las cosas y no seguir perdiendo la oportunidad de agradecer, de devolverte algo mínimo de todo lo bueno que supiste dar. Ya no existe esa oportunidad. Con tu partida me da por escuchar de nuevo todos los discos, los recitales en vivo. Siguen conmoviendo como la primera vez. Me hacen llorar de emoción, siempre me hicieron llorar, resuenan en lo esencial. La música nos lleva a lugares. Hay fibras que se conectan. Hago el recorrido. Aparecen flashes que iluminan memorias extraviadas. Prehistoria. Detalles. Llueven un montón de anécdotas increíbles, que me voy a guardar atesoradas, lejos de todo cholulaje anecdótico, que a quién le importa, nada. Hoy prefiero ser fan, volver a ese lugar, para dedicar estas palabras, un pequeño homenaje, más allá de la catarsis y las condolencias. Un hondo y sentido aplauso. Un último pogo. Uno, dos, ultraviolento.
Vuelve otra vez la sonrisa desbordada. La electricidad, la sabiduría adolescente, el instinto, la rabia. Nadie se rescata sólo, ni se libera a sí mismo, necesitamos de otras personas. Con tu voz, que con un puñado de otras, tomé prestadas, que hice mías cuando no tenía nada, empecé a forjar una identidad, que me permitió romper cadenas de opresión y silencio que me mantenían amarrada. Aunque no lo sepas nunca, ahí estuviste y la generosidad, como parte del legado, es también una enseñanza. Ampliaste la vida de muchxs. Sos parte constitutiva de mi historia y de nuestra narrativa generacional. No se olvida aquello que se encarna. Se hace parte de la identidad colectiva. Permanece. Salva. La revuelta es en conjunto. Los pies apenas tocan el suelo. Volamos en bandada. Es posible. Un viaje que nos damos. Algo parecido a la magia.
En este texto trataremos de pensar el derrotero que tuvo el insistente sueño de Ángela[1], hasta irrumpir en el escenario del derecho penal -más precisamente en los juicios por delitos de lesa humanidad en la Argentina-, para dar cuenta de las implicancias que el inconsciente puede tener sobre el discurso jurídico.
Las derivas de lo que el psicoanálisis introduce, si el discurso jurídico toma nota de él, van en la línea de lo que la izquierda lacaniana le propone a la política: hacer lugar a la fractura del Sujeto, aún en este caso, dentro del escenario testimonial, donde el discurso científico entraña la transmisión de una verdad íntegra.
Tomaremos en primer lugar la palabra de Ángela en las sucesivas entrevistas que mantuvimos en torno a su sueño, para luego intentar pensar de dónde proviene esa verdad desconocida para ella misma, y el lugar que fue adquiriendo a partir de constituirse en testimonio. Podríamos decir tomando a Lacan “Nada más compacto que una falla”, proveniente de la división del Sujeto, para orientarnos en esta lectura.
Entre los temas que podríamos introducir para afirmar que Lacan–emancipa, el referido al cruce de estos discursos, es uno de los más sugerentes.
SOMNUS
Yo soñaba con este lugar durante gran parte de mi infancia. Tenía una pesadilla recurrente que era más o menos igual siempre. Una pesadilla donde yo recorría lugares físicos, pasillos con puertas, veía la fachada de una esquina con una perspectiva particular, o entraba en una habitación que estaba iluminada pero no veía ventanas ni luces, o escuchaba pasos que se acercaban por el recorrido de una escalera.
Este sueño a medida que pasaban los años, se repetía. Con variantes. A veces yo iba por ese pasillo, me perseguían y corría, sentía desesperación. Otras no. Sueños de mucha angustia pero sin embargo yo me despertaba y no podía decir qué de eso me daba angustia. Entonces me despertaba y decía “soñé algo feo”.
Nada de eso tenía ningún anclaje en un lugar de miedo. Yo no tenía miedo de algo en particular. Había un pasillo, nada más. O una escalera. No había correlato entre las imágenes de mi sueño y la explicación que tenía en ese momento sobre lo que había ocurrido en mi vida. Capaz que si hubiese sabido que estuve secuestrada junto a mi madre o que los milicos (militares) nos persiguieron a tiros en un auto, hubiese podido ligar esas sensaciones con mi sueño, pero como no lo sabía, para mí eran imágenes incongruentes.
(Ángela viajaba con sus padres en el auto que fue interceptado y atacado en un operativo en la ciudad de Mendoza, en la vía pública, a la vista de todos. No “supo” nada de este hecho hasta su adolescencia. Sin embargo la versión con la que había crecido –a instancias de los familiares que la criaron- era que junto a sus padres había tenido un accidente automovilístico del cual ella era la única sobreviviente).
Esto que yo soñaba no tenía nada que ver con un accidente de auto. No soñaba que chocaba, soñaba con otra cosa que no me podía explicar. Cuando llegué a grande, dejé de soñarlo a partir de una experiencia particular que viví. Hacía poco se había muerto alguien que yo quería mucho y por esos días en lugar de ir con los sueños hacia ese muerto -podría decirlo de ese modo-, volvió a aparecer el sueño que yo tenía siempre.
Esta vez no se me presentó como pesadilla sino como un sueño vívido. No tuve miedo. Volví a ver el pasillo y las puertas, yo iba abriendo las puertas y descartando las caras borrosas de personas que veía. Hasta que llegué a la última puerta donde veo a mi mamá. Voy hacia ella y cuando llego, la abrazo pero ella se desintegra, eso sí me dio miedo, recuerdo. Cuando desperté tuve un flash de realidad y dije “me parece que yo estuve en ese lugar”.
DESEO DE DESPERTAR
A partir de allí surgió una pregunta inédita ¿Podría ser que eso que soñaba era un lugar real? ¿Un lugar remoto?
