19 septiembre 2019

En corto

 

EN CORTO

Intento abrir el grifo y desde lo profundo sale un quejido seco

 

Estoy en corto. En partes. Una puerta temblorosa me sostiene desde el picaporte. Salgo del cubículo. Intento acomodarme la remera larga. Nunca tapa nada y ahora está subida, enroscada de algún modo que se traba con el cinturón. Todo mal enganchado. ¿Cómo pudo pasar este enredo, la confusión? No logro coordinar movimientos. Calculo tres pasos hasta el lavatorio. Es algo incierto. Veo que el espacio hace olas. Las rodillas vencidas por un momento se ablandan y me precipito al vacío. No caigo. No floto, ni peso. No siento. Apoyo una mano en los azulejos y acerco la cara al espejo. Dos túneles oscuros. Dos manchas de tinta negra detonada. Dos ojos desconocidos que se fijan en otros ojos, que son míos y no ven nada. Intento abrir el grifo y desde lo profundo sale un quejido seco. Un chillido que no viene de mis cuerdas vocales. La cañería exhala un lamento agudo que de pronto duele como si me lo arrancasen de la garganta. Encanto de sirenas aturdidas. Mi boca, que había sido un corazón perfecto, ahora se desangra por toda la cara. Las voces ya no están, se fueron. Lo ocurrido no es recuerdo aún. Pasa a toda velocidad. Va y viene. Pendula y se hace carne. Permanece en estos ojos deshechos que ruedan hacia atrás y se apagan. Ya no hay luces. Respiro todavía un olor metalizado. Todo vuelve dado vuelta. Late. Mi mano tiembla a través del cierre abierto. El instante de contacto con el interior satinado me lleva a otro lado. Me sumerjo, nado. Esquivo a tientas diferentes obstáculos. No logro identificar las cosas pero encuentro en el fondo un pañuelo de papel arrugado. Salgo de ahí en un impulso sobrehumano, me reincorporo y encaro. Todo parece peor ahora. Refriego y el pegote se adhiere como la vergüenza metida en cada poro dilatado. El dolor despierta. Se hace piel en un pañuelito insuficiente, que se deshace rosado sin lograr borrar lo evidente. Las marcas no se van, no salen. Como el agua de las canillas, que tampoco sale. Como yo misma, que no puedo salir así, ni tampoco quedarme. Solo quisiera esconderme. Desaparecer. Irme de ahí. No estar. Borrarme. Encontrar un salvoconducto. Hacerme invisible. Escapar. Teletransportarme. Volver a casa. Volver el tiempo atrás. A mi madre. Su figura lejana. Su calor. Ya no recuerdo su voz. No habrá preguntas entonces. No habrá preocupación. Mejor. No hay palabras para responder. No hay cómo explicar. No hay cómo entender. Mi boca no es mi boca. Mi lengua ya no es. Estoy en otra parte. Estoy en ninguna parte. Estoy empedrada por dentro de amargura y asco. Las risas flotan. Sólo el ardor me devuelve algo. Estoy en otro tiempo. Me disuelvo. Mi cuerpo sin huesos se derrite suave. No termino en ningún lado. Soy moléculas desparramadas. Soy un charco. Nado a la nada.

 

 

21 julio 2019

Carne

 

CARNE

Quizás estamos locos. O enfermos de amor. Quizás el amor sea solo un fantasma. Un placebo. Una fábula.


 

Conmoción. La carne abierta. Amarillo al lado. La grasa cuelga. Espuma. La piel ahí mismo.

Una línea afilada, al borde. El corte hasta el hueso y más allá, el interior. Un tobogán violeta, desliza suave hacia adentro. Una línea precisa que luego se gasta y se pierde, en alguna parte. El hueco del cuerpo. O soy yo quien se pierde y tengo que cerrar los ojos por un momento, para poder ver más. Respiro hondo y vuelvo a sumergirme entre hilos azules, rosados y grises que caen enrulados como ramilletes de ofrendas. Contengo la respiración. Ahí está todo. Las costillas. Los órganos vitales apenas muertos. El misterio a la vista. Podría alcanzar a tocarlo. La achura fresca mantiene su color y textura. La pintura ya no huele a pintura. Es otra cosa. Un dolor visceral inunda la sala y se adhiere como mugre a las paredes. Podría cerrar nuevamente los ojos, o intentar salir corriendo pero, es demasiado tarde. Cuando se ha visto, ya no se puede dejar de ver. Estoy metida adentro de todo esto, me encuentro cautiva, al borde de la realidad, como en las mejores pesadillas. Azulejos celeste y blanco patria, manchados para siempre. Mil tonos de rosados indelebles. Claves silenciosas, huellas de la historia. La tarea sucia realizada. Las leyes forzadas de la naturaleza. La gravedad bajo presión. Los cuerpos pendientes en estado de suspenso, invertidos. Todos hablan. Es la voz de los vencidos, un rumiar solitario, impersonal, repetido. Volver sobre lo inevitable. El cuero marcado. Los números: 55, 37, 58. Quizás en ese punto el nombre da igual. Quizás signifique nada. Como los ganchos de acero atravesados sosteniendo el peso. No hay cómo escapar a los mecanismos. Las metodologías de trabajo descriptas. Técnicas de maestría expuestas en cada ejecución. Cada detalle perfecto y el cuadro completo, estremecedor. Nada da igual. Los cuerpos. Lo que no se alcanza a ver y enceguece. El precio de nuestra mercancía de consumo. Productividad organizada en cantidades inmensurables. Balanzas vacías. No hay cómo pesar tanto pesar. Cuánto más puede haber detrás. Es moneda corriente. Emprendimiento, negocio o industria. Eslabones de una misma cadena. Todos tonos grises. Se compra, se vende, se corta, se cobra, se acopia, se muere, se mata. El cuerpo colectivo cercenado. El banquete. Los dueños. Los señores de sombrero. De corbata o de moño. De un blanco liviano, impecable. Blanco genocidio, blanco sucio, blanco impune. Con sus monederos llenos. Contando peso a peso, el peso de la muerte.

Cristales rotos. Estallidos azules. Se aturde de sonidos mi cabeza y la violencia irrumpe. Destroza el límite. Detiene el tiempo. Pedacitos transparentes, sostenidos en pleno vuelo por el aire. Triángulos vítreos que brillan y no terminan nunca de caer. El mal es amarillo sepia, pero en mi memoria será siempre verde. La última bocanada de aire se comprime y permanece adentro del cuerpo. Los ojos abiertos como ventanas en un incendio. Un gesto desesperado que pudiera ser de cualquiera. La mano alzada suplica. La ayuda que no llega. La boca del niño, en un instante de pavura, que ahora dura para siempre. La inocencia perdida. La contracción. El mal perpetrado. El horror perpetuado en ese otro rostro, que sé, está ahí, pero evito mirar. Me quedo con el niño. Para siempre, estado de alerta. Para siempre, estampida. El instinto animal a flor de piel y las piernas que apenas responden. No alcanza con un sólo movimiento para salir del paso de la bestia. Es inminente. Ruge. Ya no hay cuidado posible. No hay adentro ni afuera. No hay límite. No hay hogar. La puerta azul no será igual en la memoria. Parte la infancia en este contexto. El momento suspendido. La dimensión del mal. La desproporción de las figuras. Una fuerza superior, capaz de atravesar el espacio, desencajar la estructura y sacar fuera de quicio aquello que siempre contuvo. Entonces todo cae. La silla que sostuvo. El farol que alumbró. Quizás caiga también el niño, no lo podemos saber, aún está allí. Para siempre niño. Para siempre en medio del camino, hacia donde constantemente avanza un sinsentido concreto de violencia represiva.

