05 agosto 2018

LA BUENA LECHE

 

LA BUENA LECHE

 

Tenía un camisón nuevo que había llevado, pero no me entraba de lo enormes que tenía las tetas. Así, como dos sandías parecían, era una cosa impresionante.

Ya cuando tuve a mi primera hija había tenido muchísima leche, así que cuando fui a tener al segundo bebé las enfermeras se acordaban y en seguida me vinieron a hablar. En aquel tiempo era muy común. Se compartía la buena leche. En el hospital había un banco pero a veces no daba abasto, y como yo tenía de sobra, me vinieron a pedir.

Primero para unas bebés mellizas, que habían nacido prematuras. Eran muy chiquititas, aunque estaban bien formaditas, lindas, ya no se parecían a un feto. La familia tenía otras hijas más grandes y esperaban algún varón. En aquella época no se podía saber nada del sexo del bebé mientras estabas embarazada, así que cuando nacieron recién se enteraron. El padre salió a las puteadas al ver que eran dos nenas más. A la mujer entonces le dio tal disgusto que se le cortó la leche y no las pudo amamantar. Yo les di.

Después me vinieron a pedir para otro bebé que tenía muchos problemas de salud. No sé cuantas cosas tenía, un pobre chico con muchísimas dificultades, esto y aquello me dijo la enfermera y yo le di y le seguí dando durante mucho tiempo. No lo conocí a ese bebé, pero lo que sí me acuerdo es que era hijo de un militar. Yo me sacaba la leche que me explotaba de las tetas y la ponía en unas botellitas de vidrio que tenía ahí, siempre esterilizadas, y las guardaba en el refrigerador. Todos los días a las 8 de la mañana las pasaba a buscar un oficial del ejército. Un muchacho joven, que venía con un camioncito verde hasta la puerta de mi casa para llevarse las botellitas.

¡Tanto tiempo pasado! Ya está… o ya fue, como se dice ahora. Aunque a veces me pregunto qué habrá sido de esos chicos. Pasaron tantos años, anda a saber qué serán, ¿verdad? Una siempre quiere pensar cosas buenas, ¿no?, que de un acto solidario de amor nada puede salir mal.

Pero es curioso, porque el día que leí en el diario lo del enfrentamiento tuve esa sensación tan extraña. Dicen que los mamíferos pueden reconocer a la madre por el olor de la leche, pero yo en cambio reconocí a mi hija. No la nombraban en ninguna parte pero yo supe al instante que los milicos lo habían hecho, y que ella no estaba más. 25 años después de haberla parido, volví a sentir ese olor inconfundible y profundo de la propia leche emanando del cuerpo. Volví a ver el camioncito del ejército parado en la puerta de casa. La sonrisa del oficial.

29 julio 2018

Celeste

 

CELESTE

 

Estábamos jugando en la vereda cuando llegaron. Eran un montón de hombres, aunque no puedo decir hombres, porque para mi eran robots gigantes. Llegaron en silencio. O yo no escuché nada. O pensé que era otra cosa. Había sol y estábamos dándole el mate cocido con bizcochos a las muñecas, ni nos enteramos de lo que pasaba. O yo no me di cuenta. O fue tan grande la sorpresa que no sé todo lo que pensé. Aparecieron de golpe y me quedé quieta del susto. Cuando nos dimos cuenta ya estaban por todas partes, en los árboles y en los techos de todas las casas de la cuadra, cerrando el paso en las esquinas, como una invasión. Tenían una ropa especial, como con escudos y unos cascos brillantes que les tapaban las caras. Hacían alrededor el ruido de muchas radios rotas. A la radio de mi abuela en la cocina a veces le pasaba eso y cuando venía ese ruido, ella despacito y con paciencia movía la perilla hasta volver a encontrar la canción que lograba calmar ese ruido fatal.

Celeste clarito era el color de mi casa. Era de material y por eso era más calentita. La hicieron mi papá con mi tío y mi abuelo cuando yo todavía no había nacido. Antes siempre era gris, yo me acordaba de eso. La había pintado mamá hacia poquito con una escalera altísima. Cuando pintaba me decía que me salga de ahí abajo para no mancharme, pero a mí me encantaba mirarla desde ese lugar, se veía tan grande y tan contenta pintando la casa, con todo el sol iluminándola. Celeste clarito era el color de mi casa, un poco más claro que ese cielo que se abría sobre su pelo marrón brillante casi anaranjado.

