25 mayo 2023

Aguanten los trapos



 DOMINGO, NOVIEMBRE 26, 2023

UN TRAPITO CON ÉPICA

Las fotos del Devotazo de Alicia Sanguinetti y el brazalete del viejo

 

Esto es algo, ¿pero qué?, me pregunto al ver por primera vez este trapito de lienzo blanco, con la V y la P pintadas a mano de color negro. Dos elásticos cosidos en las puntas hacen del trapito un brazalete. Me lo acerco a la cara para ver mejor. No está limpio, ha sido usado. Lo huelo. Tiene impregnada su historia, ¿pero cuál historia? No lo sé.

Cierro los ojos y trato de imaginar. Visualizo una multitud, un festejo furioso, como una final del Mundial de fútbol. Supongo que el brazalete es como la banda de capitán del equipo de Viva Perón. El trapito tiene magia, sudor y mugre. Necesito saber más. ¿Qué significa? ¿Qué partidos jugó?

Meto la mano a través de los elásticos que ahora están secos y estirados, subo la banda por el brazo. Me queda grande, sostengo con la axila. Lo miro al espejo. Adoro el objeto, tiene algo especial, sagrado. Es mucho más que fetichismo, es amor. Hola, trapito. ¿De dónde venís? ¿Cuál es tu historia? ¿Quién sos?

El brazalete sigue ahí, lo guardo entre las poquitas cosas que conservamos del viejo. Mi hermano tampoco se acuerda de donde salió, pero asocia igual que yo, piensa que el brazalete podría ser de Ezeiza, por el tipo de movilización, pero tampoco está seguro. No, no hay certeza.

Pasan años, se acumulan décadas sin que sepamos cuál es la historia, su exacta procedencia. Hasta que un día ocurre: inesperadamente aparece un eslabón perdido que explica y devuelve algo de sentido.

Encuentro publicadas unas fotos de Alicia Sanguinetti. Son del 25 de mayo de 1973, estaba presa cuando las tomó. Las imágenes muestran desde adentro la cárcel de Villa Devoto en los momentos previos a la liberación de los prisioneros políticos, en un registro único del Devotazo.

En la primera, el espacio central de un pabellón enorme, con todas las puertas metálicas de las celdas por completo abiertas. Personas que van y vienen, hombres y mujeres mezclados, la cárcel está tomada. En el centro de la imagen vemos de cuerpo entero a un hombre con un brazalete blanco y una mujer con pasamontañas. Las paredes están pintadas con consignas como: “REBELIÓN O MUERTE” o “POR LA UNIDAD DE LAS ORGANIZACIONES ARMADAS”.

 

 

En otra, un grupo de hombres alza una bandera con la estrella revolucionaria del ERP en un lugar fabuloso, que parece la cripta de Nosferatu. Una bóveda en altura con grandes vigas que sostienen desde el interior los techos en punta de la prisión.

 

 

En la tercera, casi todas las personas se encuentran de espalda, excepto un hombre que, de perfil, se rasca la nariz mientras habla. Las rejas de barrotes están todas abiertas, pero nadie sale corriendo. Las mujeres, sentadas en el suelo, cosen banderas con sábanas viejas frente a un televisor. No veo lo que se ve en pantalla, pero observo el aparato con su antena y sobre el mismo un cuadro, con un velero pequeñito que navega en un lago enorme entre montañas.

 

 

En la cuarta, compañeras y compañeros confeccionan más banderas. Hay unas mesadas de trabajo al fondo. En primer plano, dos chicas sentadas en banquitos cosen unas telas enormes. Son muy jovencitas, parecen estudiantes de escuela. Los muchachos parecen grandes, usan bigotes. Creo que sonríen, aunque no sea exacto el gesto. Transmiten alegría. Todos llevan muy visible sobre la ropa, en el brazo izquierdo, unos trapitos con la V y con la P, pintadas a mano, idénticos al que tengo guardado de mi viejo.

 

 

La pieza encaja. Cierro los ojos. Huelo otra vez el trapito. Siento el festejo furioso del pueblo, los abrazos, los reencuentros, es mucho más que una gran final, es un principio, otro tipo de victoria, una épica. Efímera en un tiempo veloz, pero constitutiva. Ninguna victoria, ninguna derrota es definitiva. Hay una puja constante, una tensión permanente, una búsqueda de sentido y de significación, hay luchas de poder entre fuerzas desiguales. Hay consecuencias. Hay ausencias. Hay llagas incurables en lugar de heridas. Estamos incompletos. Nos faltan partes. Nadie tiene la posta. No tenemos toda data. No nos hacemos solos. La escena nunca está del todo resuelta, pero se recompone con retazos que intercambiamos.

Estos días se cumplieron 50 años desde que se tomaron esas fotos. 50 años de la asunción de Cámpora al gobierno y la vuelta del Perón al poder. 50 años de la reconstrucción de la masacre de Trelew en La Patria fusilada, en el marco del histórico Devotazo, en medio de los festejos populares, los reencuentros y la liberación de los presos políticos, con sus brazaletes distintivos hechos de trapitos de lienzo blanco.

 

 

 

 

 

* La colección completa del Devotazo fue donada por su autora al Archivo Nacional de la Memoria, para que todos la atesoremos, podamos consultarla y seguir atando cabos sueltos. En este otro sitio se puede disfrutar del catálogo de fotografía artística de Alicia Sanguinetti.

14 mayo 2023

Supuestos desaparecidos en Hebraica, para el Cohete la Luna

 ORGULLOSO DESCABEZADOR

Discurso negacionista de un ex presidente de Hebraica en un acto por desaparecidos judíos

Pilar, domingo 30 de abril de 2023 por la mañana.

Acto de recordación y homenaje a las y los desaparecidos argentinos judíos que fueron socios de la Sociedad Hebraica Argentina.

Llego a la actividad invitada por la comisión encargada de organizar el evento, pensando en mamá, en su relación con el club, en mis abuelos y su participación en la comisión directiva, en las colectas para recaudar dinero para comprar el predio donde actualmente funciona la sede. Yo quería hablar del equipo de vóley, del conjunto de folclore, de las compañeras y los amigos, de los bailes, los vestidos, las fiestas de quince y los amores, de las fotos que tengo y las que intuyo existen en los archivos, con todas las historias que hasta ahora no pudimos recuperar.

Todo esto lo digo ahora, antes de que la angustia me haga olvidar de nuevo de lo fundamental.

 

La adolescente Alicia Raboy, primera de la izquierda, de pie, en el equipo de vóley de la Hebraica.

 

Para empezar tengo que superar mis propias resistencias, no comprendo los actos públicos a puertas cerradas. No me simpatiza la exigencia de una lista de invitados con nombres, apellidos, números de documentos, vehículos con identificación de patente, color y modelo. No me gustan las barreras, las rejas, los policías, las garitas de seguridad, no me gusta cómo miran los vigilantes, no me gusta ser cacheada. Respiro hondo. Puedo comprender las precauciones, no me es ajeno el espanto de los atentados perpetrados contra todos, sobre la Embajada de Israel y la AMIA.

También existen buenas razones para ir al evento. La primera, pasar un buen rato junto a mi tío Gabriel. Él también está movilizado por el acto. No es fácil evocar, hay nudos, lecturas, pensamientos y vivencias dolorosas, situaciones irresolubles que todavía nos cuesta aceptar. Él ya tiene 77 años, me lo recuerda varias veces a lo largo del día y me doy cuenta. Durante el viaje a Pilar compartimos recuerdos, pensamientos y proyectos, en tramos distendidos y otros un poco más intensos. El tío es el único mayor que me queda en esta rama de la familia y quien guarda la memoria del pasado familiar. Lo bueno de la vida son estos pequeños momentos significativos que podemos compartir y atesorar.

Vamos con la memoria atravesada y llenos de expectativas; es la primera vez que nos convocan la SHA y la AMIA a participar de un acto conmemorativo de los socios y socias desaparecidxs. Es la primera vez que se acuerdan de mamá.

 

Algunas veces intenté hacer contacto con la dirección del club en el pasado, pero nunca obtuve respuesta. Me pregunté muchas veces qué habrá pasado todos estos años para que no se ocuparan institucionalmente del tema, cómo se explica tal indiferencia. Puedo adivinar la existencia de pujas, conflictos y posturas internas. Por lo tanto la convocatoria constituye en sí misma un hecho excepcional, histórico y de enorme relevancia. Me da curiosidad saber cuál será el abordaje, cómo lo van a tratar. Me digo a mí misma que hay que ocupar los lugares que corresponden. Los discursos hay que escucharlos. Hay que estar.

En la entrada nos indican cómo llegar al salón del campo de golf donde se llevará a cabo el acto. Recién adentro del predio comprendo que el club es mucho más que un club o una entidad social, es algo que no puedo dimensionar, parece un country, un barrio privado, una verdadera sociedad exclusiva, con sus propias reglas, con su propia fisionomía. Una ciudad paralela, con caminos internos, trencitos eléctricos y ostentación de mansiones monstruosas. Nos vemos en Disney. Estoy boquiabierta. Me pregunto, ¿dónde encajaría mi familia? ¿Qué tendrían que ver con esto mi mamá, o mis abuelos? ¿Qué hago yo acá?

 

SHA Country Club, en Pilar.

 

 

“Vino mucha gente”, comenta la persona que nos recibe tras chequear nuevamente nuestros nombres y apellidos en la lista. “Bienvenidos”.

El salón junto al comedor del club de golf es pequeñito y está lleno de gente invitada, familiares de los homenajeados. Sólo reconozco a Edu, de los primeros años de H.I.J.O.S. Su padre, Gregorio Nachman, es otro de los desaparecidos judíos que va a ser recordado en esta oportunidad.

Conversamos mientras comemos unas masitas secas que nos convidan, nada que ver con las de mi abuela. Frente a la misma bandeja dulce, me presentan a Lautaro, quien investigó y escribió un libro sobre Dictadura y antisemitismo, análisis sobre la judeofobia durante el terrorismo de Estado (1976-1983), que se está por publicar y me cuenta que viene a cubrir el evento para La Retaguardia. También saludo a Elio Kapszuk, director de Arte y Producción de AMIA, a quien tuve el gusto de conocer en el Centro Cultural Recoleta, cuando le tocó dirigir la curaduría de Familias Q’heridasuna exposición colectiva de la que fui parte en el año 2011.

En seguida empieza el acto. El sillón se hunde, me siento en el apoyabrazos. Estoy incómoda en todos lados. Subo y bajo, no encuentro mi lugar.

Las palabras de Elio, como las de Jonás Papier, secretario de Cultura de AMIA, son respetuosas y amenas, correctas, con la diplomacia agradable que se acostumbra en la gestión política de la producción cultural. En representación de la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos, las palabras contenidas de Zulema Chester dan cuenta del largo trayecto para llegar a este acto, que era una deuda.

Por su parte, Johnny Lemcovich, actual presidente de la SHA, parece algo sorprendido de que estemos todos ahí en el acto y de tener que hablar. Es un muchacho joven. ¿Qué es joven? Más joven que yo, supongo. Lo primero que dice es que no preparó sus palabras y va a improvisar. Empieza hablando de los Madrijim, líderes y maestros que lo formaron. Utiliza muchas palabras en hebreo y siglas que desconozco y no entiendo, le sigo el hilo como puedo, habla hacia adentro. Como algo lejano, ajeno a lo trágico, rememora ámbitos en los que de manera semiclandestina circulaba el relato de que en la Argentina pasaban cosas. No entiendo bien a qué época se refiere y, por cómo se expresa, pareciera que ahí de eso no se habló, ni se habla nunca, hasta hoy.

En esta instancia, emerge el peso de la historia. El tabú de los desaparecidos. Los mandatos conservadores. Los gestos en las caras. Los prejuicios palpables. Las formas permitidas de respeto. Las acciones disciplinantes. La culpa judeocristiana.

Qué fea es la culpa, pienso. Prefiero la responsabilidad, la capacidad de dar respuesta.

Sigue la charla. Al momento de historizar lo ocurrido, Johnny parece más tenso que yo, busca sus palabras. Se deben estar dirimiendo viejos asuntos que todavía tienen lugar. Sigo su mirada, veo que no se dirige a los familiares, no parece registrar demasiado la presencia de invitados externos. En presencia de las autoridades de la AMIA, Lemcovich se dirige al ombligo de la SHA, sin perder un segundo de vista al hombre mayor que tiene sentado justo al frente, cruzado de brazos y piernas. En un gesto de respetuosa condescendencia, le consulta si quiere decir unas palabras. El invitado de inmediato accede, Johnny lo introduce: “Gracias David, presidente histórico de Hebraica”. Aplausos.

No sé quién es, tengo que guglear: se trata de David Fleischer, fue presidente de la SHA entre 1972 y 1976 y entre 1980 y 1984. Plena dictadura. Tiempo después fue titular del museo del Holocausto, en la década del ‘90. Mucha influencia.

Comienza su relato situándolo unos años antes del golpe, durante su primera presidencia. Entonces hace referencia textual, a “la llegada de ideas de un guevarismo sangriento”. La frase me entra como una trompada y me coloca a la defensiva. Resulta impactante tener que escuchar estas palabras, especialmente en un homenaje.

Luego menciona una marcha que fue convocada frente a la sede de Sarmiento, a raíz del “supuesto suicidio” de Allende en 1973. Apunta que “allí fue detectada la infiltración marxista” dentro de la institución y que él mismo “mandó a descabezar” el departamento de juventud, por el bien de todos.

 

David Fleischer.

 

Cortadles las cabezas. Mis oídos no pueden creer lo que escuchan. Me falta el aire. Se me salen los ojos de la cara. Estoy prendida fuego atrapada en este sillón, quiero salir corriendo a los gritos por el césped del golf toda en llamas, pero me contengo para poder escuchar el discurso completo. Una tras otra, las palabras elegidas ponen de manera contundente sobre la mesa una postura que, por diplomacia, por respeto, por cortesía, imaginé que durante este homenaje iba a permanecer como una tensión subyacente, pero, por el contrario, Fleischer la hace explícita.

Está a un milímetro de llamarlos subversivos, esquiva la palabra, pero lo que dice significa lo mismo. Me recuerda a los alegatos de las defensas de los genocidas en los juicios de lesa.

No habla de la dictadura, no habla del terrorismo de Estado, no habla del genocidio, no condena las torturas, el robo de niños, los vuelos de la muerte, no repudia nada de eso, lo omite. Sólo abre juicio sobre las víctimas, esos mismos jóvenes militantes que terminaron desaparecidos poco después. Justifica la expulsión de aquellos socios del club que le resultaban indeseables, mediante la estigmatización de sus ideologías, porque en algo andaban, algo habían hecho, cantaban canciones de Violeta Parra.

Fleischer se posiciona como un adelantado, marca un antecedente en una traza de continuidad ideológica. Sus palabras expresan con claridad los conceptos de la posterior dictadura genocida, que bajo los mismos argumentos, pero con capacidad de fuerza represiva y asesina, llevó a cabo su brutal plan de exterminio.

Para concluir, como si quedara duda alguna, el ex presidente del club corrobora esta perspectiva al dar su saludo a las familias de los “supuestos desaparecidos”.

Estupefactos, nos buscamos con la mirada unos a otros, como preguntándonos ¿estoy acaso demasiado susceptible o ustedes están escuchando lo mismo que yo?

El micrófono vuelve a las autoridades actuales: “Gracias por tus palabras, David”. “No hay de qué, Johnny”. El acto prosigue como si nada, se vuelve a lo programado y se pasa a dar lectura a ese texto de Primo Levi que menciona la forma en que la sociedad alemana desarrolló una “metodología del desconocimiento”, como recurso para convivir con el horror del nazismo y sobrevivirlo. Decía algo así como: Quien no pregunta, no sabe. Quien no sabe, no conoce. Quien desconoce, no puede saber.

Me quedo pensando en cuál es la función de ese texto ahora; me pregunto si tiene algún sentido después de que el ex funcionario reconociera ya saberlo todo, de la manera obscena que lo acaba de hacer. En cuanto a lo formal, hay un territorio gris desde el cual estos dichos se manifiestan y no podemos saber hasta dónde estas palabras son individuales o siguen teniendo representación y ascendencia sobre las instituciones y la comunidad.

Quienes conocemos la historia trágica del genocidio, hemos pasado por todo tipo de experiencias y como ya sabemos: no hubo errores, no hubo excesos y el golpe de Estado de 1976 se dio con apoyo de gran parte de la sociedad.

Lo que escuchamos no es una simple digresión. Es un discurso provocativo y orgulloso, que ni siquiera tiene intención de generar debate.

En la actualización y permanencia de un discurso totalitario, arraigado en convicciones coherentes con el negacionismo, apologético de la dictadura, y colaboracionista, hay una dedicatoria, una amenaza solapada y latente, un mensaje hacia adentro de la propia colectividad y en particular hacia quienes lideran en la actualidad las instituciones judías, que tendrán que enfrentar el dilema de posicionarse, ya sea dando su respaldo, repudio, o callando sobre lo expuesto por Fleischer.

Ninguno de los presentes esperaba un discurso tan grave como honesto. Nos siento dolidos, confundidos, tibios y leves. Cuesta reaccionar.

No logro retener ni una sola palabra de Amos Linetzky, presidente ortodoxo de la AMIA. Perdón Amos, no sos vos, soy yo que necesito un intervalo, una pausa, un respiro después de lo ocurrido, estoy consternada, mi cabeza está bloqueada buscando respuestas, queriendo entender lo que acaba de pasar.

Minutos antes de salir al pasillo a rezar el Kadish y descubrir la placa conmemorativa con los nombres de Darío Bedne, Daniel Gluj, Alberto Jamilis, Gregorio Nachman, Alicia Raboy, Patricia Roisinblit, Mirta Schwalb, Gerardo Strejilevich, Betina Tarnopolsky, Sergio Tarnopolsky, Hugo Tarnopolsky y Blanca Edelberg de Tarnopolsky, se abre el micrófono, se ofrece la oportunidad a los familiares que quisieran decir algo. Vamos en avalancha. Hablamos Edu Nachman, Javier Bedne, Nora Strejilevich y yo.

 

Eduardo Nachman se hizo oír en Hebraica.

 

Con el cuerpo todavía tembloroso y el corazón al galope intento una especie de abucheo civilizado. Atino a decir que la identidad judía es plural, diversa y revolucionaria, que el judaísmo es también Guevarista, Marxista y Peronista de izquierda. Lamento escuchar que se “mandó a decapitar” el departamento de jóvenes. ¿Cómo algo tan pesado puede ser dicho con tal liviandad?

Esos jóvenes fueron desamparados como socios y como ciudadanos, por tener participación política, por defender ideas distintas, de izquierda. Es terrible que hayan sido segregados de un lugar de pertenencia, el club que tanto amaban. Ellos eran los hijos y las hijas de los socios fundadores, eran nuestros familiares, son nuestros desaparecidos y desaparecidas, son las personas que hoy nos reunimos a homenajear.

 

La autora, durante su intervención.

 

Los nazis quitaron la nacionalidad alemana a todos los judíos, en la pretensión de crear un “ser parcial nacional”, una otredad descategorizada, sin derechos, una sub humanidad, una nuda vida que se pudiera despojar, perseguir, torturar y matar, porque ya no era un igual y entonces no valía nada.

Las personas que participamos del homenaje sabemos que no puede destrozarse la identidad argentino-judía. No existe el ser parcial, no existe el mal judío, ni un ser judío único, no existe tal homogeneidad.

Como si la propia historia no valiera de nada. ¿No tenemos acaso un pasado de luchas y de resistencia ante toda adversidad? ¿Es posible olvidar siglos y siglos de experiencia, destierros, persecuciones externas y exterminios?

Mientras hablo veo a los ojos de los compañeros, de los invitados, de los anfitriones y de las autoridades de todos los tiempos, presentes en el lugar. Veo a todos y a todas por igual. Veo entre toda la gente a mi tío que asiente mis palabras. Una mirada amorosa, es todo el respaldo que necesitamos, qué más. Aunque al final me olvido de hablar del equipo de vóley, el grupo de folclore, de los campamentos, las amigas, los amores, de lo fundamental que nos convoca y es vital.


* La AMIA publicó cinco días después del acto un comunicado que no menciona el discurso de Fleischer. Lautaro Brodsky llamó la atención sobre su silencio en un artículo publicado en La Retaguardia. Entonces llegó el repudio del Llamamiento Argentino Judío y más tarde de organizaciones vinculadas al sionismo socialista (Hashomer Hatzair ArgentinaMeretz ArgentinaTzavta Centro ComunitarioCasa de Cultura Roza Robota y Periódico Nueva Sion) que instaron a la SHA a “tomar medidas a través de su Tribunal de Honor” y a la AMIA a “proseguir con los homenajes pero estar atentos a no callar ante voces del pasado que dañan profundamente al pueblo judío y a la sociedad en su conjunto”. Finalmente, diez días después del acto trascendió un repudio de la AMIA a las “expresiones agraviantes” de Fleischer, que publicó la agencia Télam. La SHA guarda silencio.

04 diciembre 2022

Poéticas del testigo, de Julián Axat

 

POÉTICAS DEL TESTIGO

Las formas de dar testimonio de hijos e hijas de desaparecidos en los juicios de lesa humanidad

 

Hace pocos días, Malena D'Alessio relató en el juicio del ex centro clandestino Pozo de Banfield, que tramita en los tribunales federales de La Plata, las circunstancias de su secuestro junto a su padre José Luis Bebe D'Alessio en 1977. La audiencia por Zoom del Centro de Información Judicial (CIJ) fue subida por La Retaguardia y Pulso Noticias a YouTube y reproducida por varios medios. Allí Malena contó que “hasta los 16 años no pude hablar de mi papá. Luego pude abordarlo desde otros frentes de batalla, como el arte y la militancia, pero esta instancia de estar hablando en primera persona, contando mi historia, es emprender un viaje al corazón mismo del dolor, al núcleo del trauma y es lo que más me cuesta. Espero poder articular palabra, les pido paciencia”.

Como muchas de las declaraciones de las víctimas y sobrevivientes, la suya fue precisa y emotiva, pero el momento final fue algo distinto, se caracterizó por una apuesta original. Malena eligió recitar Hijo de desaparecido, un poema-hip hop que compuso para Actitud María Marta, banda que integra desde hace años, mientras también militaba en H.I.J.O.S.

Allí contó que decidió cerrar de ese modo su testimonio judicial, porque “la rabia se acrecentó en mí, y el rap me ayudó a sintonizar con esa rabia”.

 

 

 

 

 

 

 

La manera tan original que utilizó Malena para contar su vida y representarla en la escena judicial da cuenta de la recepción e importancia que tienen para las víctimas y sobrevivientes dar testimonio, pero también elegir la forma más personal e íntima para hacerlo-transitarlo.

Es decir, a tantos años vista (impunidad mediante) y ante la gravedad y magnitud el daño cometido por el genocidio, son los rituales judiciales los que se adaptan a esas maneras (y no a la inversa) en relación a cada trayectoria de vida de las víctimas.

Se trata de una plasticidad que debe ser respetada por parte de los tribunales de juzgamiento a fin de permitir exponer lo inagotable de los imaginarios para representar la vida del testigo ante la forma que éste dimensiona sobre “su” catástrofe de sentido; ello en función de la reconstrucción y la virtual reparación que pueda traer el hecho de Justicia.

 

 

 

La forma judicial y el valor del testimonio

En la prueba testimonial deben regir las reglas que eviten la re-victimización de los testigos, que no siempre son cumplidas por los tribunales. Los juicios de lesa humanidad han demostrado la seriedad con la que las víctimas han respondido a las convocatorias de los tribunales y, hasta donde sabemos, nadie ha resultado procesado por falso testimonio como consecuencia de sus relatos; ello a pesar de los insistentes pedidos de las defensas a modo de intimidación.

Esta veracidad, en muchos casos, se ha corroborado con el simple cotejo de las declaraciones prestadas por las mismas personas en diversos momentos e instancias judiciales, policiales, militares (Dante Vega: 2022).

En la valoración de los testimonios de víctimas y sobrevivientes, resultan aplicables las reglas que en su momento determinó la Cámara Federal de la Capital en el Juicio a las Juntas, al afirmar que: “la probabilidad de que los hechos que narran los testigos hayan ocurrido es alta… y para determinar ese grado de veracidad se examinó la prueba pre-constituida (declaraciones en otras instancias) como así el grado de coincidencia entre los dichos de todos los testigos”.

En relación a su contenido, a lo largo del proceso de búsqueda de verdad y justicia los testimonios de víctimas y sobrevivientes se han ido enriqueciendo. Así, mientras que en los ‘80 el objetivo era denunciar las atrocidades, identificar a los responsables, recordar a los compañeros desaparecidos y no tanto hablar en primera persona sobre los propios padecimientos, los juicios actuales parecen caracterizarse por profundizar en las experiencias de cada una de las víctimas, haciendo a un lado el relato más estructurado para dar lugar, si se quiere, a un concepto ampliado de tortura, que contempla todo el padecimiento sufrido desde el momento del secuestro, la vivencia dentro del centro clandestino, la recuperación posterior de la libertad y su repercusión en el entorno. De esta manera, la víctima ha pasado a tener un rol preponderante mediante el relato de los hechos en primera persona, a diferencia de lo que sucedió en el Juicio a las Juntas (Varsky, 2011: 54).

En relación al “lugar” que ocupó el testigo, ya no no solo lo ocupa el sobreviviente del campo de concentración sino todas aquellas personas que pueden proveer los elementos para probar el hecho criminal del terror de Estado. Ya sea porque fue víctima, vio a la víctima, porque estuvo en el momento de la comisión o porque se enteró de manera directa o indirecta de la existencia de los crímenes (Varsky, 2011: 49).

En relación a los contenidos políticos, al comienzo de los juicios existió cierta reticencia de los testigos a brindar detalles acerca de la militancia en general, lo que seguramente obedeció al temor de sufrir represalias del mismo aparato estatal que en su momento los victimizó o generó impunidad; pero también aquí existió una evolución en la que fue determinante la postura de H.I.J.O.S., que bregó por recuperar la verdad y la memoria e incluir la historia militante de sus padres en sus declaraciones.

Hace poco tuve la oportunidad de participar en un encuentro titulado “La voz de los Hijos en el derecho argentino”, propiciado por la Procuración del Tesoro de la Nación, en el que también estuvieron Guido Croxatto, Ángela Urondo Raboy y Carlos Pisoni. Surgió allí la cuestión sobre las voces de los hijos e hijas durante los juicios, pero también su rol como querellantes, o la dimensión de las causas de lesa humanidad desde el punto de vista generacional. Fue la primera vez que se tematizaron estas cuestiones en un encuentro abierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

La poética del testigo y la forma judicial

No es la primera vez que los hijos e hijas eligen realizar sus testimonios desde el lugar del arte. Hubo otros casos como el de la escritora Raquel Robles, que decidió llevar a cabo un acto performático, al punto de interpelar la propia instancia de juzgamiento; o el de la poeta María Ester Alonso Morales, quien recitó su “expedientito”, que es el libro o doble artístico del expediente judicial en el que figura el secuestro de su padre. Asimismo, no puedo dejar de mencionar los testimonios en dibujo que Paula Doberti y Eugenia Bekeris realizaron a lo largo de una década asistiendo a las audiencias. En una ponencia he desarrollado con mayor detenimiento estas cuestiones del testimonio y el registro de lo poético en los juicios de lesa humanidad.

En todos estos casos, se trata de las formas que eligen los hijos e hijas de desaparecidos y víctimas del terrorismo de Estado para contar su historia de manera libre. Muchas veces, el arte o el registro artístico es un soporte necesario para exponer la identidad. Quizás algo de la figura del escrache incorporado por H.I.J.O.S. a sus prácticas de lucha contra la impunidad en la década del ‘90 todavía se juegue en esta instancia judicial a través de una manera disruptiva, y que apele a lo poético (quizás en la declaración prestada por Raquel Robles en 2021 podríamos encontrar alguna de esta reminiscencia).

Hay algo así como una función performática –muy personal– que se convierte en el modo de representación particular en esa vida dañada por el terror, y que a través de esa forma original del relato hace hablar a la subjetividad, quedando incorporada a la escena del juicio como pura expresión, pues en ese acto el sujeto (testigo) se autoconstituye y es constituido por los demás que lo ven (Martyniuk, 2016).

Como dice Ramón Inama en un trabajo esclarecedor [1]: “En la declaración testimonial de un hijo se describe, se exhibe de manera explícita la operación llevada a cabo para obtener la información que se aporta. La tarea casi detectivesca de su investigación (en ausencia de la del Estado) se manifiesta a veces como forma de aclaración, para señalar la proveniencia de los datos que se están testimoniando, o incluso como reclamo ante el tribunal, sobre la responsabilidad estatal para recolectar toda esa información. Tengamos en cuenta que estos testimonios están elaborados a partir de diversas fuentes: la experiencia directa en los casos en que se presenciaron y vivenciaron los operativos de secuestro, torturas y/o asesinatos de sus padres, el anecdotario familiar, los aportes de compañeros de militancia, de trabajo, amigos, ex detenidos sobrevivientes, notas periodísticas, otras causas judiciales, fotografías, restos óseos y sus pericias posteriores en los casos de identificación. En fin, un sinnúmero de elementos que como piezas de un rompecabezas se fueron complementando a lo largo de muchos años para armar (siempre de manera incompleta) ese período de historia de cada detenido-desaparecido. El testimonio de los hijos e hijas se inscribe en la escena de manera novedosa. No es el discurso de los sobrevivientes, ni la voz de las Madres o las Abuelas. Es la propia voz, que se ha venido construyendo desde el mismo momento en el que la violencia represiva irrumpió en sus vidas, y las cambió para siempre. La marca de este testimonio serán los afectos”.

Desde el punto de vista de la forma de los relatos de las declaraciones, muchos hijos e hijas de desaparecidos que han declarado en los juicios se paran frente a la tensión entre el deber memorístico de decir (repasando los tópicos comunes, con lógica temporal y espacial con cierto orden) y el testimonio que rompe ese deber de orden y se articula e inscribe en una subjetividad totalmente diversa e inesperada, donde la temporalidad es aleatoria y hasta revive situaciones en el momento. (Pues aquí funciona más que nunca aquello que dice Walter Benjamin en su VI Tesis: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”.)

Es el pasaje del testigo que vivió y sintió en su cuerpo la catástrofe concentracionaria, al testigo que se anima a hablar ante los jueces de lo que es haberla vivido, y así asume el pasaje de la vivencia íntima y personal a la versión histórica y oficial acerca de los hechos (todo queda registrado en el expediente).

Es aquello lo que exige de la víctima el esfuerzo descomunal de transformar su experiencia ya no solo en materia lingüística, sino también en materia jurídica (Wikinski, 2016).

 

 

 

Juzgar y comprender

¿Qué dirán los jueces en su sentencia de la declaración de Malena D'Alessio? ¿Dirán algo de su largo poema recitado ante su vista?

El juez no es historiador, sin embargo la cuestión es cómo lee la maquinaria judicial el momento del testimonio, cómo lo valora, qué aspecto toma en cuenta como parte de la prueba. Tópicos que han sido fundamentales desde el Juicio a las Juntas hasta acá, en tanto las víctimas y sobrevivientes han sido la principal prueba de cargo y valoración en los procesos de lesa humanidad.

La pregunta a la que me refiero es si –acaso– el juzgador logra comprender aquello que juzga en su magnitud; es decir, si logra una dimensión (real) de lo que se representa en términos de lo irrepresentable, de la profundidad del horror del genocidio, como Mal radical juzgable.

La dimensión es tan terrible que los límites de representación (en el teatro judicial) siempre están, y la pregunta es si el juzgador está preparado o –acaso– logra comprender el dolor ajeno de ese momento más allá de la figura decimonónica del testigo ritual de los procesos comunes; pues si no lo hace, difícilmente pueda valorar y reflejar en el acto judicial final la reparación de las víctimas y sobrevivientes.

De allí la importancia de que tengan un ámbito abierto de expresión/representación en la escena del juicio en la que se constituyen como testigos; que no se trata de un capricho o un acto de extravagancia, sino de una forma personalísima de exponer el dolor y el daño (no hay esteticismo del testigo, hay absoluto desgarramiento).

Y de allí también la importancia de la sensibilidad del tipo de jueces a la hora de incorporar la valoración de esos testimonios en la sentencia final. Se trata, en definitiva, de la comprensión cabal del tipo de hechos que se juzgan.

 

 

 

 

[1] Ramón Inama. El testimonio afectado: Declaraciones de los hijos e hijas de desaparecidos en los juicios de lesa humanidad. Saggi/Ensayos/Essais/Essays. Imaginarios testimoniales en América latina: objetos, espacios y afectos – 03/2021.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

  • Axat, Julián. El Hijo y el archivo. GES, 2021.
  • Lowi, Michael. Walter Benjamin. Aviso de incendio. FCE, 2005.
  • Martyniuk, Claudio. Ensayo sobre el testimonio. Ruina y escritura. Ediciones La cebra, 2016.
  • Rousseaux, Fabiana. "Testigo-víctima". Página/12, 24 de mayo de 2014.
  • Varsky, Carolina. Hacer justicia. Buenos Aires: CELS-Siglo XXI, 2011.
  • Vega, Dante Marcelo.  Democracia y terrorismo de Estado en Argentina. qellqaspa editorial, 2022.
  • Wikinski, Mariana. El trabajo del testigo. Testimonio y experiencia traumática. Ediciones La cebra, 2016.