También me di cuenta ese día, que en el sueño no me perseguían a mí ahí adentro. Que la ansiedad estaba en lo que no encontraba. Yo buscaba a mi mamá y la ansiedad venía de buscar. No era que me corrían y yo escapaba. Era otra acción, un sentimiento similar, pero era justo el movimiento inverso.
Además nunca soñé con ninguna persona hasta ese día, siempre habían sido edificios, lugares. Creo que guardé las miguitas de pan para poder volver. Algo así como: Parto desde acá, el punto de partida donde perdí a mi mamá, que es lo único que registro en el mundo; el último lugar donde la vi que tenía una esquina, después hay un lugar con ventanitas, después hay un pasillo, lo que registré en mi cabeza es el caminito para ir a ella. Buscaba puerta por puerta, esta no es, esta no es, esta no es…
IRRUPCIÓN DE LO INCONSCIENTE EN EL MUNDO JUDICIAL
Quince años antes del inicio de los juicios de lesa humanidad, ya dibujaba ese sueño. Cuando comenzó el juicio por el caso de mis padres en Mendoza, hice este relato ante los abogados, y ellos me dijeron que no sabían qué valoración podían hacer los jueces, pero que iban a analizar la posibilidad de que yo testimonie porque ese relato coincidía con los relatos de sobrevivientes. Y añadieron que era importante que pudiera ir a hacer un recorrido por el D2, porque estaba muy presente en mí ese lugar, con muchos detalles que si bien yo no sabía de dónde venían -más que del sueño- eran coincidentes con otras declaraciones de personas que “habían estado” allí.
Algunas sobrevivientes me cuentan que el día que llevaron a mi mamá al D2 preguntaron si había ropa de bebé, lo cual podría ser la corroboración de que estuvimos secuestradas allí juntas”. (Algo que por supuesto Ángela “no sabe”, al menos no por la vía del recuerdo).
Cuando se inicia el juicio, se realizan diversos recorridos de los/las sobrevivientes con los jueces y aparecen imágenes en los diarios. Uno de esos días abro el diario y veo la foto de la puerta del D2, con la mirilla y digo con gesto de ahogo y todo ¡Ay Dios mío, esa puerta la conozco! En ese momento empecé a pedirles que cuando fueran a ese lugar, me dejen ir a mí también.
“MEMORIA INMADURA”
Empecé mi testimonio explicando que el apellido con el cual estaba declarando no era el mío -ahí todavía tenía el apellido que no me correspondía-, y explicando que lo que iba a testimoniar eran en parte relatos y en parte “memorias inmaduras” que yo conservé en formato de sueños pero que tenía la certeza de que estaban compuestas por cosas que eran verdad, que yo las iba a contar así y que después ellos hicieran la valoración que consideraran más pertinente. Declaré todo el día.
Al día siguiente, estaba pautado un recorrido por el lugar donde había sido el operativo en el que estuvimos mis padres y yo, y me sumé.Se comenzaron a concatenar las escenas. Al salir de allí volví al CCD e hice un recorrido más exhaustivo, busqué la escalera que retornaba en mi sueño. Me mostraron una y yo dije que no era esa, esa era ancha y yo buscaba una más angosta. Con algo de metal, y la gente que estaba allí presente, se da cuenta que esa escalera que describía era la que llevaba a la sala de torturas. Accedo a verla. Y cuando la veo la “reconozco”.
Es muy loco porque yo me acordaba de ruidos de ese lugar, de la escalera sobre todo. Me acordaba en forma de pantallazo y no sé por qué, pero recordaba una habitación, con luz pero no tenía recuerdos de ninguna ventana.Cuando llegamos a una de las habitaciones del recorrido, descubro que tiene claraboyas en el techo! El D2 tiene la particularidad de tener ventanas bloqueadas con cemento, como un bunker y todas las habitaciones del piso superior tienen iluminación desde arriba. Eso fue muy revelador para mí, esa era la luz que retornaba también en mi sueño desde arriba.
Lo curioso es que cuando hice este recorrido, no me vinieron memorias nuevas, ni que me completasen un cuadro excepto ver la escalerita, los ruidos, la vibración, el color rojo, etc. Ahí me di cuenta que todo lo que yo había soñado/testimoniado era así. Y era lo mismo que declararon los/las testigos. ¿Mi sueño era un recuerdo?Tuve esos sueños mientras no supe nada de mi historia. Entre los 2 y los 15 años hasta donde recuerdo. Cuando empecé a tener alguna información más ligada a mi verdadera historia, no los volví a soñar.
Yo tenía 11 meses en el momento del secuestro, cumplí un año 11 días después, en el Centro Clandestino de Detención ó en la Casa Cuna (orfanato para niños/as) de la ciudad de Mendoza donde luego me llevaron, no lo sé con certeza, sólo sé que eso sucedía mientras mis familiares me buscaban.
Hasta aquí el recorte del sueño de Ángela y algunos datos muy precisos de su historia. Nos preguntamos con ella si podría ser que la justicia incluyera ese sueño como prueba. ¿Finalmente ese sueño provenía de un recuerdo ó de una vivencia? ¿Otros/as habían estado en ese sueño con ella? ¿qué inscripción tendría a partir de su “despertar”?
Del blog de Ángela, http://pedacitosdeangelita.blogspot.com/
SUEÑO-TESTIMONIO, EL ESTATUTO DE LO PROBATORIO
Lo que intentaremos ubicar en este breve texto es el impacto inédito que este sueño “probatorio” -proveniente de una “memoria inmadura” como ella lo nombra-, tuvo sobre el campo del derecho penal dentro del contexto de juzgamiento por delitos de lesa humanidad, en Argentina.