Parecía otra casa, esa casa, mi casa. Se veía chiquitita ese día con el ejército de robots parados arriba del techo. Eran como insectos monstruosos. Manchas negras moviéndose a gran velocidad.

Bajaron por las paredes colgados de sogas. Me quedé viendo en silencio a esos hombre-araña, como si estuviera lejos de ahí. Me preocupaba por las marcas de las patas que podían quedar en la pintura, mientras veía cómo pateaban la puerta de madera hasta tirarla abajo, deshecha, reventada y todo eso que estaba ocurriendo se volvía una postal definitiva y los insectos entraban en el cuerpo de mi hogar.

No entendí lo que pasó. Me di cuenta del peligro, pero no pude asustarme. No me pasaba nada en el cuerpo. Era como si no estuviera. Me había ido. Como si no creyera lo que estaba pasando. Como si yo ya no fuera yo. Supe que algo estaba roto. O que ya no había ningún lado, ni vuelta atrás.

No sé quién me sacó de ahí. Fue un tirón, como si me hubieran soplado desde adentro de la casa de mi amiga y cerrado la puerta. Fue todo tan rápido que no pudimos ni agarrar las muñecas. Quedaron ahí afuera, sentadas con el mate cocido humeante sobre la mesita, como si nada pasara. Las vi por los huequitos entre las maderas y quise salir a buscarlas, pero no me dejaron. Adentro de la casa, todos estaban de una manera muy rara, acostados debajo de los muebles, con los brazos agarrados a las cabezas y hasta la bisabuela, que tenía como 100 años estaba en el suelo. “Agachate, agachate", decían todos y a mí se me subían los hombros sin entender por qué. Fue solo un momento y entonces no vi quién, pero alguien se me tiró encima y me aplastó con todo el peso del cuerpo en el suelo. Una voz de mujer repetía en susurro “ya va a pasar, ya va a pasar la balacera”, y fue entonces que registré esa palabra y aunque no veía nada, pude ver las balas en la acera. Recién entonces escuché sonidos: las explosiones, los vidrios rotos, los gritos. Hacia calor. El cuerpo que me aplastaba tenía un olor raro, como de mocos mezclados con hierro. Algo gomoso y metálico. Un olor que no volví a sentir jamás, pero que tampoco pude olvidar.

El suelo estaba cubierto de un plástico engomado, color cremoso clarito, con pedacitos rojos, trocitos transparentes y brillitos dorados derretidos dentro. No lo había visto nunca de cerca. Era realmente hermoso. Nunca lo volví a ver. No pude volver a esa casa. Al otro día me llevaron a otra parte. Un lugar que prefiero olvidar.

01 julio 2018

Chechu. El vacío

 

EL VACÍO

Yo. Vos Mamá, papá. Hija. Verdad. Amor. Vacío. No son solamente palabras


—Tenés que conocer a Chechu. Está en la terraza, subí.

Entre plantas autoflorecientes y cajones de cerveza, saludo a la chica que en un solo gesto me convida abrazo, beso, una pitada y la sonrisa grandota toda generosa. Tiene los ojos brillantes y diminutos. Mientras sonríe, sus ojos dicen otra cosa.

También sonrío. Conozco esa forma de sonrisa escudera. Armadura vital. Colchón de espuma que pretende amortiguar el impacto de lo que se porta, de lo que se está por contar. La sonrisa anestesia, es la antesala de lo que dirá.

—Soy apropiadaNo sé quién soy en realidad.

Sus palabras son materia sólida, gruesa, invisible, que le desborda la boca. La sonrisa se quiere estirar al infinito, pero no alcanza a contener la presión, la expresión, la explosión que genera una verdad como esta cuando se libera.

La presentación es una trompada sin preámbulo que me cabe entera.

Sonrisa intacta, ambas. La veo y me veo reflejada en ella.

Silban los oídos. Aúllan. Mareo, marea.

—¿Cómo es eso?, pregunto.

Soy adoptada ilegalmente. Me lo contaron mis viejos. 

Se frena al nombrarlos. Desaparece la sonrisa y cambia la cara, los ojos se miran entonces la punta de la nariz.

—Apropiadores, debiera decir.

Puede ser, claro. ¿Es posible acaso encontrar una forma correcta de nombrar las cosas, cuando es el propio nombre lo que se ha mal nombrado, o se sigue mal diciendo?

Los viejos. Los apropiadores. Los que la criaron, la vistieron y alimentaron. Quienes le mintieron. Quienes le enseñaron las palabras y los silencios. Los mismos que le impusieron un nombre y anularon lo verdadero. Ellos, que le torcieron la cabeza ante el poder vertical, vinieron a decirle hace no tanto lo de la adopción falsa.

De ahí los pocos datos que hay. Un tío militar. Un médico en Chascomús. No mucho más. Un vínculo ilegal que no está inscripto en ninguna parte.

El vacío. Una historia que ahora es tuya. Hace lo que puedas, tomá.

Voces sin gravedad. Sin cuidado, sin compromiso, sin piedad. La charla alivianada. Palabras impunes. Un lindo paquete, con papel de regalo y moño. Toneladas de mierda que no sabemos dónde ubicar. Detrás de la sonrisa, quizás.

Desde entonces ha recorrido todos los caminos, desde Abuelas a la CONADI, y de ahí a la fiscalía especializada en delitos contra la identidad. Dejó su muestra de sangre en el banco nacional de datos genéticos para el cotejo. Espero y esperó, un resultado que hasta ahora es negativo. Pero, ¿acaso eso quiere decir que no? Claro que no. Sabemos que no significa eso. Los análisis genéticos son certeros al 99,9 % en casos afirmativos, pero los negativos nunca pueden ser resultados definitivos, justamente porque el banco de datos es incompleto, guarda solamente el ADN de aquellas familias que pudieron iniciar una búsqueda.

¿Y si no quedó nadie que pudiera buscar?

¿Qué pasa con aquellos en los que se instaló el terror, que no pudieron salir, que el miedo los venció? ¿Qué ocurre con las familias que fueron por completo aniquiladas, donde no ha quedado ni uno solo ser vivo y no hay muestra genética de nadie con quien comparar? ¿Qué hay de aquellos que no supieron que su familiar estaba gestando al momento de desaparecer? ¿Qué ocurre con las adopciones que se tramitaron como legales?

Mi caso, por ejemplo, estuvo por fuera del rango de búsqueda de las Abuelas y no hubo un expediente ni una ficha por tratarse de una situación intrafamiliar. Sabiendo que debe haber muchos casos más de chicos apropiados durante la dictadura que no podemos comprobar, ¿podemos descartar entonces la posibilidad de que esta persona sea hija de desaparecidos? ¿Y si no lo fuera, acaso el Estado no es cómplice de todos modos del falseamiento de su identidad?

Yo me quedo clavada en el tiempo presente de su ser. Soy apropiada”, dijo y tiene razón.

Es ahora, es todo el tiempo la inquietud que punza sobre el origen. Ser apropiada es estar significada desde el error inducido en la lengua.

Yo. Vos. Mamá, papá. Hija. No son solamente palabras. Son mandatos.

La apropiación es un hecho constante, una incógnita que se extiende mientras se mantienen faltantes aquellos elementos fundamentales donde basar la identidad. El apellido trucho no deja de ser un recordatorio. La aceptación de lo ilegítimo. Un premio a la impunidad.

Las preguntas se abren, se ramifican y casi no hay respuestas.

¿Quién soy? ¿Quién sos? Nadie es nadie. ¿Quién es quién?

¿Es lo mismo ser que estar? ¿Anclarse a una identidad falsa para hundirse en ella, o trascenderla? ¿Se pueden romper a través del lenguaje con los mandatos de crianza? ¿Renombrar es resignificar? ¿Hasta dónde se puede llevar un nombre falso? ¿De qué manera la huella de un delito puede constituir parte de la identidad? ¿Puede una persona quedar atada para siempre a una filiación mentirosa e ilegal? ¿Y si no hay una familia a la que restituirse? ¿Cómo se constituye la identidad cuando no se sabe nada del origen? ¿Cómo debiera llamarse, si sabemos que su nombre está mal? ¿Cómo desaprender la lección equivocada para encontrar la propia forma de decir quién soy? ¿Podría uno mismo decidir cómo se va a llamar? ¿En que momento empieza una persona a des-apropiarse? Saberse apropiada, ¿es parte del encierro o del camino en libertad?

Yo también decía mis viejos y les renovaba contrato sobre roles usurpados. Recuerdo la incomodidad pujante de no saber como nombrarlos, y el alivio al final, cuando decidí no llamarlos más.

Yo. Vos.

Mamá, papá.

Hija.

Verdad. Amor.

Vacío.

No son solamente palabras.

 

 

  • La imagen principal pertenece a Pablo Picasso, "Maternidad"

06 mayo 2018

La Espera

 

LA ESPERA

Quisiera salir volando en un cohete a la luna, irme lejos de esta realidad

 

Mi turno es a las 9 30Llego a las 9 porque sé que, mas allá del horario que diga el turno telefónico, reasignan los puestos de acuerdo al orden de llegada. Me levanté a las 6, viajé más de dos horas. Hay tres personas esperando antes que yo, dos chicas y un varón. Los médicos no vendrán hasta pasado el medio día tarde, cuando las enfermeros y los secretarias hayan partido para sus casas. Siempre habrá algún recién llegado que no lo sepa y se ponga a quejarse, nervioso. Los pacientes entrarán una y otra vez en las mismas conversaciones estancas, donde los únicos puntos en común serán las dolencias, los recorridos médicos, tratamientos y derivaciones colaterales. Conversar para matar el tiempo o para dejarse matar en la eternidad del tiempo latente de la espera, hasta que no quede más qué decir, ni ganas de escuchar. El chico es un gay conservador de manual, una de las chicas es adicta recuperada y a la otra la contagió su ex. No participo de la conversación, me quedo callada, aunque quisiera no puedo dejar de escuchar. Tengo un libro, pero es imposible concentrarme. Ahora es fácil, tres pastillitas y a otra cosa. Antes la gente se moría de verdad. Aquí los médicos son buenos, los mejores del mundo, pero hay que saberlo: tardan en llegar.

A la mañana hay movimiento constante en el hospital. Toda la gente es distinta pero al rato todos parecen iguales. Circulan como una gran masa humana coordinada. Pasan de largo con sus estudios de laboratorio, sus piernas rotas, barbijos, sueritos, muletas, amuletos y recetas para autorizar. Bailan hasta perderse por los pasillos acelerados, cada cual a su lugar. A veces me llama la atención alguno y lo sigo con la mirada hasta el final. Imagino su historia, le invento un contexto, de acuerdo a lo poco que veo, gestos corporales, vestimenta, el modo de moverse, la forma de actuar.

Sin embargo los segundos pesan más que las paredes de cemento en esta mole hospitalaria. Las agujas del reloj no se mueven. Hay que ser paciente y saber esperar. El tiempo a veces es una cosa blanda y elástica, que se estira como queso caliente y no se termina de cortar. El momento estático, contenido y quieto, se aferra a un presente que no quiere soltar.

Voy a comprar una gaseosa, doy aviso. ¿Nadie necesita algo de afuera? Voy a bajar. Mi cuerpo, a falta de alimento pide un poco de azúcar y estirar las piernas, aunque sea una vuelta manzana y volver a esperar. Tengo poco dinero, es lo único que voy a poder comprar. Bajo la escalera y al salir la luz encandila, tengo los ojos cansados del encierro y la mente confundida con sensación de nocturnidad. Cruzo al parque pero no me gusta ese lugar. Años atrás me encontraron fumando y me quisieron arrestar. Me tuve que tragar la prueba y argumentar que era medicinal. Nunca más me he sentido segura en esa plaza. Doy una vuelta rápida y me voy. Afuera hace calor, adentro estaba mejor. Quizás llegan los doctores y si no estoy puedo perder mi turno. Estoy atada, vuelvo a entrar.

En el servicio no hay novedades. sobre uno de los bancos de madera, con una mochila de almohada, una de las chicas duerme en posición fetal. La otra camina en círculos y el de allá, mantiene desde hace rato la mirada perdida en la pared con la mancha de humedad.

A mí a veces se me da por contar baldosas. O personas. O colores. Yo cuento la cantidad de gente que conocí a lo largo de los 25 años que hace que me atiendo acá. Cuento los muertos y también las horas muertas, acumuladas, de espera en esta sala. Cuento la cantidad de pastillas que he ingerido. Los metros recorridos en estos pasillos. Cuento las estadísticas que hemos roto. Cuento cada día ganado de vida. Cuento con los pocos que cuento para todo esto.

Pienso en el tiempo, como un precio que estoy obligada a pagar.

A veces parece un castigo, a veces pienso que es tiempo invertido.

El que espera no desespera y cuando se espera no se es manzana, ni nada más.

Pasado el medio día baja el murmullo, la circulación humana empieza a menguar. Como si el corazón del hospital comenzara a bombear más lento. El personal de seguridad en la puerta se relaja, toman mate mientras una ojea una revista y el otro bosteza mirando su celular. Mi bebida cola ya se puso caliente, es un jarabe que tomo de a sorbitos, tiene que durar. Leo un rato. Se me caen los ojos. Ruedan por el suelo. Se me cae la cabeza entera y en el vértigo despierto. Me estoy quedando dormida sentada. Guardo el libro. Me pesa el cuerpo. Quiero dejarme ir, olvidar. Me falta una manta. Una canción de cuna. Un abrazo. Algo que pueda reconfortar.

Me quedo quieta hasta que las ganas de hacer pis me pinchan la panza. Tardo un rato en juntar fuerzas para moverme. En el primer piso hay un solo baño y queda justo en la otra punta de la planta. Hay que dar la vuelta entera, por cualquiera de los dos lados, para llegar. Voy a los tumbos, mareada de ensueño y de esa forma de depresión que me agarra ahí adentro. Quizás falte el aire en ese lugar, también puede pasar.

La puerta del baño esta cerrada, lo han clausurado y el de abajo también. Subo entonces por las escaleras del fondo, al lado de la guardia. Segundo, tercer piso, nada. Ningún baño habilitado. Este lugar inmenso vacío, sin un hueco donde mear, silencio hospitalario y nadie a quién preguntar. Toda esta área parece evacuada. Fuera del tiempo real. Los pasillos empiezan a convertirse en lugares increíbles. Una nave espacial. Un laberinto subterráneo. Una cárcel blindada de la que no se puede escapar. Estoy sola en esta parte del edificio. Escucho el eco de mis zapatos en las escaleras, sigo subiendo. No hay seres humanos en este lugar. Quizás por eso no haya baños. O tal vez fue la nevada mortal, Chernobyl era acá nomás. Soy la única persona viva sobre el planeta. Sobreviví a todo menos a la espera. Creo que estoy enloqueciendo. ¿En qué momento la realidad se empezó a desdibujar? ¿Deliro? ¿Cuando crucé el umbral?

Al llegar al cuarto piso aparece algo que realmente no entiendo y confirma lo peor: estoy viendo cosas que no pueden pasar. Hay un avión enorme adentro de mi hospital. Su cuerpo combado, las ventanillas. No veo las alas, pero sin dudas: es un avión. ¿Cómo llegó eso acá?, pienso mientras me acerco y aparecen ineludibles las imágenes de los aviones reventándose contra las Torres Gemelas, solo que aquí no hay humo, ni gente arrojándose por las ventanas, ni nada trágico. Total normalidad. Excepto por que hay un enorme fuselaje delante mío. Me asomo por las ventanillas redondeadas y a través del doble vidrio, veo en la panza del avión, todas sus butacas y los carteles de prohibido fumar. Sigo caminando hasta encontrar una puerta. Intento abrirla, pero esta cerrada. ¿Cómo llegué yo hasta acá? Un cartel indica que ahí se dictan clases del hospital escuela. Imagino a los alumnos, a los profesores y las azafatas, todos juntos. Parece una locura, pero no. Quizás sea una señal. Quisiera salir volando en un cohete a la luna, irme lejos de esta realidad. En el hospital no hay ningún baño, pero un avión es algo normal de encontrar. Cosas de la espera. Seguro que si lo cuento nadie me lo cree. Cuando venga el médico le voy a preguntar. Mejor voy volviendo, a ver si llega y no me atienden porque no estoy en mi lugar.

08 abril 2018

Supervivencia

 

SUPERVIVENCIA


Buenos días. Llaman para comunicar que el gobierno provincial, después de una pila de años de iniciado el trámite, me otorga la pensión que por ley corresponde como ex detenida desaparecida durante la dictadura. Bien. Mientras indican los pasos a seguir para obtener el alta, no puedo evitar pensar en cuánto ha costado demostrar, y que el Estado reconozca, que los niños también fuimos prisioneros políticos y no solamente un accesorio de nuestros padres en cautiverio. Que no hubo errores, que no hubo excesos, que la población infante era uno de los objetivos, que fuimos destinatarios directos de la violencia de Estado y a la vez utilizados como medios de diseminación del terror, a través de operaciones psicológicas y concretas,.

Necesitábamos de los otros para comprender las repeticiones de una historia inentendible. Para poner en palabras y en primera persona nuestras vidas. Para poder nombrar el daño impuesto como punto de fractura.  Para saber que no somos víctimas, pero sobrevivientes y para darnos cuenta de que no fueron hechos aislados de violencia absurda, sino mecanismos dentro de un plan sistemático de disciplinamiento del pueblo para llevar a cabo un saqueo económico feroz.

Me quedo en las miradas que se sostienen en momentos reveladores, en los pasos que van grabando este sendero, en el camino del reconocimiento colectivo. En el amor.

 La voz sigue dando indicaciones. Me distraje y no entiendo nada.

Recuerdo que era un cuartito azul, o verde claro, que quedaba arriba, donde estuve secuestrada. Había una sola puerta, una silla, un escritorio y no sé de dónde entraba la luz. Desde una claraboya perdida en la memoria vuelven a iluminarse sonidos, olores, texturas, sensaciones en carne viva.

No sé qué me dice. Le voy a tener que preguntar todo de nuevo, pero no interrumpo, dejo que continúe hasta el final. Tiempo. Lo personal es político y mi historia no es solo mía.Aparecen uno a uno los nombres de aquellos niños y niñas que encerraron y todos a los que se llevaron puestos. Aparecen también los sin nombre, todos aquellos que no tienen quien los mencione. Los niños anónimos, exterminados, de mi generación.

Me atraviesa la contradicción de recibir esta pensión de manos de un gobierno negacionista, capaz de relativizar constantemente el genocidio y llamar curro a los Derechos Humanos. Una gestión ejecutora del terror, con presos políticos y niños fusilados por la espalda, cuya plataforma electoral fue la represión a un hospital de salud mental.

Incomoda en algún lugar que no haya llegado antes con los compañeros, pero así son las cosas y aunque sean solo unos pesos, es un alivio en estos tiempos. Son años difíciles: inflación, poca guita, trabajo devaluado y los niños de ahora, que quieren comer todos los días, les crecen los pies y necesitan libros. Se superponen pensamientos y sentimientos. Alivio y pesar.

Hay algo en la voz del teléfono que me hace acordar a la escuela. Detesto el rigor de los trámites. Estoy por pedirle que me envíe todo por escrito, cuando la persona dice: “¡Ah! Casi me olvidaba, ¡algo muy importante! Para cobrar, nos tendrías que dar la supervivencia”.

¡¿La que?! “La supervivencia”. Entonces estallo de risa. ¿La supervivencia? ¡Es lo único que tengo! ¿Como le van a pedir a un sobreviviente, justamente la supervivencia?

Lo que digo no se entiende y la persona al teléfono me explica lo que ya sé: que es un tramite obligatorio en el que hay que demostrar que uno no se encuentra fallecido. Pregunto si con un llamado telefónico de “Hola estoy viva” no podría resolverse, pero no. Los papeles son los papeles. Burocracia que me revuelve las tripas.

¿Y me podrían decir donde tramitar la mal llamada supervivencia?  Muy sencillo: en cualquier registro civil. Pido la info por mail. Corto.

El tema de entregar la supervivencia pasa a ser un tema que me molesta. Una molestia sutil, como un zumbido, que va creciendo cuando en el registro civil me dicen que no, que ellos no hacen ese trámite. Fijate en el ANSES, turno para el mes siguiente. No, acá tampoco, la suya no es una pensión nacional, sale de caja provincial. Con solo hacer un movimiento bancario, a los jubilados les dan por certificada automáticamente la supervivencia, lo intento pero eso no genera el papel sellado que me piden. Me comunico nuevamente con la secretaría para avisar que no consigo tramitar la supervivencia. “Estoy viva” digo, y nuevamente no entienden el chiste. Quizás porque no es un chiste. Me indican que cualquier médico o escribano puede hacer el certificado. No consigo ninguno que lo haga. Me dicen que la policía lo hace, pero es el último lugar al que voy a ir. Hasta que se agotan la posibilidades y el tiempo, entonces voy a la policía y en 5 minutos tengo el certificado en mano.

Acabo de informarles quién soy, dónde estoy, dónde vivo y que cobro una pensión. La misma institución que montó una cacería humana contra mi familia, la misma policía que nos persiguió disparando a mansalva, la misma institución que golpeó de un cachazo a mi padre en la cabeza hasta matarlo, la misma que arrastró de los pelos a mi madre escalera abajo, la misma fuerza bruta que la pateó y la subió a un auto con destino incierto, la misma policía que me separó de ellos y me llevó a otro destino. La misma policía que nos torturó y nos utilizó como elemento de tortura. La misma policía que había metido a toda mi familia presa en el año '72. La misma policía que junto a otras fuerzas represivas ayudó a desaparecer a mi hermana y a su compañero. Esa misma policía es la que ahora me certifica la supervivencia. A esa misma policía debo rendir cuenta trimestral de mi estado vital. 

Respiro. El corazón me late fuerte. Tengo pulso.

Pueden pedirme todo, menos la supervivencia.

 

11 marzo 2018

Códigos

 

CÓDIGOS

Graciela se estira para acercarme una foto de aquella época. Con la yema de los dedos sobre la pantalla, expando la foto y entro. Es una niña apenas crecida la que sonríe rodeada de flores anaranjadas. Dieciocho años tenía cuando fue capturada y veintiséis al salir en libertad.

Para ese entonces era la única de la especie que quedaba en su prisión. Hacía tiempo que todas las presas políticas habían sido trasladadas a penales de Buenos Aires. Pero a mi me trajeron de vuelta a la provincia, por un cuadro asmático severo, dice y explotamos a carcajadas, con la boca abierta hasta las muelas. Nos reímos como podemos, porque todavía podemos, aunque haya que agarrarse las costillas para dominar esa sensación que a veces logra traspasar los umbrales de la tolerancia. Al tumor anárquico empecinado en deshacer los huesos, se le suman las bajas defensas del lupus, el dolor neurálgico de la fibromialgia, el sube y baja azucarado en sangre de la diabetes y quién sabe qué más. Entonces, cuando menciona el asma, nos cagamos mucho de risa, con ese humor que la muerte siempre cercana nos permite.

El día que la liberaron llamaron su nombre y de inmediato las otras presas se empezaron a postular para heredar sus objetos. A mi dejame la manta, a mi los zapatos, para mi el colchón, mientras bajaba las escaleras y se enteraba que se iba en libertad. No lo podía creer. Se estaba yendo de ahí y no sentía ninguna emoción en particular. Estaba como anestesiada. Había descartado la posibilidad de irse tantísimo tiempo atrás y deshecho esa esperanza como escudo mecánico de defensa, para sobrevivir, para poder aguantar.

El impacto llegó a partir del día siguiente, con toda la familia reunida en la finca, bajo un cielo tan amplio como no recordaba que existiera. Un cielo azul soleado. Abrumador. Un cielo luminoso, capaz de proyectar con nitidez la silueta de las sombras y dimensionar de golpe todo el encierro. Quizás por eso no sonó tan raro cuando dijo que el cielo abierto le dio claustrofobia.

Ese día tuvo que buscar refugios donde encerrarse un momento. Un lugar donde estar sola, a resguardo para poder respirar, el tiempo que tardara en llegar la niña espiona, siempre dispuesta a encontrarla, como si fuera un juego ir a avisar a todos cuando la descubría escondida en algún rincón. Nadie parecía entender que un simple cielo pudiera hacer llorar.

Con los códigos cambiados, las compañeras lejos y los fantasmas cerca. Con la tristeza a contramano, era imposible volver como si nada, bancar el peso de las normas sociales de convivencia establecidas donde nunca nada está mal.

Hablamos del adentro y del afuera. De la pertenencia, de lo cotidiano. De la solidaridad. De la distancia entre un mundo y otro. De la añoranza. Del tiempo cuando se va. De lo irreversible. Del dolor. De la tortura. Del mal. De lo que a veces se hace normal. De lo que pasó entonces. De lo que pasa acá.

Mientras habla se acaricia la cabeza y me invita también a descubrir la suavidad de su cuero cabelludo expuesto, la pelusa blanca, vidita que resurge y quiere asomar. Sonríe y ante lo que cualquiera pudiera ponerse triste, ella descubre en ese reconocimiento posible, una forma nueva de belleza, un tesoro, una pequeña felicidad.

El año pasado le dieron cuatro meses de vida, que ya pasaron y acaban de prorrogar. Todavía hay cosas pendientes, historias que no se pudieron contar. Como la sistematicidad de los consejos de guerra. Como las sensaciones que hubo que guardar. Como la mano de la compañera de cucheta que pedía no la fuera a soltar. Como el día que estando encerrada le pidieron ropa para un bebé que acababa de llegar. Como fue volver a la vida, salir, reinscribirse en la facultad. Ver lo que había quedado. Enfrentar los prejuicios. Rearmarse de compañeros. Luchar. Tejer lazos fuertes. Construir justicia. Transmitir memoria. Amar.

Algún día alguien tiene que escribir todo esto, me dice tomándome de las dos manos. Pero primero hay que contar que, desde que llegó el diagnóstico irreversible, las compañeras reafirmaron su presencia, están. Son más de 30 y tienen un cronograma diario para cuidarla, que es mucho más que irla a visitar. Es femenina la fuerza y feminista el compromiso que sostiene. Son los viejos códigos solidarios que nunca pudieron aniquilar.

 

 

18 febrero 2018

PLATOS ROTOS

 

PLATOS ROTOS

En la casa había tres juegos de vajilla fina. No se usaban casi nunca, pero siempre tenían que estar listos, impecables, como si se fueran a usar.

El de la Señora era el más antiguo, heredado de su abuela, mire si tendría años. Una porcelana tan fina, de la que ya no hay más. Había que tener verdadero cuidado con esos, especialmente al apoyarlos y apilarlos, entre plato y plato, siempre, una hojita de papel para protegerlos.

Mi favorito era el juego que traía relieve en los bordes, con florcitas chiquitas pintadas de todos los colores... Tan alegres y distinguidos como un palacio de primavera, así decía la señora cuando estaba contenta. Esos eran parte del regalo de bodas. Se usaban solo para las reuniones importantes.

En la vitrina estaba la vajilla de los escuditos, que no se usaba para comer. Era un recuerdo de juventud del Señor. A esos solo había que repasarlos con un poco de alcohol y nada más. Si no había visitas, los que se usaban a diario eran los irrompibles de vidrio, infalibles, de batalla.

El Chiquito tenía su juego personalizado de cubiertos plásticos.

Fue una revolución cuando llegó. Nos cambió la vida a todos. La Señora sacó a relucir su lado más tierno, era como si le hubiese entrado color. El Señor lo tomó de protegido. Él siempre fue un hombre muy estricto, pero al Chiquito siempre lo adoró. A este lo voy a sacar bueno, decía, y yo doy fe de su esfuerzo, de su preocupación.

Con el hijo fue tan distinto. