31 enero 2021

Las vecinas

 

LAS VECINAS

A la abuela no le gustaban las vecinas

 

A la abuela no le gustaban las vecinas. Ninguna era de su confianza, ni la de enfrente, ni las del fondo, ni las de mitad de cuadra. Sus amigas habían quedado en la ciudad y de vez en cuando hablaban, pero ahí andaba sola, no quería ser amiga de nadie, era arisca y con ellas especialmente reservada. Yo no entendía. Tenían más o menos la misma edad, vivían desde hacía décadas en el mismo barrio detrás del bosque. Sus casas eran prácticamente iguales, compraban las mismas cosas en el mismo mercado, se bañaban en el mismo mar y en sus jardines crecían las mismas flores, pero había algo que a ella la mantenía alejada. Algo misterioso, que desde mi corta estatura no llegaba a ver. No somos iguales, no nos parecemos en nada, me dijo una vez, cuando de niña le pregunté por qué no les hablaba. Me dio gracia su respuesta porque para mí eran bastante idénticas, especialmente a la distancia. De hecho, solía confundírmelas en la playa, a lo lejos en la orilla, los cuerpos redondos, las piernas de palitos, los pelos amarillos, las capelinas, las mallas, parecían figuras calcadas. Por las mañanas, cuando bajaba hasta el mar, jugaba a adivinar cual de todas era mi abuela y, quemándome los pies con la arena, corría en línea recta hacia la que decidía que era ella. A veces hacía un poco de trampa, guiándome por el estampado de las reposeras y las sombrillas. De todos modos muchas veces me equivocaba, perdía. Capaz me daba cuenta a mitad de camino y disimuladamente redireccionaba, pero ya no valía. Una vez le di la mano a una mujer que se parecía tanto a ella y que reaccionó algo espantada. Yo me morí de vergüenza. Nunca le conté esto a mi abuela, pero a partir de ese día tuve miedo de no poder reconocerla, de no encontrarla. Desde entonces, al bajar a la playa, me ardía más que la arena la obligación interna de adivinar sin equivocarme cuál de todas esas manchitas iguales en la orilla era la abuela que me correspondía.

Luego pasó el tiempo, mis padres se pelearon entre ellos y con el resto del mundo, el resultado: todos distanciados por años, sin mar, sin abuela. Y ya no hubo infancia. Recién cuando fui más grande, como para viajar sola, pude volver. Al llegar, resaltaba para mi todo lo que había cambiado. Me fui encontrando con una postal del paso del tiempo. El pueblo había crecido, se había modernizado en muchos aspectos, pero por otro lado había envejecido. Las vecinas eran todas ancianas ahora, y mi abuela también, pero la edad de la fragilidad había pasado, se habían convertido en mujeres fuertes, sobrevivientes de aquellas familias de las que se ocuparon siempre y al final, maridos muertos, hijos idos, se iban quedado solas en sus chalets enormes, con sus perritos y sus jardines y sus empleadas domésticas y sus alarmas. Ese tiempo era el de oro para ellas. Era el tiempo propio, individual, una pequeña revancha. Quizás por eso funcionaban como islas que ni se acercaban.

Mi abuela, a esa altura de su vida, sólo hablaba con Susana, la señora que le hacía las compras y la ayudaba a limpiar la casa. Susana era un poco más joven que mi abuela pero estaba desgastada, se veía grande y cansada. Dependían una de la otra para subsistir, se ayudaban. Habían envejecido juntas y compartían las mañas. Charlaban de todo a calzón quitado y mientras compartían las tareas de la casa se opinaban la vida, debatían sus decisiones, sus preocupaciones cotidianas. Susana llegaba por la mañana, almorzaban juntas viendo a Mirtha y a la tarde se volvía en el 128 para su casa. Era lo más parecido a una amistad sincera para mi abuela, pero Susana, que la quería mucho y se notaba, después de ofrecer su opinión abierta durante toda la charla, al final siempre le daba la razón, la dejaba ganar: era su empleada.

Esa tarde estábamos en el parque de adelante, disfrutando la caída del sol, regando las plantas. La señora de enfrente hacía lo mismo y al rato las del fondo y luego las de mitad de cuadra, también regaron sus plantas. Hortensias amarillas, celestes y rosadas. Casi iguales. Yo no dije nada. Mi abuela se me acercó y en un susurro, con la boca rígida sin mover los labios, me dijo: Mirá cómo se saludan entre ellas. ¿Las ves? No entendí. Miralas, dijo. Se saludan con la mano en alto. ¿Viste? Lo que decía tenía una dimensión que me resultaba incomprensible, era algo inconexo, pero sin embargo, cierto. Muchas veces las había visto saludarse así, de lejos, con la mano en alto, sin ondearla como usualmente hacemos. La mano quieta, de ese modo en particular, como si se protegieran los ojos del reflejo molesto del sol. Pero, ¿eso significaba algo? Nada, yo también saludaba con los brazos en alto, sobre todo al aire libre, en la playa, pero mi abuela me decía que no, que no era lo mismo. ¿Qué tiene de malo el saludo de ellas?, pregunté. En un revoleo de ojos, con la boca tiesa de disimulo exagerado, respondió: ¡Son nazis! Pensé que deliraba. Mi abuela tenía mucho libros, sobre todos los temas, pero en especial sobre el holocausto, tenía una biblioteca entera en una habitación aparte, bajo llave. Los atesoraba. De niña me decía que eran libros de historia, muy tristes, y que los iba a poder leer cuando fuera más grande, cuando pudiera entender. A pesar de mi inquietud, ese día nunca llegó y sólo pude ver lo que me animé a espiar a escondidas. Recordé a los nazis de los libros y pensé que quizás mi abuela estaba un poco obsesionada. Ya era grande mi adolescencia y no entendía qué relación podía haber entre aquellas imágenes con montañas de horror esquelético y aquellas vecinas del mar, siempre coloridas y sonrientes. Me quedé en silencio, pero recuerdo que pensé: eso fue hace mil años, mirá si va a haber nazis en este pueblo, abuela. Entonces, como si me hubiese escuchado el pensamiento, se me volvió a acercar y dijo: Bueno, ya te vas a dar cuenta, es la misma historia, que con los años se hace cercana, y mientras lo decía, noté cómo se angustiaba. Dejamos el tema ahí. No volvimos a hablar de eso. Hicimos tarta de queso con mermelada de frutas. Soñada.

Días después, cuando me iba de ahí, supe que ese lugar también se estaba yendo para siempre. Dejaba de existir. La abuela se convirtió en una vocecita cada vez más lejana, que sonaba como un eco de ella misma en el teléfono. A mí me tragó la ciudad. Ella duró algún tiempo y partió después. Las otras también se fueron yendo. Era la última de las viejitas de la cuadra, me dijo Susana cuando me llamó para avisarme que fuera a buscar los libros que nadie quería y que iban a tirar, pero esa es otra historia, quizá. Desde entonces, millones de veces supe y olvidé y recordé y volví a saber y volví a olvidar muchísimas cosas, pero jamás pude recordar a mi abuela sin pensar en sus vecinas.

Hace pocos días leí en un portal de noticias sobre una persona que compró una casa en la costa y cuando se puso a excavar para hacer refacciones, encontró debajo un pequeño búnker impenetrable de concreto, una bóveda secreta, con una lápida de piedra escondida, documentos y numerosos objetos originales de la segunda guerra mundial, traídos por los nazis a la Argentina.

27 octubre 2020

Perdón




Ese mismo día al despertar, vimos en la tele lo de los cuadros y con solo mirarnos decidimos que iríamos. No lo podíamos creer. Estábamos siendo sacudidos por un gesto político impactante que no llegábamos a dimensionar. Era raro ir a un acto convocado por el Estado, el padre severo de todas las instituciones odiadas en la vida. Siempre había sido enemigo, pero algo se desdoblaba, nos interpelaba y a pesar de todas las dudas internas, lo reconocíamos. Ese 24 de Marzo iba a pasar otra cosa. Algo que podía ser un engaña pichangas, una trapisonda política, cualquier cosa, o no, como fuera había que estar ahí para comprobarlo.

Vivíamos con el Pájaro en un departamentito atiborrado en Los Blancos, un barrio de monoblocks por Dellepiane y Escalada, frente al Barrio Zavaleta, rodeados a un lado por los edificios rojos del Nágera, detrás pasando el parque Indoamericano, los Piletones, más allá al fondo, para el lado de Lugano uno y dos, la escuela de policía, el desarmado de autos y del lado de Soldati, la torre de Interama.
Salimos de casa temprano para llegar a tiempo y con las monedas contadas, seguramente caminamos hasta Liniers y de ahí tomamos el 29 por General Paz, hasta mi ex barrio de Núñez. La otra vida. Era un escenario conocidísimo, ajeno y siempre incómodo para mi. Al bajar del colectivo, vimos que sobre Libertador el tránsito circulaba normalmente y por un momento, pensamos que nos equivocamos, o que no había ido nadie, pero al llegar a Comodoro Rivadavia, encontramos la multitud, un mar de gente. Nos tiramos de cabeza. Era ahí donde había que estar. Todo el mundo apretado, desde Libertador a hasta la autopista. El escenario ubicado al final de la calle, daba la espalda a Lugones, que nos interrumpía la vista del Río de la Plata, ahí nomás. A la izquierda, la ESMA vacía, recién desalojada, con sus calles internas, paredones blancos y los carteles de "prohibido circular y detenerse" en las garitas de seguridad. Las rejas llenas de compañeros trepados, colgando como racimos por todas partes para ver mejor. A la derecha, el Club Náutico Buchardo, donde me llevaban de chica, con el parque intacto, las canchas de tenis, las hamacas. Los mismos árboles. La misma sombra. Pero todo distinto. Nosotros ahí y los recuerdos que se empezaban a superponer y desordenar, transformándose en postales. Cosas que estaban pasando en múltiples dimensiones. Cerca y lejos. Hondo muy hondo.
En el escenario, Juan recién restituido, señalaba hacia adentro mientras decía "yo nací acá". Y recuerdo haber volteado la vista, para buscar a mi hermana ahí adentro, entre las rejas. Entre los cuerpos. Entre todos. Ahí mismo, desde algún lugar, diciendo "aquí estoy, aquí estamos". Algo revelador estaba pasando. No sabíamos qué puertas se abrirían. Sobre una garita, una chica hacía flamear una bandera negra con una estrella roja. Recuerdo sus pantalones cortos, sus piernas fuertes, poderosas, su pelo largo anaranjado y su convicción. Yo no me sentía segura de nada. Desconfiaba de todo, menos de mi instinto, que me había llevado y por algo ahí estaba. Recuerdo el sofoco, estar apretados, la sed, el calor enorme. El saludo de los funcionarios mezclados entre la gente. Cristina vestida de punta en blanco y algunas otras tilinguerías que por momentos me distraían de lo que en realidad estaba pasando. Era demasiado simbólico todo, para vivirlo y al mismo tiempo procesarlo. El acto avanzaba, yo tenía las piernas flojas y un nudo atado en la garganta, pero era imposible caerse, éramos una gran masa humana.
La tensión traspasaba cuando el presidente dijo las primeras palabras. Habló de haber visto las manos de los desaparecidos en nuestras manos. ¿Él habrá visto, como yo a mi hermana? Estaban todos ahí presentes, sin dudas. El Pájaro me sostenía por la espalda; él siempre veía fantasmas por todas partes y me decía que si, su tía Susi, también estaba. Pero no podía colgarme con eso, el tipo seguía diciendo cosas que no esperaba. Habló de "los especuladores" y "de la oscuridad agazapada". Sólo recuerdo su voz y los ojos verdes del Pajarito, que se iban llenando de lágrimas y con la cabeza me decía que si, me confirmaba, que todo lo que estaba escuchando era cierto, que no lo soñaba. En mi desconcierto, no podía creer nada, me pellizcaba, pero el tipo seguía y no paraba de decir cosas raras, como que “hay que decir las cosas por su nombre”. Y si. Me estaba diciendo eso a mi, que no tenía todavía mi nombre y se me revolvía todo en la cabeza y en la panza. Me estaban tocando todas las cuerdas sensibles al mismo tiempo. Sentí en el cuerpo, como algunas cosas cambiaban para siempre de lugar. El sentido de todo se volvía a repasar y yo quería llorar, pero sabía que si lo hacía, no iba a poder parar. Iba a llorar escandalosamente, a los gritos. Todo mal. Néstor se iba a preocupar, iba a tener que interrumpir su discurso, para bajar del escenario a calmarme, a consolarme y no era justo, necesitábamos escucharlo todo hasta el final, ver hasta donde era capaz de llegar. Atrapar cada palabra que dijera.
“No como compañero o hermano de tantos compañeros que compartimos aquel tiempo, sino como Presidente de la Nación Argentina”… y como un rayo dijo: “Vengo a pedir perdón”. Perdón, dijo. “Perdón del Estado Nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia”. Perdón. No esperaba esa palabra. No esperaba que me importara así. Directo a la llaga, al núcleo del dolor. Algo pesado explotaba y se repartía. El daño renegado era reconocido cuando lo nombraba. El mal, a su lugar. “A los que hicieron este hecho tenebroso y macabro, tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino”.
Otra vez, mil sentidos. Mil sentimientos. Un solo nombre. Certero. Reparador.
Ese día. Ese discurso. La palabra y la dimensión de la acción.

20 septiembre 2020

PARÁSITOS

 

PARÁSITOS

Hay tantos tipos de abuso como de abusadores, algunos evidentes y otros más sutiles


 Encuentro una animación basada en el cuento de Horacio Quiroga, El almohadón de plumas. Los chicos, impresionados, preguntan: ¿qué es ese bicho? ¿Es como un piojo, una pulga, una garrapata gigante? ¿Realmente son de ese tamaño? ¿Y pueden matar a una persona? ¿Existen de verdad? Se van a dormir medio espantados.

Voy a la biblioteca, necesito releer aquel capítulo de Una muchacha muy bella, el libro de Julián López que arranca en un acto escolar, con un disfraz de marciano y muchas dificultades para sostener las antenas en alto. La escena de pronto es interrumpida por una amenaza de bomba que desencadena una estampida humana a la calle y luego, más tranquilos, viene de regalo en el kiosco un Topolino, que junto a la palabra clave de la madre nos conduce a un recuerdo lejano, en el campo, donde hay un ave enorme, un ñandú o un avestruz que unos hombres destripan, dejando a la vista un nido blanco de parásitos retorcidos.

Pienso en lo in-mundo.

Mundos que encierran otros mundos. Microorganismo, huevos o esporas que son tragados y una vez dentro del cuerpo eclosionan en huéspedes que cómodamente carcomen el interior de su anfitrión. Pienso en las plagas y en el equilibrio frágil de los ecosistemas. En la supervivencia y la capacidad de adaptación de algunas especies, como los camarones que se pueden alimentar de casi cualquier cosa, incluso de parásitos y tejidos muertos, trasladando la escala de inmundicia a nivel de inmensidad.

Evoco por un momento y con lujo de detalles la escena del pantano, con las sanguijuelas en los calzones de Gordie, de la película Cuenta conmigo que vi a los 11 años en un cine de Flores.  Luego me vuelve a la mente la película surcoreana que vimos acá en el Abasto, durante las últimas salidas prepandémicas. Su representación de diferentes clases de parásitos sociales y los modos en que se chupan la sangre unos a otros, cómo se retroalimentan funcionalmente, sobre todo en la reposición del resentimiento y del odio que les genera esa mutua dependencia que hace, en definitiva, a la propia inutilidad parasitaria.

Supongo que cualquiera podría atravesar de manera inconsciente un momento parasital, o bien servir de alimento y ser temporalmente parasitado, pero cuando este es un estado deseado, se establece una forma de vida parasitaria permanente que se vuelve enfermiza y mortal. El parásito por esencia no puede hacer otra cosa, de manera compulsiva, irremediable y sin descanso. A eso se reduce todo nada más, a llenar un vacío constante, a calmar la desesperación de ese hambre voraz, fagocitar todo lo que sea posible, todo lo ajeno, ya sea malo o bueno, en eso consiste su gran esfuerzo vital, no hay motivación alguna para moverse más que para buscar una presa más gorda, clavar la aguja y mantenerse aferrado con ventosas en ese lugar.

No es necesario mencionar todas las analogías con las historias clásicas de vampiros, chupasangres, zombies, semimuertos y protovivos, dráculas, inmortales, con un pie acá y otro allá. La tensión, la intención, el rodeo. El juego del enamoramiento, la libido, el deseo. La necesidad creada. La búsqueda del consentimiento mediante el encanto, el romance, el acto de seducción para la extracción del alimento. El colmillo en el cuello, la mordedura experta sobre la carne dispuesta. La pérdida de la inocencia, el despertar, la pulsión sexual. La búsqueda de ese sustento primario, la sangre, los fluidos corporales, esa energía indispensable y vital.

Me voy de tema, me distraigo por un momento, o eso creo.

En la radio suena:

Sweet dreams are made of this.

Who am I to disagree?

I traveled the world and the seven seas.

Everybody's looking for something.

Some of them want to use you.

Some of them want to get used by you.

Some of them want to abuse you.

Some of them want to be abused…

Mientras escucho la voz acuática de Annie Lennox, fluyen recuerdos de todas las épocas. Tengo guardados tantos ejemplos de uso y abuso, en diferentes contextos y formatos, que no podría ni empezar a enumerarlos. Hay tantos tipos de abuso como de abusadores, algunos evidentes y otros más sutiles, inexplicables, difíciles de evidenciar.

Un verano soleado frente al río Paraná leíamos con un hombre el Homo Sacer, de Agamben. Quizás sea errado traer el concepto de nuda vida aquí, seguramente no se aplica, pero lo asocio libremente: ¿a quien le puede a importar? Soy una maleducada. Según lo poco que recuerdo de esa lectura, se refería justamente a esas vidas que nada importan, que carecen de valor. Personas que, sometidas a un cierto poder, quedan reducidas a cosas. Cosas que se pueden usar y descartar. Cuerpos que se pueden matar.

Hubo mucho que no terminé de entender, porque lo empezamos a estudiar con atención pero nunca llegamos al final. Este hombre también me hizo ver algunas otras situaciones alrededor, que me llevaron a hacerme preguntas, como: ¿cuánta gente acostumbra a pagar por estar acompañada? ¿Cuántos se ofrecen como carnada y se dejan morder a voluntad? Cuanta estructura predispuesta, cuanta vena hinchada, cuanta larva orgullosa, cuanta succión desesperada. ¿Quién se come a quién, al final de la jugada? ¿Quién es el parásito, en realidad?

Una mujer me preguntó una vez si me gustaba trabajar en equipo. Respondí que dependía de quienes conformaran ese equipo. Largó una carcajada enorme y me dijo que el mío había sido un modo muy elegante de responder que no. Me sorprendió, porque nunca lo había pensado así. Quise defenderme, explicar que tampoco funciono sola, que me gusta hacer cosas con amigos, conocidos, gente creativa, personas en quienes confío… pero ella siguió igual, cagada de risa. Me explicó que toda evasiva, rodeo, excusa o pero, significaba una duda y que ante una pregunta directa como la suya, toda respuesta que no fuera una afirmación rotunda, era básicamente un No. Y tenía razón.

Siempre tuve grandes miedos y fortalezas pequeñitas, donde a veces pude esconderme por un rato de ellos. Más allá de comprender y habitar el sentido de lo colectivo, toda la vida me costó integrarme, armar equipo, sentirme parte, reconocerme y definir mi rol en grupos grandes. Mi capacidad de producción es mayormente individual, o desarrollada en pequeños núcleos y luego articulada y expandida hacia lo colectivo. Desde que pude reconocer esta característica, empecé a tener otra valoración de cada intercambio. Elijo descubrirme entre pares, impares, parecidos y distintos, reconocer lo que hay de mí en otros y lo que hay de otros en mí. Prefiero tomar y provocar los riesgos de una vida co-laborativa a quedar entrampada en una vida profiláctica, nutricia, larvática o vegetativa.

Ok. Me estoy yendo por las ramas como una alimaña. No sé bien cuál es la relación entre una cosa y la otra, entre el miedo a las relaciones sociales y el tamaño de los parásitos que nos podemos encontrar. Lo que sabemos, es que, aunque puedan servir de inspiración, no merecen dedicatoria. Estas cosas ocurren y no nos volvemos inmunes con nada, entonces, mejor estar atentos, con la memoria presente de lo que acarrea dejar crecer cualquier tipo de parásito violento y el peligro social de empoderar a esta especie del mal, que come pizza gratis y mete bala por la espalda en nombre de la seguridad. Por todo eso y por las dudas, mejor revisar a fondo los placares infectos, arremangarse bien y limpiar. No se olviden de tirar a la basura todas las almohadas, porque alguna conexión en todo esto, seguro que hay.

Por último, como dijo en su juventud mi viejo:

Extiende la mano y espanta esos mosquitos.

Favoréceme; son insectos hambrientos, es la primera mujer que hemos tenido y apenas reconocemos ahora; son los años que hemos olvidado en algún tren: sólo les queda la amenaza, el sopor y una simple esperanza.

Carga sobre mi espalda lo que has abolido de mi pecho.

***

Horacio Quiroga, El Almohadón de plumas de Cuentos de amor, de locura y de muerte, Sociedad Cooperativa Editorial Limitada (1917)
Julián López, Una muchacha muy bella, Eterna Cadencia (2013)
Rob Reyner, Bruce Evans, Stand by me, Columbia Pictures (1986).
Bong Joon-ho, Parasite, Barunson E&A, CJ Entertainment (2019)
Eurythmics, Sweet Dreams, RCA Records (1983)
Giorgio Agamben, Homo Sacer, el Poder Soberano y la Nuda vida, Pre textos (1995)
Paco Urondo, Mosquitos, Historia Antigua (1950/1957). Obras Completas, Adriana Hidalgo Editora (2006)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

16 junio 2020

Cómo Heredar un oficio

 


Facultad de Periodismo y Comunicación Social – UNLP

Por Ángela Urondo Raboy*

A 44 años del asesinato del poeta, su hija Ángela recorre el pasado en fotos y archivos periodísticos.

La foto clásica del día del periodista me recuerda que hay figuritas fáciles y otras más difíciles de hallar. Que más allá de la curiosidad que nos moviliza a investigar y difundir, más allá de la verdad y la construcción de lo verdadero mediante lo probable y lo creíble, las pos verdades, las realidades intervenidas, aumentadas u opacadas, dependiendo de la conveniencia en cada ocasión, más allá de todo oficio, de toda operatoria, mas allá de todo encuadre, todo altruismo, de toda vocación, hay personas que influyen y dejan huella.

Heredé de mi abuela Edelma cuatro cajas de cartón madera, llenas de papeles, cartas, fotos y documentos, pero sobre todo recortes de diarios. Ella ya había muerto cuando llegué a la casa de mi familia con veinte años de vivir otra historia, y las cajas estaban ahí esperando, junto a los libros de papá en la biblioteca.

Los distintos diarios, periódicos y revistas, nacionales, internacionales y regionales, dan cuenta de casi toda una vida y se convierten en una especie de álbum familiar, que refleja la historia de mi padre, pero puede ser también la historia de estos medios de comunicación a través del seguimiento de su figura pública.

El primer recorte data del año 1935 y pertenece a la sección sociales de un diario santafecino, que anuncia un “Gran Concurso de Arte Infantil” del que participaron un tierno Paquito de 5 años, junto a su hermana mayor Beatriz. También hay de esa época unos retratos en lápiz negro, junto a un poema dedicado a sus abuelos y algunos recuerdos de la primera comunión.

Paso las hojas. Los recortes de los diarios están, o estuvieron pegados sobre hojas blancas de papel y guardadas en folios transparentes. El pegamento en algunos casos sigue siendo eficaz y en otros, los papelitos quedaron sueltos, pero siempre dejando una marca oscura indeleble como sello. Todo parece muy frágil y yo bastante torpe. Sigo adelante con cuidado.

Entramos a la adolescencia con la noticia de un importante premio a la poesía “La Perichole” y a partir de ahí, su actividad literaria toma vuelo propio, desarrollando una voz muy personal con la que establece un profundo diálogo interior en su poesía. Sin embargo, es con otros que se completa.

En un programa color azul celeste del Museo de Bellas Artes de Santa Fe, lo veo rodeado de nombres, algunos muy conocidos ahora. Esos eran los principios. El Retablillo del Maese Pedro, fue una importante exposición de jóvenes artistas y también una muestra itinerante, que se hizo noticia en cada pueblo al que llegó. Viajaban en grupo con el retablo de marionetas por el país, en un intercambio cultural sin fines de lucro, que duró hasta la muerte de Eva y la clausura por duelo de todas las actividades culturales.

A medida que me sumerjo en el archivo puedo experimentar la diferencia entre un texto escrito en columnas, o en continuado. Descubrir la fluidez en ciertas tipografías, la solidez de una buena diagramación y diseño, la importancia del espaciado. Lo que se dice en primer plano. Lo que decanta. Entre líneas. Lo que queda al costado. Destacado.

El grupo Poesía Buenos Aires es otra forma de experiencia conjunta, un espacio no solo de publicación literaria, sino especialmente de debate. Las publicaciones tienen un diseño moderno y aireado, con una cuidada selección de contenidos, con poesías en portugués y en castellano, en una visión amplia y regional de la cultura.

Las repercusiones de esta iniciativa en otros medios, dejan varias entrevistas donde queda plasmado el espíritu de aquel momento, con fotografías que registran un conjunto de muchachos vestidos de camisa y sombrero, divertidos alrededor de los escritorios, queriendo parecer serios, fumando, escribiendo, compartiendo el trabajo, el pensamiento, la vida, la acción.

El lenguaje expresivo de los medios, sus recursos comunicacionales, distintivos y líneas editoriales, varían de acuerdo al lugar y la época en que fueron redactados.

Los documentos se mezclan. Los distingo por épocas. Tienen fecha, pero no sé bien cual va antes o después, hay tantos detalles, muchas capas de información.

Era un hombre joven cuando fue nombrado Director de Cultura de la provincia de Santa Fe. Las notas que cubren sus actividades como funcionario, empiezan a reflejar un pensamiento político y global de la cultura. Pone en marcha entonces un gran Encuentro de Arte Contemporáneo al que concurren más de 200 artistas. Luego doy vuelta la página y me encuentro con una solicitada defendiendo su gestión de gobierno. Lo echaron. Sin mayor explicación, las cosas cambian y las noticias también.

Su producción sigue adelante. Se viene a vivir a Buenos Aires se separa, se vuelve a juntar. Va y viene. Se reinventa. Eso no sale en los diarios, pero el cambio de etapa se ve reflejado cuando empieza a aparecer junto a su nueva pareja y reconocida actriz, en las fotos de la sección de espectáculos tomadas en los halls de los estrenos.

Hizo varias obras de teatro y películas como autor: Turismo de Carretera, Noche Terrible, Pajarito Gómez, de enorme repercusión. Hay unos cuantos folios llenos de propagandas de las campañas de prensa, que son un paseo por la vanguardia gráfica de los años sesentas.

De sus viajes, que fueron muchos, hay muy poco material. Alguna foto en Cuba como jurado de Casa de las Américas. Un folleto de una conferencia en una universidad francesa de La Sorbona, cuyo contenido no se aleja demasiado de lo que se estaba haciendo acá, según puedo ver en los programas de las Charlas sobre Poesía, donde se trataron temas como: “La ubicación de la poesía brasileña y resonancia en la poesía argentina” y “La moral de los poetas”.

 Paco tenía una letra difícil, aplanada y chiquita, que a él mismo le costaba entender. Generalmente escribía a máquina, incluso sus notas personales. Tecleó y siguió tecleando. Siempre escribió: poesías, cuentos, novelas, obras de teatro, cine y televisión, a dos y a cuatro manos, ensayos, manifiestos, cartas, denuncias, traducciones, adaptaciones, entrevistas, y cantidad de investigaciones periodísticas, que en la actualidad se encuentran compiladas por la editorial Adriana Hidalgo.

Paco fue sujeto y objeto de las noticias. Comunicador y comunicado. Escribía en los diarios, al tiempo que los diarios escribían también de él, en un recorrido de doble mano donde se puede encontrar de ida y vuelta esa huella indeleble.

Otra joya visual que encuentro, es de los setentas: el programa de la obra de teatro “Archivo General de Indias”, con dibujos que evocan los calquitos escolares Simulcop.

En la textura de los papeles busco mensajes escondidos, con las yemas de los dedos, con todos los sentidos.

Superposición de elementos y contenidos, ejes y transversales. Señales, cabos sueltos.

Las notas se concadenan en su línea de tiempo y van pintando diferentes espacios.

Imagino a mi abuela Edelma saliendo a la calle a comprar los diarios que estoy leyendo. En diferentes sitios, a distintas edades. Sus zapatos sobre los adoquines, el sombrero, abrigo y monedero; y luego en su casa, con la tijera recortando los trozos de papel y con la lapicera azul subrayando el nombre impreso de su hijo.

Cuando hablaban bien, cuando hablaban mal, todo el registro forma parte del archivo. “Fabulador Urondo, sin poesía” dice una de las notas, con foto y todo. Es un premio a la ironía. Una puñalada al aire, incapaz de hacerle un rasguño al temperamento de Paco, o al orgullo de Edelma, que no claudica ante nada. Ni al final, cuando las cosas se complican, y como sabemos, se ponen malas.

Sigo pasando las páginas. Sección policiales, titular sobre la captura de “Miembros de una célula extremista”, que era nuestra familia en cana. La foto impacto de un arsenal. “A ocho delincuentes subversivos dictóse prisión”. Era diciembre de 1972 y el lenguaje de las noticias deja constancia del encuadre castrense.

Como contracara, a través de un cable de la prensa internacional, llega el apoyo de colegas intelectuales promoviendo una solicitada: “Por la libertad del poeta Urondo y de todos los presos políticos”. Hay grandes firmas y una carta abierta de Cortázar, junto a otras cosas que se mezclan en mi cabeza con cantidad de anécdotas preciosas que me fueron contando y no están registradas en ningún lado. La sorpresa de mis abuelos, que eran anti peronistas por una vieja herida de cesanteos universitarios, y la historia de cómo terminaron votando la fórmula de Perón, que era Cámpora.

Ninguna herencia es liviana o fácil. El archivo es una forma de memoria. Exige responsabilidad y cuidado. Me pertenece si lo comparto.

Me detengo en las noticias del 25 de Mayo de 1973, día de la asunción presidencial. Los titulares anuncian la “Amplia amnistía” y dan la nómina completa de los liberados. Las fotografías de las puertas abiertas del penal de Devoto ilustran los relatos de los festejos y los abrazos que duraron horas. Mientras tanto ocurre una noticia dentro de otra, que vale la pena destacar.

La puerta cerrada. La celda convertida en otro espacio. La libertad aguarda afuera. Los sobrevivientes de Trelew por primera vez reunidos ahí dentro. Con los ausentes. Las heridas. Las voces. Los silencios. La dolorosa verdad.

La Patria Fusilada es el registro periodístico del momento exacto en que los fragmentos individuales de memoria se recomponen en un relato colectivo, toman cuerpo y se inscriben en la historia.

El libro fue prueba clave en el juicio de lesa humanidad que se llevó adelante por esos hechos, tras más de cuatro décadas de impunidad. Un testimonio que sobrevivió a todos sus protagonistas. Son sus voces, que no las pudieron borrar.

Ese 25 de Mayo mi abuela sacó los borradores del libro de la cárcel y se los llevó a su casa, mientras la multitud se llevaba en andas a mi viejo, que sonreía, como aparece en las tapas de los diarios, con la barba crecida y un abrigo grueso cruzado.

Es un pedazo de historia. Un recorte.

Un recorrido en tiempo presente, del pasado.

Hay lugares que podemos de algún modo habitar. Descubrir como paisajes. Desgranar. Una caja de cartón, llena de papeles, puede contener muchas otras cosas más.

Encuentro expresiones sociales, culturales, políticas, intelectuales y populares, comunes y particulares. Hay eventos de todo tipo, desde encuentros de música y poesía en el Bar O Bar, o algún otro tugurio bohemio lleno de humo y alcohol, hasta el registro de las actividades oficiales, durante su breve pero ruidoso paso como director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, allá por el año 1974.

El clima de época parece disputar entre la opresión y la esperanza. Se estaba gestando el diario Noticias, en cuya redacción se conocieron mis padres. Podría dedicarle todos los días del periodista y todos los días a ellos, especialmente a mi madre Alicia, cuya ausencia irresuelta es un ardor permanente. Pero vuelvo a mi abuela. A su legado.

Intento imaginar a Edelma en aquel tiempo vertiginoso. Una figura en blanco y negro insertada en una imagen a color. Un anacronismo intentando descifrar códigos incomprensibles y nada que hacer al respecto, más que observar de lejos y esperar lo que ocurra sin resignación.

Paco super expuesto y clandestino. Con ámbitos de militancia, laborales y sociales superpuestos. Junto a una mujer nueva, mucho más joven y esta hija, de la misma edad que sus nietos. Dando(me) la vida. Poniendo la suya en compromiso. Y las sombras. Los grupos de tareas en acción. La bomba que estalla en el corazón de la redacción. Viene el golpe de Estado. Los juicios morales internos revolucionarios. La degradación. Las despedidas. El inexplicable traslado. El silencio y lo peor.

“Abatieron en Mendoza a un delincuente subversivo” fue la noticia.

“Planeaban atacar una comisaría”. “Usaban como escudo un bebé”. El comunicado firmado por Luciano Benjamín Menéndez, fue reproducido textual y publicado en los diarios del 18 de Junio de 1976, al día siguiente a nuestra captura.

Jamás se retractaron. El recorte de papel descansa dentro de su folio transparente, al fondo de una caja de cartón, guardado junto a las fotos de mi padre muerto y su certificado NN de defunción.

Pienso en las palabras. En su significado. En la forma que adopta cada letra de molde. En la tinta que las imprime.

La información entrando a los ojos de mi abuela en aquel entonces, como ahora entra a los míos, para sacudir desde ahí cada célula, cada partícula y que nada siga igual.

Veo el papel amarillo. Las manos temblando. La tijera sobre la noticia recortada.

* Ilustradora, poeta y escritora. Sobreviviente. Autora del libro “¿Quién te creés que sos?” (Capital Intelectual, 2012), también escribió los blogs Pedacitos, e Infancia y Dictadura, colección de relatos simbólicos, sueños recurrentes y visiones infantiles sobre la dictadura. En la actualidad trabaja de guionista, escribe en El cohete a la Luna, integra la asamblea de socios del CELS, se desempeña como docente en la Maestría de Comunicación y DDHH de la Facultad de Periodismo de la UNLP y es extensionista en la UNQ. En 2013 logró restituir legalmente su identidad, que hasta 1994 desconocía. Su madre la periodista Alicia Cora Raboy está desaparecida y su padre, el poeta Francisco «Paco» Urondo fue asesinado en el marco del genocidio.

Publicado por Diario Contexto (17/06/2020)

26 enero 2020

Caer Bien

 

CAER BIEN

Un nuevo poema de Ángela Urondo Raboy

 

caer de cabeza

desde lo alto

en caída libre

como semillas

como hojas secas

como pájaros

desplumados

como lágrimas

como velos

estrellas en la noche

dientes de leche

caer tentados

a tontas

de boca

de espalda

caer en silencio

caer al suelo

en picada

caer en cama

distraídos

caer preparados

en desuso

caer pesados

de maduros

de ignorantes

caer como tarados

como plomo

caer

tarde y temprano

lentamente

para siempre caer

con la misma piedra

caer rodando

y seguir cayendo

rendida

en los brazos

de un amor equivocado

como en el tango

como un mal trago

caer

en la trampa

caer de pena

abatidos

sin sangre en las venas

caer

con elegancia

caer desesperados

caer juntos

caer separados

al infinito

como lluvia

como llanto

como cristales rotos

espejos esmerilados

caer

al aire

silbando finito

caer muertos

caer bonito

caer tapados

saber caer

caer bien

caer parados

 


22 diciembre 2019

La comunicación en los territorios : experiencias en la construcción colectiva del conocimiento,




9. Identidades restituidas: síntesis de un proyecto naciente
Mariana Baranchuk, Ángela Urondo Raboy y Nora Viater

El artículo presente da cuenta del proyecto de extensión “Identidades restituidas: un aporte para el camino de las buenas prácticas periodísticas”, que se encuentra vigente desde febrero de 2018 y se refiere a la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. En el primer año nos proponemos la elaboración de un libro/manual destinado a los trabajadores de prensa y comunicadores, con el fin de que se interioricen de la complejidad de la restitución y, acorde a ello, comuniquen con responsabilidad, conocimiento y ajustado a derecho. En el segundo año realizaremos talleres dirigidos a trabajadores de prensa, comunicadores y estudiantes de periodismo y comunicación, para difundir este tema y formar cuadros comunicacionales. La Abuelas. Historia de una búsqueda y sus modos de interpelación La Argentina no volvió a ser la misma tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976. Luego de atravesar la implementación del terrorismo de estado; la persecución ideológica; el exilio; el secuestro; la tortura; la desaparición forzada; la existencia de centros clandestinos de desaparición y exterminio, y el robo y la apropiación de niños, ninguna sociedad sale indemne. Esas experiencias dejan huellas profundas en la identidad 190 La comunicación en los territorios individual y en la colectiva: en la de aquellos que sobrevivieron a la vejación directa, en la de los que sobrevivieron al silencio, y también en la de quienes nacieron mucho después del horror. Las políticas activas en torno a memoria, verdad y justicia son reparatorias no solo para los familiares de las víctimas, sino para todos, para poder pensarnos en tanto colectivo. lo que llamamos Memoria (…) opera como imperativo frente a los actos conscientes y obliga a una toma de partido sobre los hechos pasados, en función del presente y del futuro. Ella parte de una premisa individual y colectiva: “el que olvida, repite”. La memoria crece sobre las huellas imborrables de lo vivido. Narración y simbolización en la resignificación del horror, implica su iluminación significante: analizar la sistematicidad de su práctica ilegal y su persistencia en el tiempo, sus causas y efectos (Duhalde, 2011, p. 10). Desde su formación, los organismos de Derechos Humanos de la Argentina han encabezado los reclamos por memoria, verdad y justicia. De todos ellos, la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo se destacó por su objetivo específico: la búsqueda de los niños desaparecidos, que hoy consiste en la restitución de su identidad a hombres y mujeres: sus nietos. Al inicio fueron madres solitarias, buscando del modo en que podían hacerlo a sus hijos e hijas secuestrados, y a los hijos e hijas de sus hijos e hijas. Tal como narra la propia Estela de Carlotto, hacia octubre de 1977 “doce mujeres con esa doble lucha se habían encontrado y unido sus manos para inventar estrategias y desterrar lo individual” (Abuelas de Plaza de Mayo, 2007, p. 15). Fue en octubre cuando en la aún no tan tradicional marcha alrededor de la Pirámide una madre 191 Néstor Daniel González y Alfredo Alfonso se apartó y preguntó: “¿Quién está buscando a su nieto o tiene a su hija o nuera embarazada?”, y ahí se formó ese primer grupo de doce personas que dio en llamarse Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos. Tiempo después adoptaron oficialmente el nombre con que las designaba la prensa: Abuelas de Plaza de Mayo. A lo largo de más de 40 años de lucha en la búsqueda de los bebés y los niños apropiados por el terrorismo de estado, las Abuelas de Plaza de Mayo produjeron innumerables acciones y campañas. A través de afiches, pancartas y avisos fueron construyendo un lenguaje propio para poder comunicar claramente esta compleja realidad. Las campañas van junto a las distintas etapas de crecimiento de aquellos niños apropiados, hasta llegar a la búsqueda de personas que se han desarrollado y son adultas. Mediante el análisis de las consignas y de los diferentes recursos visuales, expresivos y participativos que fueron incorporando, podemos ver cómo esta búsqueda se ramifica, se expande y se reinventa constantemente, para que el mensaje pueda alcanzar a cada uno de sus destinatarios. Este material da cuenta del paso del tiempo. El tiempo de aquellas personas cuyas identidades fueron falseadas. El tiempo de las Abuelas en el desarrollo de su historia institucional. El devenir de un símbolo de lucha pacífica, reconocido por el mundo entero. El tiempo de maduración democrática que un pueblo necesita atravesar después de una dictadura, para llevar adelante el recorrido que va desde la superación del terror al compromiso de la acción colectiva. En estas imágenes se inscribe la historia de un país. Son un retrato de quienes somos y de quienes queremos ser. Esta es la historia de una lucha inclaudicable, que se ha convertido en una parte de la identidad del pueblo argentino.

 La Asociación tuvo distintas etapas en relación al vínculo con el estado, con la sociedad civil y con los propios niños, jóvenes y adultos que fueron restituyendo su identidad. También el reconocimiento de no estar solas, de poder organizarse, reinventarse frente a la tragedia durante la dictadura, y el apoyo de organismos internacionales a partir de la visita in loco en 1979 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ese mismo año, con la ayuda del Comité de Defensa de los Derechos Humanos en el Cono Sur (CLAMOR), se encuentra en Chile a los hermanos Julien Grisonas. Una esperanza, y la certeza de que los niños que buscaban podían estar en cualquier parte del globo. Las pancartas y las banderas hechas a mano son la primera expresión visual de esta búsqueda. Las primeras consignas se refieren a devolver entidad a estos niños desaparecidos, para luego dar lugar a su ausencia y a su búsqueda. La enunciación “niños desaparecidos” no se abre solamente como una voz de denuncia, sino que es una reivindicación de la existencia de aquellos a quienes se está buscando; una respuesta directa al discurso de Videla para nombrar lo innombrable: la desaparición forzada de personas: (“No están ni muertos ni vivos, no tienen entidad”), palabras que atañen también a aquellos bebés y niños secuestrados, desaparecidos con vida por la acción del estado terrorista. A ellos también intentaron despojarlos no solo de su identidad, sino de toda entidad. Ese carácter de inexistentes que la dictadura genocida quiso asignarles a los niños desaparecidos es lo primero a lo que las Abuelas salieron a oponerse. Buscaban hacer visible que existen. Rodeada de fotos, la consigna se convierte entonces en una pregunta abierta: “¿Dónde están los centenares de bebés nacidos en cautiverio?”. Al mencionar “los centenares” se está hablando de la siste- 193 Néstor Daniel González y Alfredo Alfonso maticidad de estas prácticas. Desde la primera palabra -ese “dónde”- nos hacen pensar en un espacio físico concreto, un lugar real y un posible “dónde estarán”, porque a los nietos de estas mujeres se los llevaron; no sabemos dónde se hallan ni qué fue de ellos, pero hay que encontrarlos, porque en alguna parte están. La búsqueda de bebés y niños pequeños es tan dinámica como su ritmo de crecimiento. Los bebés rápidamente dejan los pañales, seguramente van a la escuela y aprenden a leer. Las primeras campañas gráficas los incorporan como protagonistas, en primera persona. Las abuelas les dan la palabra, les devuelven la voz a los niños cautivos para hablarle a la sociedad: “Mi abuela me está buscando. Díganle dónde estoy”. Es el niño desaparecido quien pide que ayuden a encontrarlo. Vemos una imagen que contrapone a un niño llorando en posición fetal y luego a ese mismo niño mirando de frente, con la mirada clara. El fantasma de un árbol/cactus aparece como un monstruo, las ramas secas con espinas en el suelo crean un ámbito entre frío, despojado y sórdido. Un lugar impersonal, ajeno a todo. En las sentencias al pie se empieza a introducir el significado de la restitución de identidad. “Restitución es regreso a la vida” es el mensaje que ofrece un primer marco teórico para esa sociedad a la que se invita a participar de la búsqueda, así como también para los funcionarios del poder judicial donde se abrían los primeros debates en democracia sobre esta cuestión. Al principio solo se contaba con frágiles herramientas para poder demostrar el vínculo entre las abuelas y los niños robados. Al inicio de la década del 80 empieza a haber un reconocimiento por parte de la comunidad internacional, del genocidio perpetrado en la Argentina. La inquietud ante el conocimiento de la existencia de estos niños, nacidos en cautiverio y apropiados, abrió nuevos caminos y motorizó al mundo científico, pulsando un adelanto fundamental que tuvo como motor esta búsqueda. Los genetistas se enfrentaron al desafío de demostrar, a través de la sangre de los abuelos, el llamado “índice de abuelidad”, que permite reconstruir el mapa genético de las familias de los desaparecidos y constatar, a pesar de las ausencias, sus lazos genéticos sin margen de error. Con el hallazgo del “índice de abuelidad”, las Abuelas decidieron que los análisis genéticos debían llevarse a cabo en centros oficiales. Si el estado había permitido las desapariciones, debía asumir la responsabilidad de demostrar la identidad de sus nietos. “El lugar elegido entonces fue el Servicio de Inmunología del Hospital Durand” (Abuelas de Plaza de Mayo, 2007, p. 50). La institución de las Abuelas crece y comienza a trabajar en forma interdisciplinaria: se suman abogados, médicos genetistas, psicólogos, antropólogos. Una vez vuelto el estado de derecho y en los primeros meses del gobierno de Raúl Alfonsín, previendo que la búsqueda seguiría recayendo en sus espaldas, el 9 de septiembre de 1983 las Abuelas de Plaza de Mayo se constituyen en asociación civil. Los primeros años de la democracia las desilusionan: creían que el estado les retornaría a sus nietos, pero eso no fue así. A las leyes de Punto Final y Obediencia Debida se sumarán años después los indultos. Las Abuelas no claudican: siguen la búsqueda y se producen nuevas restituciones. En 1984 habían resuelto veinticinco casos. La identidad no se impone. Ni se borra, ni se anula. Las huellas identitarias lastimadas, envueltas con vendajes sucios, manchados y sujetados con alambre. Reminiscencias de ele- 195 Néstor Daniel González y Alfredo Alfonso mentos de tortura. La identidad encapuchada. Amarra y tabique. Aunque no hay color, se perciben heridas sangrantes. El protagonista es un ser doliente y la sangre está presente, en todo su valor simbólico. La sangre que pulsa y siempre vuelve. La sangre que permanece latente y llama. La sangre que no abandona, que no se va. La sangre con su propio contenido, con su verdad. La sangre con su ADN capaz de determinar quién es quién biológicamente, con la exactitud científica del índice de abuelidad. En otro nivel de lectura, están las manos manchadas con sangre de los apropiadores y los partícipes de las cadenas de apropiación. Y también parece una lejana resignificación del “pianito”, mecanismo con que las fuerzas represivas fichaban a los prisioneros, puesto que la misma huella es capaz de develar la verdadera identidad de una persona apropiada. A través de su larga historia, las Abuelas han sabido interpelar con sabiduría a la sociedad, al estado, a la justicia, al mundo entero y a cada uno en particular, sobre su postura ante el derecho efectivo a la identidad. Un derecho ineludible, tanto para la persona cuya identidad es apropiada como para sus familiares. El derecho a la identidad va incluso más allá, y explica que el derecho de saber quién es quién es también un derecho de los demás, es decir de todo el pueblo, de la humanidad. Hacia fines de 1996 y principios de 1997 tiene lugar un giro en la forma de comunicación de las Abuelas: se dan cuenta de que ya no se buscan niños sino jóvenes, y que estos podían colaborar con su propia búsqueda. Se apela a los propios jóvenes: “se trataba de generar 196 La comunicación en los territorios espacios de reflexión y de difusión a través de los cuales los chicos con dudas sobre su identidad pudiesen acercarse” (Abuelas de Plaza de Mayo, 2007, p. 119). Así comienzan a hacer difusión en festivales de rock y muestras artísticas, y a vincularse con universidades en diversos proyectos. Las consignas a través del tiempo van desde “Tu abuela te busca” a “Entre todos te estamos buscando”, para luego incorporar la pregunta fundamental: “¿Quién soy?”, que apunta directamente a la inquietud sobre la subjetividad de la persona apropiada, que ya es adulta. Buscate, desapropiate, parece entonces ser la consigna: “Si tenés dudas sobre tu identidad…”, “Resolvé tu identidad ahora”, “No te quedes con la duda”. A veces incluso sin palabras, como en la recordada campaña audiovisual de los aplausos, donde se evoca el saber popular que se aplica cuando se pierde un niño en la playa. A partir de 2003, con la asunción de los derechos humanos como política de estado, se multiplican las presentaciones espontáneas. Hoy los jóvenes a los que aún resta restituirles la identidad no son tan jóvenes, están por llegar a los 40 años o ya los pasaron. Tienen hijos, una nueva generación que lleva un apellido que no le pertenece, que desconoce su verdadera filiación; una condición de indefensión que permanece en el tiempo y se reproduce. En estos afiches y en el resto del material visual se inscribe una parte significativa de la historia de un país al que le han robado más de quinientos niños. Un país donde el genocidio ha dejado consecuencias irreparables y a la vez, ha dejado tanto para reparar.


El rol del periodismo

En la actualidad la situación de retroceso en términos de políticas de estado en torno a los derechos humanos se hace evidente. El estado, nuevamente, no es un aliado, razón mayor para que desde las universidades públicas redoblemos nuestro compromiso con los organismos. Las restituciones de la identidad de adultos son de una dimensión diferente de la de los niños, y esos jovencitos que se preguntaban quiénes eran. Cómo nombrarlos, cómo respetarlos, cómo colaborar en su descubrimiento de la verdad y en el procesamiento de esa nueva y desconocida realidad. En ese marco los medios de comunicación de todo tipo (comerciales, públicos y sin fines de lucro) cumplen un rol trascendente, dada su capacidad, en las sociedades actuales, de construir sentido común y conformar la agenda de cuestiones que se deben tratar. Cuando aparece la noticia del hallazgo de un hijo o de una hija de detenidos desaparecidos, el verbo que se utiliza es “apareció”. Nosotros también lo (mal) usamos: “Apareció la/el 128”. No aparece de casualidad o por estar perdido en un bosque. Es, ahora un adulto buscado; el resultado de un trabajo de años en el que cada dato aportó algo -o no- para restituir la identidad de un secuestrado cuando era bebé o un niño nacido en un campo de concentración, y fue apropiado en un plan sistemático. La identidad no “aparece” por arte de magia. Hay situaciones provocadas por la prensa que son operaciones políticas tendientes a desprestigiar el accionar de los organismos en general y de Abuelas en particular; sobre esas cuestiones nada podemos aportar, excepto señalarlas. 198 La comunicación en los territorios Este proyecto se ocupa de aquellas situaciones donde no se trata de una acción deliberada, sino de malas prácticas debidas al desconocimiento, patrones de comportamiento internalizados, falta de precisión, etcétera. Las conferencias de prensa, siempre convocadas por Abuelas de Plaza de Mayo, en las que se pide expresamente reserva para preservar la identidad del/la restituido/a -un pedido que pocas veces es respetado-, terminan convirtiéndose en pequeños “circos” de cámaras y cronistas que preguntan mal, poco y desconsideradamente. Si hay un familiar presente -en general hay un retrato de los padres detenidos-desaparecidos- se trate de una abuela, un hermano o un primo, la pregunta es “¿Cómo te sentís?” o “¿Estás contento?”; una duda que no solo es absurda sino que además nunca será respondida del todo. La pregunta para los periodistas debería ser “cómo dar presencia a lo que no es del orden de la representación” (Nancy, 2006, p. 32). Lo que aparece en su lugar, en el lugar de la pregunta o hasta del silencio, es la urgencia por la primicia y por el morbo: no importa quién es esa persona; importa su nombre, aunque este tampoco diga nada. El resultado es que la restitución es, si cabe, aún más traumática. Tampoco -creemos- son de mucha utilidad los relatos edulcorados, del estilo “Hablamos como si nos conociéramos de siempre”, “Quiso saber todo sobre sus padres”, “Fue un abrazo interminable”, porque quedan, de alguna manera, en el mismo registro con el que se daban estas noticias hasta hace poco tiempo, como “padres del corazón” o “adopción irregular”. En el apuro por cerrar una nota o subirla a la web antes que ningún otro medio, los periodistas y sus editores suelen echar mano a lo establecido, a la corrección, al lugar común. ¿Ese cronista estuvo allí, con esa familia? Y después de ese primer encuentro o llamado, ¿qué pasa? ¿Por qué no se siguen ni se actualizan los procesos de restitución? Porque todos queremos quedarnos con el final feliz. El hijo/a es igual al padre/madre desaparecido/a. En 1985, el diario La voz (1982-1985) efectuó una cobertura que se diferenció ampliamente de la de otros medios, en el caso de la restitución de Carla Rutila Artés. Mientras La Nación publicaba la noticia en la sección “Policía/Tribunales”, La Voz le daba la palabra a la abuela Artés, quien dice, ya en ese año, que “hay que contrarrestar a quienes proponen un manto de olvido o un punto final en el tema de las violaciones a los derechos humanos”. Y en un recuadro, este diario expresa: El caso de los niños secuestrados o nacidos en cautiverio, mantenidos como rehenes y distribuidos como botín de guerra, es uno de los capítulos del genocidio que no podrá ser cerrado hasta que no haya una verdadera y efectiva Justicia. El 27 de agosto de 1985 La Voz publica una columna de Vicente Zito Lema, que escribe sobre “el encuentro con la verdad” y cuestiona a quienes dicen que “así se desprestigia a quienes han sido vistos durante años como sus padres”. Critica severamente a los que piden por “los chicos por encima de todo”. Dice Zito Lema que “es obvia la complicidad con los represores, que esconde una argumentación falaz”. Es en el sentido de los ejemplos expuestos que apelamos a la responsabilidad de periodistas y comunicadores populares: Los desafíos que afrontan cotidianamente los diferentes actores de la comunicación (…) para trabajar bajo la perspectiva de los derechos humanos, llevan a una dinámica de reflexión y debate permanentes en función de la modificación y mejora de sus prácticas profesionales (Defensoría del Público, 2016a, p. 3). 200 La comunicación en los territorios Los códigos de ética para la autorregulación, las guías para el tratamiento mediático de diferentes situaciones son un antecedente insoslayable de “Identidades restituidas: un aporte para el camino de las buenas prácticas periodísticas”. Nuestro aporte a la causa de Abuelas Los primeros meses del proyecto los dedicamos a analizar las coberturas periodísticas de diversos casos de Abuelas. Allí señalábamos lo que considerábamos errores, ausencias y aquellos ejes que concernían a la construcción de la noticia. A partir de este primer relevamiento establecimos ciertos nudos problemáticos y conceptualizaciones teóricas que nos parecía necesario abordar, y que luego quedarían sintetizados en el título El rol del periodismo en la restitución de identidades. Pretendemos un libro que constituya un aporte al conocimiento específico sobre la problemática de la restitución de la identidad y que, simultáneamente, nos interpele -en tanto comunicadores y trabajadores de prensa- en nuestras propias prácticas comunicacionales: ¿lo que tenemos para decir proviene de una investigación propia o es una imitación de lo ya dicho en otros medios? ¿Es relevante para las vidas de las y los ciudadanos, o es simplemente cáscara vacía? ¿Lo que tenemos para decir respeta la dignidad y los derechos de los familiares y sus víctimas, o es funcional a los intereses de poderosos y victimarios? ¿En qué contexto lo decimos? ¿Cuáles son nuestras fuentes de información? ¿Qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué? Repensar todo en el momento de la elaboración y narración de un hecho como noticia (Barrientos e Isaía, 2017). 201 Néstor Daniel González y Alfredo Alfonso El primer capítulo de nuestro manual, “Entender el delito para saber nombrarlo”, aborda la cuestión del robo de bebés, analiza en lo que significa la verdad como constructora de identidad, explicita el significado de la lucha de Abuelas y lo que significa la restitución, e indaga sobre el sentido y la significación social del legado de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. En segundo lugar aparece “Abuelas: comunicar e interpelar”; allí se analizan diversas estrategias comunicacionales -específicamente respecto a la comunicación visual- que Abuelas fue adoptando en cada época, sus maneras de interpelar y los sujetos a quienes interpela. A partir del tercer capítulo nos centramos en las acciones y las omisiones del periodismo, dando cuenta de diversas aristas. Encabeza este recorrido “El periodismo: el ejercicio de la construcción de la noticia”; este capítulo vuelve sobre temáticas que son comunes a los ámbitos universitarios pero que muchas veces se diluyen en las lógicas propias de las redacciones: qué es la noticia, qué implica la política editorial para los trabajadores de prensa, cuál es el peso de las secciones que priorizan, qué ocultan y cómo eso ha funcionado a la hora de dar cuenta de las restituciones por parte de Abuelas. Al cuarto capítulo lo hemos denominado “¿Primicia (mercancía) mata ética?”. Aquí ponemos en relieve las implicaciones éticas y las afectaciones al derecho a la intimidad y a la preservación de la investigación judicial, entre otras situaciones. En una línea paralela, en quinto lugar ofrecemos “Si no tienen información, escriban poesía”, un entramado que cruza coberturas, rutinas periodísticas y malas prácticas en la materia.

En el sexto capítulo consultamos a especialistas en el tema para explicitar “Cómo la información inoportuna puede afectar un proceso judicial”; a través de entrevistas armamos este espacio para que aquellos que hacen la noticia sepan cuándo es mejor callar. Otra gran incógnita que nos planteamos es cómo abordar lo que sucede en las redes; nos preguntamos, incluso, si eran materia de abordaje para los comunicadores, si era posible pensar en cierta responsabilidad social en el uso de las redes. Con esos interrogantes nació el capítulo séptimo “Las restituciones en las redes (¿sociales o de comunicación?)”, una indagatoria con final abierto. Las tres últimas secciones tienen un matiz propositivo, puesto que en ellas analizamos la trascendencia del tema que se ha de comunicar. Ya se hizo un análisis crítico de lo que se hace; lo que resta son propuestas sobre cómo abordar esta temática. En el octavo capítulo, “Restitución y después: aquello sobre lo que no se escribe aún”, damos cuenta de que la restitución no termina con la conferencia de prensa; es un proceso larguísimo no solo en términos psicológicos sino también materiales y concretos. Hoy un ser humano que es restituido tiene alrededor de 40 años. No solo se tratará de un nuevo documento; hay que sumarle posibles documentos de sus hijos, contratación laboral, aportes, escritura o contrato de alquiler; en fin, una multiplicidad de trámites y obligaciones en donde el estado no acompaña, el periodismo ignora y la sociedad calla. No hemos hallado ni una sola nota periodística que interpele al estado preguntando cómo es que en treinta y cinco años no se ha podido instrumentar algún tipo de acompañamiento para estos temas. Bastante complejo es el camino de la propia desapropiación como para que algunas cuestiones burocráticas, pero que conciernen a las huellas sociales de nuestra identidad, no sean facilitadas. 203 Néstor Daniel González y Alfredo Alfonso En el noveno y último capítulo proponemos un camino que es un posicionamiento: “Hacia una comunicación empática”. ¿Cómo abordar comunicacionalmente los casos de Abuelas? ¿Desde qué lugar? Cómo informar respetando, sin invadir en pos de la primicia -cuanto más desgarradora, mejor- y simultáneamente sin mimetizarnos, sin confundirnos con el otro, dado que la experiencia es intransferible. Por último, y a modo de epílogo, presentamos “Recomendaciones para las buenas prácticas comunicacionales”, un compendio de sugerencias que también funcionará como separata al momento de realizar los encuentros previstos, dado que los talleres dirigidos a trabajadores de prensa, comunicadores populares y estudiantes de comunicación están planeados para el segundo año de este proyecto en cierne. Tanto la elaboración del libro/manual como su difusión y su aprehensión por parte de los comunicadores son los pilares del trabajo que nos proponemos. Como integrantes de la comunidad de la Universidad Nacional de Quilmes y de distintos espacios de nuestra sociedad, creemos que este será un aporte a las buenas prácticas periodísticas que es necesario hacer por las Abuelas, por los que aún falta que sean restituidos a la verdad, por el derecho de toda la ciudadanía a vivir y construir una sociedad que conozca su pasado, que habite un presente sin falsedades y pueda elegir su futuro. Entendiendo que no se restituye solamente la identidad de cada uno de los nietos; se restituye la identidad de todo un pueblo que ha perdido una parte enorme de sus miembros. Se recompone el entramado social, el cuerpo colectivo. Todo aquello que el genocidio quiso borrar. 204 BIBLIOGRAFÍA Abuelas de Plaza de Mayo (2007). La historia de Abuelas. 30 años de búsquedas. Buenos Aires: Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia. Archivo Nacional de la Memoria. ----------------------------------- (2008). Las Abuelas y la genética. El aporte de la ciencia en la búsqueda de los chicos desaparecidos. Buenos Aires: Abuelas de Plaza de Mayo. ------------------------------------ (2011). 76.11 afiches. Momentos que hicieron historia. Buenos Aires: Jefatura de Gabinete de Ministros. ------------------------------------- (2015). Niños desaparecidos, jóvenes localizados (1975-2015). Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes. Barrientos, M. e Isaía, W. (2017). Si no tienen qué poner, pasen música. Buenos Aires: diario Página 12, 26 de octubre. Daleo, G. (2012). Acá se juzga a genocidas. Buenos Aires: facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales, UBA. Defensoría del Público (2016a). Ideas y orientación para la elaboración de un código de ética. Buenos Aires: Defensoría del Público. ------------- (2016b). Guía para el tratamiento mediático responsable de la Violencia Institucional. Buenos Aires: Defensoría del Público. ------------- (2016c). Guía para el tratamiento mediático responsable de casos de violencia contra las mujeres. Buenos Aires: Defensoría del Público. Duhalde, E. (2011). Archivo Nacional de la Memoria. Buenos Aires: Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Presidencia de la Nación. Nancy, J. (2006). La representación prohibida. Buenos Aires: Amorrortu.


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