Quizás estamos locos. O enfermos de amor. Quizás el amor sea solo un fantasma. Un placebo. Una fábula. Una hipocondría. Un momento. Una flor. Una nostalgia, que de pronto aparece y ahí está: “La memoria del amor, o sus fatuas presunciones”, como decía aquella poesía de mi padre, que como todas, era él mismo, y ahí viene. Ese primer amor inasible. Amor perdido, como una incógnita. Amor que siempre está. El amor que se descubre, como un tesoro. La experiencia del abrazo incontenible. Amor latente. En ejercicio. Amor que adoro. Este amor que practico. Dar lo que no tengo. Dar aunque no vuelva. Darse aunque no vuelva a darse. Ese amor en las pieles. El amor como cura. Amor refugio. Amor que recibo, felicidad, alivio. Amor iluminado. Ilusorio. Amor por venir. Amar como acción. Como escudo. Amor punzante, agudo. Amor que arranco y sacudo. Amor que no sirvió. Amor de descarte. Desesperado deseo de amarte. De acabar con lo que se amó. Demasiado tarde. Amor desposeído. Amor obligado. Amor ideal. Amarrado al tiempo, presente y pasado. Morboso amor. Todo rojo, pezones desnudos, ojos tapados. Amor que arde y puja. Pequeña muerte, pulsión. Amor sin vergüenza. Culo al aire. Amor embarazado. Los cuerpos contraídos, revueltos en la lucha. Amor furioso. Amor errante. Amor encarnado. Amor parido. Delicioso y repulsivo. Amor castigo. Amor odiante. Amor doliente. Amor violento, urgente, salvaje. El tiempo del amor corre, rápido o despacio. Sangre en las venas. Morado. Rojo. Amarillo anaranjado. Explosivos. Una maraña de colores. Marea las penas. Mientras la vida transcurre, pasa de costado. Solamente personal autorizado. Delantales, barbijos. Corredores fríos. Pasos sincronizados. Pies desnudos. Zapatos perdidos y la maquinaria opresiva actuando. Azulejos negros. Zona de aislamiento y exclusión. Peligro. Un lugar poco propicio para el amor. Un último deseo en este sitio inhóspito. Un amor, por el amor de, oh dios, una limosna, por piedad, por favor. Una migaja de amor, un despojo. Un amor a contramano. Objetable. Desubicado. Un amor apasionado. Un amor sin futuro. Inexitoso. Un amor en vano. Un verdadero amor. Un último suspiro. Un temblor compartido. No me deje sola ahí. Manos desconocidas cargan el peso de los cuerpos revolcados y encendidos, que ya son nuestros. Son fantasmas. El traslado ocurre. Adónde. Ni idea. No debiéramos presenciar este tipo de escenas. Ellos también lo saben. Hay disfraces que nada ocultan. Miradas que son verdaderas amenazas. Sobre todo las que no vemos. El gesto escondido detrás de los bigotes, de los anteojos oscuros. La noche recién empieza, o acaso termina. Se extiende en el tiempo. Nunca es horario de visitas. Estamos de más. Estamos de paso. El amor es demente y subversivo. Mantenga distancia, no se acerque demasiado. Cuarentena indefinida. Aislamiento. Quizás ya sea tarde para evitar el contagio.


10 mayo 2019

2x1 Compensen el terror, los años perdidos.

 

DERECHOS HUMANOS Y EL 2X1


COMPENSEN EL TERROR, LOS AÑOS PERDIDOS

“No existe 2 x 1 para esta pena nuestra. Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos”. Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos de este fallo de la "Suprema Corte de Injusticia" dice en este manifiesto la escritora Ángela Urondo.

En esta ciudad, en el día de la fecha, el Tribunal Oral en lo Federal Criminal, en forma definitiva falla: Condenando a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua por ser coautores mediatos penalmente responsables de los delitos de privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencia y amenaza, imposición de tormentos agravada por la condición de detenido político de la víctima, homicidio calificado por alevosía por el concurso premeditado de dos o más personas y con el fin de procurar impunidad, homicidio calificado por alevosía en perjuicio de las víctimasDelitos tipificados en el Código Penal y en concurso real, calificándolos como de Lesa Humanidad y cometidos en el contexto de delito internacional de Genocidio. Ordenando que los condenados cumplan las penas impuestas en los establecimientos dependientes del Servicio Penitenciario Federal que resulten adecuados a sus condiciones de salud, a cuyo fin deberán tener en consideración las pericias e informes médicos obrantes. Por tanto se revoca la excarcelación o eximición de prisión o prisión domiciliaria que gozaron durante el proceso y se dispone su inmediata detención en los establecimientos que correspondan, se hacen efectivos los traslados dispuestos. El juicio ha concluido en esta instancia. Todas las partes quedan notificadas.

 

Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos del fallo que emitió la Suprema Corte de Injusticia, para la aplicación de la Ley del 2 x 1 que permite liberar a los condenados por crímenes de Lesa Humanidad. Un nuevo mecanismo que intenta consagrar la impunidad en democracia.

Si bien genocidio viene con impunidad y a veces parecen lo mismo, hay que diferenciar: el genocidio es un cúmulo de crímenes irreparables, cuyo daño es permanente. La impunidad es un daño aparte, que sin embargo tiene una cura: la Justicia. 

Cuando le quitan remedio el herido –al pueblo herido–, despierta un dolor remitente que revive la pena causada por el principal de los daños, el irreversible.

No existe 2x1 para esta pena nuestra.

Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos. Pongan en libertad hoy mismo a los nietos que tienen escondidos. Basta de burla, de cinismo y de políticas de olvido. Basta de negar a los 30 mil. No hay que reconciliarse con lo que hace daño. La posibilidad de que sea genocida el vecino es una tortura. La verdad completa se llama terrorismo de Estado y es delito el negacionismo.

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El genocidio no fue guerra, ni lucha anti subversiva, como le quieren decir, fue un mecanismo de acción terrorista por parte del Estado, que apuntó contra todo el pueblo.

“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”, decía Ibérico Saint Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires.

Por su lado, Jorge Rafael Videla, comandante en jefe de la Junta golpista expresaba: “El golpe le quitó legitimidad democrática a la guerra contra la subversión, aunque nos dio la posibilidad de extender esta guerra a los ambientes político, social, económico, internacional, etcétera, porque pudimos disponer también del poder político”.

Como señala Martín Gras, Catedrático y sobreviviente de la ESMA, “la palabra terrible acá es ‘etcétera’: Videla declara la guerra a un etcétera”.

El plan sistemático de saqueo y exterminio dejó a muchos cómplices bien acomodados. Las garantías de impunidad de la dictadura para cometer sus crímenes se extendieron luego en democracia. Así se constituyó una estructura bien amarrada al poder, con partícipes en diversos ámbitos de la sociedad y el Estado.

En el poder judicial encontramos funcionarios nombrados por la dictadura para justificar secuestros, pasar por alto las torturas, armar causas a los perseguidos y encajonar los hábeas corpus por los desaparecidos. No es la primera vez que vemos jueces que defienden sus propios intereses, porque están implicados.

Descubrir lo poco o mucho que sabemos, ha llevado años, vidas. Generaciones con el ojo abierto y la lupa, buscando pistas debajo de las baldosas. Con el duelo anudado a la garganta. Aprendimos a hablar y a escuchar con cuidado, atentos a los posibles cruzamientos de datos. Con un archivo en la mochila y una copia en la cabeza, de resguardo. A veces olvidamos los nombres de quienes saludamos a diario, para no soltar el de un fulano-de-tal que participó de un operativo de muerte, o de aquel compañero que tal vez pueda aportar algún dato. Avanzamos hacia la misma verdad. Confluimos.

A todos nos faltan los desaparecidos, incluso a los que no lo saben y a quienes no habían nacido.

Reconciliación, venganza, verdad completa, son algunos de los ejes discursivos ante los que debemos plantarnos en esta puja por el sentido de la palabra, para repudiar y combatir los eufemismos con los que se quieren enmascarar los pactos políticos de impunidad.

No se trata del pasado. El embate impunista impacta en la actualidad sobre todo el cuerpo social y da rienda suelta a las fuerzas represivas del presente, que ahora andan sin placa de identificación y sin patente, entran a tu escuela, te bajan del bondi y te dan vuelta la mochila. O quieren hacerte bajar la bandera, te llevan sin motivos por averiguación de antecedentes, por defender los derechos, por resistente, vienen a avallar tu cuadra como si hubiera un fugitivo, a atropellarte con el patrullero o a pegarte un tiro, aunque seas un niño bailando la murga en la puerta de su casa, cualquier hijo de vecino.

Asesinos. Retoños del mal, descendientes directos del odio y la impunidad.

Vuelvo a pensar en la mirada de los ojos malvados.

Conozco sus métodos. Los recuerdo, nadie me lo ha contado. Regresa la incertidumbre a interferir en los sueños, la pesadilla, el insomnio, el sabor amargo. Vuelve a latir en el cuerpo un sentimiento que creía pasado.

No tengo palabras para explicarles a mis hijos que los asesinos de sus abuelos pueden ser liberados.

El beneficio extraordinario para los genocidas es inaceptable. Renueva la rebelión contra lo injusto. La provocación nos saca una vez más a la calle a combatir el terror, con la experiencia de 40 años de lucha, con los dedos en Ve, con el puño en alto.

Vamos con las viejas, los pañuelos blancos, vamos con niños de la mano, con los sobrevivientes y con nuestros muertos presentes, para aprender a defender juntos lo que es de todos: el Estado de Derecho y sus garantías constitucionales, la dignidad: nuestros derechos humanos.

17 marzo 2019

Cabeza Hueca

 

CABEZA HUECA

Una cabeza enorme y un ejército de seres diminutos


 

Estaba boca arriba tirada en el piso del patio. Tenía las extremidades cruzadas sobre el pecho y un gesto solemne alargado, como de conde Drácula. Una imagen mortal. Pensé en mandársela al Malvado, que otra vez no respondía. Era algo que él odiaba y yo quería molestarlo. Por dolerme, por no quererme como yo quería. Llamar su atención, devolverle las agujas, los golpes bajos. Habían entrado a su casa cuando era chico, fue una invasión. Su madre gritaba mientras de pronto trataba de cerrar las ventanas, en medio de la nube desesperada que lo tapaba todo. Millones de manchas cubrían al instante los vidrios y el caos metido en los ojos bloqueaba para siempre la visión. Me hizo acordar a esas escenas donde nada de lo terrorífico es sobrenatural. Lo común fuera de control. Ese miedo y la sensación perdurable en el cuerpo. El espanto encarnadoIgual que el amor. La evocación del amor, o su contracara. El cuerpo muerto. Una cáscara morada, ahí en el suelo, irresistible. Fui a preparar los elementos y por un rato me distraje. Hasta que vi de nuevo su nombre conectado en la grilla y el palpitar acelerado revolvió la pulsión por las venas. Volví al patio por venganza, decidida, armada. Pero no pude. Lo que fui a buscar ya no estaba, el cuerpo había desaparecido. Sólo quedaban desprendidas las alasperdidas por el camino como un deseo y, más allá, entre las plantas, un ejército de seres diminutos arrastrando la cabeza enorme, recorriéndola por dentro, devorándola hasta vaciarla.


17 febrero 2019

Ese lugar

 

ESE LUGAR

Maquillaje rosado sobre la mirada celeste, pregunta sin pestañear: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”


Este lugar. No sé qué hago acá otra vez. ¿Cómo llegué? ¿A qué vine? No lo sé. La marca en la pared, el nombre raspado en la pintura azul, las uñas desplumadas. Estoy ahí sin saber qué hacer, camino sin sentido. Recorro el sitio sin llegar a reconocerlo, excepto por el ambiente contaminado, el ahogo familiar. La densidad del aire le da consistencia a las paredes. Este es el lugar. Piedras sudadas, el suelo mojado y rojo. ¿Cual es el propósito de atravesar todo esto? Seguramente sigo buscando aquello que siempre busco, pero no pienso en eso. No sé en qué pienso. En nada. En olvido. No recuerdo lo anterior. Todo empieza en el mismo pasillo, con las puertas, como siempre. Pero esta vez no es igual. La luz de las claraboyas, algo en esa pared, su piel descascarada. Lo indescifrable ahí escrito, iluminado. Todo alrededor manchado de ausencia. La puerta de metal abierta. ¿Qué hago acá de vuelta? ¿Qué busca mi cabeza en este lugar? Algo falta descifrar. No quiero entender todo, el significado de cada detalle. Me quiero evaporar pero me derrito, me hago agua. Me deshago en el esfuerzo de mantenerme unida. ¿Adónde voy? Donde me lleva la corriente. Canaletas y túneles subterráneos atraviesan la montaña. Su cuerpo abre paso. Contiene lo inconsistente. No hago nada. No hay nada que hacer. Mantener los sentidos en alerta, esperar la señal. La inquietud no puede anticipar lo que vendrá.

Conozco el lugar. Allá donde termina el pasillo, pasando el recodo, está la jaula, y al otro lado la barrera. Estoy cerca de la salida. En un pupitre escolar diminuto en medio del camino, aparece una enorme mujer uniformada. Frente a ella me detengo. Repongo mi cuerpo. Sentada, toma notas en un cuaderno gordo de tapas duras. Levanta la cabeza y con una mano corre su pelo seco a un costado. Maquillaje rosado sobre la mirada celeste, pregunta sin pestañear: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”

 

 

Al principio no sé de quién me habla, pero en seguida me doy cuenta. Mi madre. El bolígrafo en la mano de la mujer. Su letra, el nombre escrito. El olor a podrido. La pregunta se sigue repitiendo en silencio, sin palabras: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”. Ahora habla con los ojos, mientras sonríe severa. Es una provocación, ¿Cómo me va a preguntar a mí cómo está mi madre? Destrozada. No quiero ni saber, no puedo imaginar. ¿Qué forma de tortura es ésta? ¿A quién se le ocurre ponernos a pensar en cómo quedó mi madre? La muerte. Lo incierto. Infierno de sangre en las venas. (¿Adónde va la sangre? ¿Adónde permanece?) Estallo de furia. Con la mujer y conmigo, que la estoy soñando. Escucho mi voz emergente: "¿Cómo me vas a preguntar esto?, le digo. Aunque sé que me lo digo a mí misma. La inquietud es mía. Es mi pregunta. Ella sigue con la boca cerrada, pero también se ríe en una enorme carcajada, mientras otra cara superpuesta me dice que no, que estoy equivocada. “No te hablaba de ella. Por Norma, tu madre adoptiva, te preguntaba: ¿Cómo está ella, cómo quedó?”

El pelo vuelve a cubrirle la cara y ya no la veo. Se cierra el telón y recién entonces descubro que esos ojos celestes manchados de rosado son los de Esther, la amiga de Norma, la que miraba de costado. Odio su sonrisa invisible. Quiero deshacerla en pedazos. Se me atragantan los argumentos. Quiero decir cosas que no me salen y se acumulan. “¡Aquella no es mi madre, mi mamá era otra!”, escucho que grita mi voz sin aire. Pero ella se ríe más fuerte y yo me ahogo más que nunca. Salto encima suyo, la pateo y la golpeo, pero mi cuerpo sin oxígeno no tiene fuerzas. Soy un globo de ira que rebota sin poder lastimar a nadie. La mujer se me caga de risa. Abro los ojos sin poder diluir la impotencia.