Trece años después de su magistral obra psicoanalítica y literaria de 1900, Die Traumdeutung, S. Freud escribe en una publicación conjunta con otros autores, bajo el título general de Contribuciones a la interpretación de los sueños. Allí aborda el papel que cumplen los pensamientos oníricos latentes en la formación de los sueños y publica dentro de esa serie lo que posteriormente se tradujo como “Un sueño como testimonio”, donde analiza el sueño de una enfermera que revela la verdad de un suceso, al retornar bajo la vía onírica.
Nos servimos aquí de ese nombre para aludir e intentar bordear la pregunta sobre el estatuto de este sueño-testimonio de Ángela, que opera de un modo singular en la (re)construcción de un hecho traumático, trayendo lo que ha quedado reprimido de modo primordial, y que retorna con insistencia bajo el estatuto de un sueño reiterativo sin provocar ninguna pregunta en Ángela, hasta que ligándose a una muerte, irrumpe bajo otra lógica y la despierta, en el sentido que Lacan le da al despertar cuando en La Tercera sitúa que lo que mueve al Sujeto es un deseo de despertar. Aunque posteriormente en su última enseñanza avance hacia la formulación de que del sueño no se despierta jamás; más bien se despierta para seguir soñando, tomamos este primer análisis de la función del sueño para poder pensar sobre lo que “despertó” a Ángela y la hizo llevar el sueño a la justicia. Cabe aclarar que lo hacemos sirviéndonos de conversaciones con ella y de la inédita experiencia judicial llevada a cabo, dado que no se trata aquí de la interpretación de un sueño, lo cual es siempre bajo transferencia.
Si lo real irrumpe a través de lo visto y oído, como ya señalaba Freud ¿la “memoria inmadura” que retorna en el sueño hecha de retazos de escenas vividas que pasan en Ángela como una película desenfocada, puede reproducir en esas marcas un tiempo pasado que como tal aún no existió?
Sobre esta cuestión y considerando el límite preciso que introduce Freud sobre el acceso a la verdad de lo que soñamos- el ombligo del sueño- resulta interpelante el punto de cruce que este sueño realiza de un modo privilegiado con la dimensión probatoria de una memoria que no sabe que recuerda, “memoria inmadura”, en su intersección vacía con el acto de soñar donde se evidencia la existencia del parlêtre en el retorno de una dimensión inasimilable.
En el encuentro con un episodio inesperado -la muerte de un ser querido- Ángela se pregunta si lo que sueña es una memoria de algo que vivió. Y frente a esta pregunta, el sueño se suspende como si eso certificara que efectivamente todo sueño es la repetición de una pérdida que insiste hasta ser recuperada por una vía significante. Recordemos que ella relata un pequeño retoque en su sueño cuando realiza el recorrido por el CCD y comienza a abrir todas las puertas, buscando algo que ella tampoco sabe qué es, y va descartando las caras borrosas hasta que en una puerta se encuentra con lo que llama “mi mamá”, la misma figura que se desintegró al intentar tocar, y allí sí, el miedo, la función de lo ominoso que tal como señala Freud, no refiere a lo desconocido, sino precisamente a lo que siendo familiar se torna in-familiar, Unheimlich, y es lo que le hace decir “ahí me di cuenta que no venía de atrás el movimiento que me empujaba, venía de adelante, de lo que yo buscaba: mi mamá”.
Frente a este escenario, Ángela asume la decisión rubiconiana de transitar la pregunta que la despierta ¿yo estuve allí? y al recoger esa pregunta, termina asumiendo incluso hasta un nuevo estado civil, un nuevo nombre, un nuevo destino que leyendo al ¿pasado? reescribe su existencia para el futuro. Al “despertar” descubre también que el apellido que llevaba no era el que le correspondía, así como no sabía que transitar por esa pregunta la llevaría mucho más lejos que el desciframiento de un sueño y que asumiéndola sería representada por nuevos significantes, “recién allí supe que el poeta Paco Urondo era mi padre.”
LO JURÍDICO, LO ULTRACLARO Y EL NO-TODO
Para pensar la intersección que sin cuajar se introduce en la lógica jurídica con toda su fuerza –una fuerza que solo lo inconsciente puede provocar- , podemos servirnos del concepto de lo ultraclaro que Freud refiere como los efectos de retorno de la represión primordial, bajo la modalidad de Unterdruckung, hechas de la nitidez que en las representaciones simbólicas no se logran percibir. Un modo de retorno que no transita exactamente las vías de las formaciones del inconsciente como sucedería con el material psíquico afectado por la represión (Verdrängung). En otros términos, lo ultraclaro que no es lo retroactivo, sino lo nuevo ultra-nítido que en este caso impone una relación nueva con la verdad. Una relación que el Sujeto puede asumir o no. Con fragmentos de lo real, retazos de lo inconsciente a los que Ángela llama de un modo rigurosamente ajustado “memoria inmadura”, sacándola -con ese nombre- de toda autoridad moral. Una memoria no autorizada, una memoria menor de edad, una memoria que tampoco acepta ningún reproche, una memoria imponente y duramente verdadera, incluso arbitraria, podríamos decir. Una memoria hecha con la tela del ombligo del sueño pero que engaña ya que a la inversa de todo lo que suponemos ese ombligo no se aloja en el sueño sino que busca a través del sueño irrumpir en el sujeto. Ella no puede dar cuenta de esa memoria más que soñándola. Son los hechos desconocidos del cuerpo hablante que estuvo allí y que junto a los otros testimonios de “memorias autorizadas” provienen de la historia “vivida” y despiertan a Ángela en un sueño insistente. Ella ni siquiera intenta apelar a la pregunta por los recuerdos, tacha de entrada esa memoria, para dividirla, descompletarla, es inmadura e inquietante en su modo y muestra que el sueño mismo ya es el efecto de interpretación. Está allí a la espera de ser leído.
Podemos pensar que el sueño de Ángela desde esta lectura, no se inscribe en la perspectiva del sueño traumático sino más bien en el sueño que oficia de sutura, al modo fantasmático de lo que no tenía modo de ser frenado por otra vía y donde la irrupción de lo traumático inicial en el contexto de aquellos acontecimientos extremadamente violentos, podían irrumpir perforándolo todo. Aquí “las miguitas de pan para poder volver” se vuelven metáfora implacable del estatuto que este sueño quizás tuvo. La luz de las claraboyas en el techo, el ruido metálico de las escaleras, el estridente e invasivo color rojo que se vuelven “prueba judicial”, son los fragmentos que cumplieron la función del eterno resto diurno que envolvió y “ligó” -como ella bien remarca- la “memoria inmadura”. Ángela dice al respecto “Es una memoria inmadura y es una memoria traumática, una memoria de shock, no es una memoria de gusto, si yo pudiera elegir recordar algo de cuando era una bebé, elegiría recordar a mi mamá cantando una canción de cuna”.
La versión que yo tenía sobre mi historia, era que mis padres se habían muerto en un accidente de auto. Eso es lo que me habían dicho. Pero si escucho una frenada de auto no tengo miedo; en cambio si escucho un “cuetazo” (disparo) aunque sea de juegos artificiales, me muero de miedo. Luz de golpe, luces fuertes son cosas que me hacen mal al sistema nervioso y que recién ahora lo sé, y puedo hacer algo con eso. Antes me asustaban muchísimo y no sabía qué eran, de dónde venían. Ahora puedo hacer algo porque sé a qué ligarlo.
Comencé a pensar en el inestimable valor probatorio que estos sueños tienen cuando estuve a cargo de la política estatal de acompañamiento a víctimas- testigo en los juicios por delitos de lesa humanidad en Argentina. Un registro -el onírico- que no tiene ningún valor, ningún sitio para la justicia. Sin embargo, suele ser el verdadero reducto de verdad. Una verdad fundada en la falla compacta de la que habla Lacan en el Seminario 20 , una verdad que retorna de un lugar anterior a todo lo reconstruido a instancias del lenguaje. Radica en esa verdad una contundencia voraz. Lo que J. Alemán llama “el suelo natal del sujeto” cuando dice que Lalengua que se habla es más “originaria” que el lenguaje, pues la misma surge del encuentro traumático entre la masa corporal del ser vivo y los signos que lo capturan.
El discurso jurídico hecho de letras unívocas, registros absolutos y lógicas inequívocas exige un tratamiento de la verdad que excluye la división del hablante. Frente a ello, el sueño-testimonio del que hablamos, tiene el carácter de un acontecimiento ante la justicia, derivado del acto de un Sujeto, cuya fuerza arrolla la opacidad de lo jurídico, mostrando que esa verdad solo puede provenir de la fractura que instituye lo inconsciente y que eso que llamamos memoria del testigo, se re-escribe en cada uno de estos actos.
Si consentimos que el retorno de lo reprimido como nos advierte Freud, no es algo que haya sucedido ni tampoco algo traumático que el sujeto reprimió, sino que se trata de un punto constitutivo de su división, que permite organizar una posible lectura sobre ese pasado ¿pueden los sueños ser probatorios de los sucesos histórico-políticos que acontecieron aún cuando sepamos que no pueden simbolizar en su totalidad lo ocurrido? ¿pueden serlo a través de “memorias inmaduras” de sujetos que aún no alcanzados por el lenguaje, demuestran radicalmente que el cuerpo es el cuerpo del hablante? Freud demostró que sí.
Planteábamos más arriba que lo que mueve al Sujeto, para Lacan, es un deseo de despertar y tomando esta afirmación sostenemos que en Ángela y con Ángela, su sueño retorna para despertarla. La “pulsión aflorante de la fijación traumática” que Freud describe, podría asimilarse al resto diurno de aquello que quedó resonando de la escena del auto. Convertido luego en ruido, en voz, en huellas mnémicas visuales y acústicas, que retornan al modo de reproducción de escenas infantiles reales que se dan muy rara vez -como él mismo describe-; llevando a Ángela directamente al núcleo de verdad de una escena tan desconocida como vivida.
De allí surge para ella y para quienes la escuchamos, la pregunta por la memoria. ¿Se tiene una memoria? pregunta de Lacan en el Seminario 23, para decir que lo que hay es la “creación” de lalengua, y aclara que en ese lugar de la memoria hay “inconscientes particulares en la medida en que cada uno, a cada instante, da un retoquecito a la lengua que habla”, el campo del sentido, un sentido que no existe como tal, que incluso cuando se lo quiere alcanzar se revela como pleno agujero. Lo dice de un modo muy gracioso “Lo simbólico se distingue por especializarse, si puede decirse así, como agujero.” Pero agrega que el verdadero agujero, real, está donde se revela que no hay Otro del Otro así como el sentido es el Otro de lo real y aclara que si el lugar del Otro del Otro no tiene ningún tipo de existencia, lo real tampoco, que está en suspenso y que sólo puede tratarse en definitiva de Fragmentos de real.
Así, Freud decía que soñamos para seguir durmiendo y Lacan que nos despertamos para seguir soñando. Los dos nos han dado inmensas pistas para llegar hasta acá.
[1] Ángela – hoy Urondo Raboy – es poeta, escritora, dibujante. Hija de la periodista Alicia Cora Raboy y el poeta Francisco “Paco” Urondo. Ambos fueron víctimas de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Alicia continúa desaparecida, Paco fue asesinado en el operativo que tuvo lugar en junio de 1976. Luego de un derrotero por el Centro Clandestino de Detención (CCD) “D2” siendo una bebé y posteriormente por la Casa Cuna de Mendoza, Ángela sufre un cambio de identidad, recuperándola jurídicamente recién en 2012.
___________
Bibliografía
Alemán, Jorge, Kamchatcka, Revista de análisis cultural, El poder no es el suelo natal del sujeto, entrevista de José A. Raymondi, 2017.
Alemán, Jorge, Izquierda lacaniana: textos intervenidos, Ed Modesto Rimba, 2021
Freud, Sigmund. Escritos sobre el sueño y La interpretación de los sueños. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 2017.
Lacan, Jacques. La Tercera. Intervenciones y textos 2. Editorial Manantial. Buenos Aires, 1993.
Lacan, Jacques. El Seminario libro 20. Aun. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1995.
Lacan, Jacques. El Seminario libro 23. El Sinthome. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2006.
Hola. Por favor, no se asuste. Soy la hija de Silvia, ¿se acuerda de mí? Celeste, sí. Era chiquita cuando iba a su casa. Claro, pasó mucho tiempo. Sí, mi mamá andaba para todos lados conmigo a cuestas y a mi hermano más grande, lo dejaba en casa. Él sabía hacer muchas cosas, cuidaba todo cuando no estábamos y se las arreglaba para prepararnos algo rico con lo que hubiera para comer. Pero a mí no me podía cuidar él y mamá no sabía qué hacer conmigo, así que me llevaba a todas partes con ella, claro. Papá murió cuando cumplí dos. Fue un accidente de auto, sí. Terrible. No se pudo salvar nada. Mamá siempre decía eso y lo lamentaba, pero era dura, nunca lloraba. No, yo no me acuerdo de él, ni tampoco sé cómo era ella antes. No hablaba mucho. Sólo sé que era una mujer de su casa y de pocas palabras. No había terminado la escuela. Se casó a los trece y nunca trabajó hasta que enviudó. Bah, seguro que tuvo mucho trabajo, con las dificultades de mi hermano y las cosas de la familia, pero no tenía la experiencia de salir a ganar dinero. No le quedó otra, después. Esa era su principal referencia, lo más importante, el eje sobre el cual giraba. Ella era una mujer fuerte, orgullosa de lo que hacía, responsable, siempre energética y amable. No puedo imaginar qué persona era ella cuando estaba mi papá. En cuanto al rol social, el trabajo le daba una significación mayor incluso que la viudez o la maternidad. Ser una mujer trabajadora era su vida, su identidad. No la recuerdo haciendo otra cosa, se la pasó trabajando sobre-esforzada. Toda la vida así. Sólo volvía para dormir. Se recostaba en la cama y ahí quedaba, tiesa, sin mover un músculo, por cuatro o cinco horas, pero yo sabía que aunque tuviera los ojos cerrados no descansaba nada. Estaba siempre alerta, en tensión, nunca aflojaba. Se levantaba antes de que asomara el sol, antes de que cantaran los gallos o sonara la alarma. Se daba una ducha y me despertaba. Tomábamos unos mates y salíamos, de farra.
Mucha gente nos tendió una mano y dos también. Abrieron las puertas de sus casas para que mamá las limpiara y tendiera las camas, a cambio de esos pesos que nos ayudaron a subsistir, y sí que lo hicieron. Pudimos vivir bien, pese a todo, nunca faltó nada. Terminé la escuela, estudié. Soy maestra. Me gustan los chicos. Ahora es distinto, pero a veces los veo y me acuerdo. Yo no fui nunca al jardín de infantes, entré directo a la primaria y no sabía jugar. No tuve mucha infancia. Hasta los siete fui con mamá a todas las casas donde trabajaba. Aprendí otro tipo de cosas. Era muy chica, pero me acuerdo de todo. Y soy agradecida. Hubo cosas buenas, sí, y algunas cosas raras, porque cada casa es un mundo y nosotras rotábamos por varias.
Aprendí a no incomodar y ser discreta, a no llamar la atención. Mi pasatiempo favorito era mimetizarme en el espacio, como si fuera un mueble o parte de un decorado. Bueno, en general se olvidaban de que estaba ahí. Entonces me volvía invisible, realmente, sucedía la magia. Sin querer descubría secretos. Veía cómo la gente se transformaba. Lo que más me sorprendía era el momento cuando las caras que normalmente mostraban, desaparecían y se convertían en otras, como si usaran máscaras. Al final, no sabía cuál era la verdadera, cuál era la falsa. Cambiaban especialmente la voz y la mirada, y hasta se movían de otro modo cuando creían que nadie observaba, como animales en sus dominios, brutales, groseros, dispuestos a cualquier salvajismo. Vi mucha gente así, en ese estado y lo peor no fue verlos. No. Lo peor fue que me descubrieran viéndolos, que me atraparan. Sí. Algo falló, no sé qué hice mal. Quedé expuesta, perdí la invisibilidad. Fue la entrada a otro mundo, que no era mío. Era ajeno, pero se volvió parte de mí. Lo peor es que no sé decirlo todavía. No sé cómo sacármelo. No sé cómo salir. No sé por qué vine, señora, disculpe, ya me voy. Es que necesitaba confirmar que este lugar existe, que era cierto, que no lo imaginaba. Es así. Sucedió. Fue aquí, en esta casa. Ni puedo contarlo hasta el día de hoy. No hay palabras. No hay nada que hacer, no se preocupe, no quiero molestarla. No, tampoco busco nada. Tengo un buen recuerdo de usted y de la chocolatada. Perdón. No quiero que lo tome a mal. Esto fue hace mucho tiempo, lo sé, pero no puedo dejar de recordar, especialmente estos últimos días, desde que pusieron el nombre del señor a la avenida principal. Cada vez que veo el cartel, la náusea me ahoga, me da un mareo que me atraganta. Me viene a la mente su sonrisa y luego su voz. Clara… pero no esa voz blanda de gelatina que usaba en público, no. La otra voz. Cuando hablaba en serio, en ese tono extra suave, más bajo de lo habitual. Lo que decía era firme y preciso, sin tonterías, sin vueltas. No me hablaba como a una nena. Su voz era feroz, encantadora y amarga, eficaz, sin fallas. Me daba un terror que paralizaba y aunque me pudiera mover, no podía hacer nada. Era ineludible. Sólo hacía lo que él decía, me dominaba. Moría de miedo y de vergüenza, porque en realidad no me obligaba. Sólo me lo pedía, o me lo ordenaba, con respeto, de manera educada y yo obedecía, sin resistirme, sin decir palabra.
Me enseñaron a ser obediente. La palabra de los patrones era palabra santa. Especialmente con él, a quien además todos obedecían con reverencias. No imaginaba hacer otra cosa que obedecer y, a la vez, siempre llevaba la culpa adentro, porque sentía que le daba permiso, que lo dejaba. Eso era lo peor. Era así. Entendía que eran las reglas del juego, era el precio de la subsistencia, la desgracia, el valor de la comida diaria. Entonces lo dejaba que me llevara al cuartito del fondo, al lado de la pileta, mientras mamá limpiaba alguno de los baños, a la hora de la siesta.
Usted sabe. Entró y salió por la puerta, ¿recuerda? Él no se dio cuenta porque estaba de espaldas, pero yo sí, la vi. Usted lo vio. Yo era muy chica. Nunca le dije a nadie, ni a mi mamá, ni a mi hermano, ni a mi marido de grande. Nunca hice nada. Pero estos días estuve pensando y yo no quería eso, ¿sabe?
Me robó la autorización y ahora me doy cuenta, claro, que no la necesitaba. Él tenía permitido hacer esas cosas.
Restitución y después: aquello sobre lo que no se escribe aún
17 marzo, 2021
Ángela Urondo Raboy y Mariana Baranchuk
La identidad restituida se encarna en un proceso inesperado, dinámico y permanente. Cada camino, cada acción restitutiva es única, como cada persona lo es. No se trata solo de un momento estático: ni cuando el juez dictamina, ni cuando se anuncia públicamente, ni cuando se inscribe en los documentos; aunque estos son, sin dudas, sucesos fundacionales en la historia de aquella identidad que se está restituyendo. Siempre existen hechos precedentes y posteriores, capas de sentido que se irán encontrando en el recorrido. Por lo tanto, es central tener presente que la restitución no termina en la conferencia de prensa, es un proceso largo, complejo y profundo, no solo en términos emocionales y psicológicos, sino que también enfrenta dificultades materiales concretas.
En la actualidad, hablamos de personas adultas. Un ser humano que es restituido ronda los 45 años. Ya no se trata solamente de una partida de nacimiento corregida y un nuevo documento, hay que pensar, posiblemente, en agregar las siguientes rectificaciones: documentos de los hijos, títulos académicos, escrituras, contratos de alquiler, propiedades, contratación laboral, aportes… en fin, todo aquel lugar donde esa persona haya tenido un registro a su nombre. Una multiplicidad de trámites y obligaciones a realizar, donde el Estado no acompaña, el periodismo ignora y frente a lo cual, la sociedad carece de respuestas. Dificultades diarias que solo agregan complejidad a una situación de por sí en extremo enmarañada, donde la persona que se está restituyendo atraviesa en simultáneo dos procesos: el de desapropiación y el de reconstitución identitaria.
Restitución, desapropiación y reconstitución de la identidad
Más allá de la restitución legal como hecho social y político, del momento del dictamen que indica una verdad jurídica y ordena su ejecución, más allá de los anuncios responsables y de todas aquellas acciones restitutivas en las que es fundamental contar con la acción eficaz del Estado y el acompañamiento de la ciudadanía, más allá de todo eso, suceden otros procesos de resignificación puramente asociados a la subjetividad de quienes lo atraviesan.
La apropiación, el robo de la identidad, de la historia y el origen, el cambio de contexto, la objetivación y el engaño que le suceden a una persona inducida a creer que es otra, encierran un estado de dualidad que durante la restitución se devela.
A partir del conocimiento de la verdad, se puede empezar a reconocer todo lo que resulta natural de aquello que ha sido impuesto: lo verdadero, de lo falseado; lo ajeno, de lo propio y de lo impropio; lo significante, de lo insignificante: lo fluido, de lo estanco; lo que permanece, de aquello que decanta. A medida que el estado de alteridad cede espacio a la nueva identidad que emerge, pueden ocurrir, en simultáneo, varios procesos distintos, como la reconstitución identitaria y la trama en reverso la desapropiación.
Mediante estos conceptos, nos referimos a aquellos caminos internos por los cuales el ser se refuerza en su encarnadura para redefinirse a sí mismo incorporado a la verdad que descubre.
Con contradicciones, miedos y dudas, con idas y vueltas, con fuerza de voluntad y resistencia, con diferencias temporales, a distintos ritmos e intensidades, en lo profundo de su intimidad, la persona se resignifica a medida que sabe, se entera, incorpora.
La reconstitución de la identidad tiene que ver con todo aquello que se reconoce como propio y se suma; mientras que la desapropiación está relacionada con lo que se deja atrás, lo que resulta ajeno y queda fuera de la vida. Liberación de la opresión, desobjetivación (en el sentido de dejar de ser objeto) y constitución entitaria de este sujeto, que era alguien que no era, pero sin embargo existía, tenía vida, mientras que quien debió haber sido, era una persona socialmente inexistente por estar desaparecida, hasta el momento de su restitución.
Poder redefinirse en este contexto, es toda una acción de soberanía frente a la alienación de haber estado apropiado.
Para que estos aspectos profundos del ser puedan desplegarse satisfactoriamente, es necesario, entre otras cuestiones, poder apoyarse en el Estado. Si el Estado genocida fue el responsable de la apropiación, el Estado democrático debe tener como política irrenunciable facilitar todo su entramado para tender a reparar lo irreparable. No hemos hallado ni una sola nota periodística que interpele al Estado preguntando cómo es que en 35 años no se ha podido instrumentar algún tipo de acompañamiento para estos temas. Bastante complejo es el camino de la propia desapropiación como para que algunas cuestiones burocráticas, que hacen a las huellas de la identidad en nuestro cuerpo social, no sean facilitadas.
Como dijimos, cada restitución es particular y única. Cada juzgado, cada juez tiene su criterio y emite los fallos con sus propias consideraciones y a partir de lo que allí queda asentado es que se articula el camino burocrático para la rectificación de la identidad. Mediante la emisión de oficios judiciales se comunica la sentencia de modo que se pueda ejecutar en cada entidad, en cada institución u organismo donde la persona se encuentre registrada. Cuando esto funciona, los trámites se resuelven por orden del juez, como ejecución de la sentencia. En algunos casos, los jueces dejan asentado formalmente que dos nombres diferentes, poseen un mismo documento de identidad y referencian a la misma persona, cuando esto figura se allana el camino ante posibles dificultades que puedan surgir durante la redocumentación y reinscripción social de una persona. Pero, sin embargo, esto no siempre ocurre y muchas veces el camino de la rectificación efectiva debe hacerse personalmente, oficina por oficina, días y días de trámites, de repetir la historia, de fundamentar con documentación fuera de los cánones, como por ejemplo una partida de nacimiento de varias páginas, que cuenta una historia en capítulos.
Por otra parte, es muy difícil tener en cuenta por anticipado todos aquellos sitios donde una persona está registrada para enviar los oficios. Muchas veces la rectificación se va haciendo de acuerdo con la necesidad, o a medida que la persona se acuerda.
Por ejemplo, un dictamen restitutivo se pudo emitir en un
determinado momento, a partir de lo cual se gestiona la partida de nacimiento y luego el DNI. Seis meses más tarde, la persona, con su nuevo documento, se encuentra a punto de viajar con sus hijos, cuando se da cuenta de que los niños no han sido redocumentados y que allí figura que todavía son hijos de alguien cuyo apellido ya no existe. En ese momento, se abre un período de limbo, donde ante cualquier emergencia que pudiera surgir, se carece de la documentación suficiente para demostrar de manera inmediata y sencilla el vínculo parental. O bien, en otro caso, la persona se dirige al banco para solicitar la retitularización de su cuenta y le dicen que es imposible, porque el sistema informático ha sido diseñado de modo tal que datos como nombre, apellido y número de documentos queden encriptados. No se pueden cambiar, tiene un candadito, dice el empleado, porque el nombre de una persona es un dato que nunca puede cambiar. Entonces ocurre la escena repetida en toda oficina. El empleado llama a su superior, juntos llaman al jefe de sección, que determina llamar al experto en estos asuntos y al departamento de legales, por las dudas, que con suerte está, solo hay que esperarlo, un rato más, pero cuando llega no sabe qué hacer, ni el gerente tampoco. Nunca escuchó de un caso de este tipo, y es cierto, que apenas 130, y seguro algunos más en la cuenta, puede parecer una cifra menor, aunque significativa, pero el banco no es capaz de dar una respuesta y, por lo tanto, la persona se ve obligada a retirar el dinero y cerrar esa cuenta, de la única manera posible: utilizando un documento fuera de vigencia, para luego abrir otra cuenta nueva, con el verdadero nombre. Claro que, como el sistema está diseñado de este modo y el número de documento de la persona restituida sigue siendo el mismo, estos datos se mantienen de manera automática vinculados a los datos anteriores y entonces a la persona no le queda otra opción que irse y cambiar de banco.
En los casos en que las personas trabajan, residen, tienen propiedades o estudios que rectificar en el exterior; la situación burocrática entra en escala internacional.
Los dos ejemplos que aquí hemos dado, son historias reales, de personas reales que recorren el largo camino de la restitución y de quienes no daremos los nombres, porque no es necesario.
Relato en primera persona
A varios años de haber realizado el grueso de los trámites para la rectificación de mi identidad, decido aplicar a un concurso promovido por el Gobierno de la Ciudad. Para el mismo debo realizar un trámite a distancia (TAD), al cual se accede mediante la Clave Ciudad que se gestiona a través de la página de la AFIP y luego se aplica en la de la Administración Gubernamental de Ingresos Públicos (AGIP). Una vez lograda la clave, la AGIP me da la bienvenida con el apellido viejo, que hace años no existe más. De algún modo quedé registrada hace décadas bajo ese nombre, que de golpe reaparece. No se han cruzado datos dentro del Estado, y ese nombre, ahí mismo, no se puede borrar. Un empleado por chat me dice que tengo que ir al Centro de gestión y participación comunal (CGP) de mi barrio para que me puedan cambiar este tipo de datos. Hago todos los trámites a nombre de Ángela Corsunsky. Estoy cansada de repetir tantas veces la historia, de dar explicaciones, de tener que fundamentar y acompañarlo todo de una plataforma probatoria sólida, de vivir querellando, de tener que luchar tanto tanto para estar a la altura del derecho más básico. Solo espero salir seleccionada para lo cual concurso y exigir entonces, nuevamente al Estado, que rectifique mi nombre.
Ángela Urondo Raboy
No hay plantillas ni patrones, no hay casos que alcancen a ejemplificar el universo de dificultades que atraviesa una persona que se está restituyendo, sin embargo, más allá del interés que suscite el momento de la aparición de una persona que estaba con vida desaparecida, existen muchas otras instancias que podrían ser noticiables en cuanto al tema restitución y su ligazón a los mecanismos de apropiación de niños durante la dictadura.
Hay mucho por indagar y muchos lugares desde los cuales abordar estos temas. Más allá de la alegría del momento del anuncio de la restitución, vale siempre recordar que dicho anuncio es una acción política y como tal debe ser transmitida.
Es el triunfo de la verdad sobre el ocultamiento.
Es la reparación de un crimen contra toda la sociedad.
Es la restitución de la memoria de los que ya no están físicamente, pero que se hacen presentes al momento del anuncio.
Es la evidencia que debiera ponerse de manifiesto: toda restitución tiene uno o varios crímenes precedentes ocurridos en el marco de un genocidio.
Este genocidio hace a la historia de Argentina, pero también se inscribe en la historia de los genocidios mundiales y, en ese sentido, no solo se inscriben los crímenes de la dictadura, sino también los pactos de impunidad sostenidos en democracia. Y, así como es necesario narrar la historia del genocidio, también hay que dar cuenta de las luchas, resistencias, derrotas y conquistas del campo popular, su capacidad organizativa, la creación y sostenimiento de sus propias organizaciones (Abuelas de Plaza de Mayo es una muestra de ello), acciones grandes y pequeñas realizadas día a día y que permitieron ir abriendo caminos, permitiendo devolver identidad y entidad a cada una de las personas restituidas, a sus familias y al cuerpo social colectivo que se fortalece con cada persona que se restituye.
Si bien desde el plano de lo simbólico existe un rol social y político que la persona restituida ocupa a través de la mirada y la expectativa de los otros, es importante comprender que, a pesar de que esta persona ha sido privada de su origen, de su historia, de su verdadera identidad durante casi toda su vida; esta persona ya es alguien, una construcción en movimiento, más allá del símbolo que represente para los demás y, por lo tanto, es fundamental tenerlo presente a la hora del abordaje comunicacional. Se requiere poner en juego la empatía; respetar sin idealizar, ni englobar, ni prejuzgar.
La historia de quiénes fueron sus padres ya fue otorgada por Abuelas en sus comunicados oficiales, podemos socializar una historia sin invadir intimidades, sin exponer y respetando los procesos.
La nota de Pablo Caruso del 2 de julio del año 2012 al finalizar su programa de radio “Que vuelvan las ideas” es muestra de que ello es posible:
Desde hace unos meses, esta nieta comenzó a conocer, de a poquito, sin apuro y con madura paciencia, a la familia que la buscaba. Arrancó por los tíos, siguió con las abuelas, compartió con los primos… y hace unas horas revivió a sus padres en las lágrimas y sonrisas de algunos viejos amigos de la barra de tantas esquinas. (…) En estos días vamos a conocer la sentencia a los militares y civiles que están siendo juzgados, por primera vez, por la sistemática apropiación de bebés durante la dictadura, como parte del plan de exterminio de quienes militaban por un país más justo. De eso se ocupa felizmente la justicia, porque la vida y la voluntad de los que buscan, siguen pariendo capítulos de estas historias de amor postergadas. Esas que viven secretamente en las sonrisas y lágrimas de las familias. Esas que no nacieron para ser televisadas.
Sigan ustedes con lo suyo, golpistas de toda nuestra América. El amor de los que sueñan la patria grande, no para de nacer.
En la nota Caruso no nombra a la nieta ni por su verdadero nombre, ni por el que llevaba al momento de conocer su origen. El escucha o lector de ese momento sabía (o podía saber a quién se refería), dado que posiblemente el anuncio habría sido realizado unas pocas horas o días antes que la nota. No importa, no interfiere. Y hoy, siete años después, sigue teniendo valor periodístico sin saber cuál era el caso específico al que se hiciera referencia. Porque la nota rescata el encuentro, los primeros mínimos pasos de la desapropiación y marca a los responsables que empiezan a ser juzgados por estos hechos. Para luego ponerlo en el contexto más general de nuestra América y de las luchas emprendidas por quienes sueñan con un mundo mejor.
Por otra parte, hay diferentes sujetos a tener en cuenta y a los que se les puede dar visibilidad informativa. Cuando hablamos de apropiadores, no solo nos referimos a quienes ejercieron la crianza a la fuerza, sino también a otros actores fundamentales de la cadena humana e institucional, que se fueron articulando para llevar a cabo la apropiación de la identidad de una persona. Hay participaciones primarias y secundarias, hay testigos pasivos y activos, hay vínculos contaminados de ilegalidad, y otros inocentes, portadores de información parcial o inconexa, que deben ser preservados y tenidos en cuenta.
Sin embargo, lo que es necesario tener presente a la hora de informar es que siempre existe la acción del Estado como autor fundamental. Es el Estado el que debe ser interpelado a nivel de sus tres poderes en general y, evidentemente, a sus fuerzas armadas y de seguridad en particular; tanto a las instituciones como al personal que se desempeñó y desempeña en ellas.
Las personas que fueron y son parte de la cadena de apropiación, sus cómplices, aquellos que saben y guardan secretos, están. Son parte de la sociedad, viven mezclados entre nosotros, con los demás vecinos, invisibles, amparados en las redes de impunidad que aún muchos de ellos mantienen. En Argentina hay mucho aún por investigar, por de- velar, por conocer de nuestra historia. Que no se sepa, no quiere decir que no suceda, hay que poder hacer noticiable lo que permanece desconocido para la sociedad, porque todo aquello que fue falseado, escondido u omitido, todo lo no resuelto, hace síntoma en el cuerpo social y no es posible curar el mal que se desconoce.
Existe la necesidad y el derecho de la sociedad de conocer la verdad y, en ese sentido, es de suma importancia el lugar de la comunicación para satisfacer esta necesidad, este derecho.
Hay historias personales y colectivas que necesitan ser visibilizadas para poder inscribirse en la trama de lo social, pero solo es posible abordarlas con amplitud en la mirada, abiertos a la sorpresa que cada uno de los casos de restitución trae consigo, a la hora de comunicar.
Es fundamental tener en cuenta la importancia del proceso restitutivo en cuanto a mecanismo de reparación del cuerpo social colectivo cercenado, como parte de los procesos colectivos fundamentales de maduración posdictatorial que aún atravesamos, con el objetivo de alcanzar una calidad democrática plena.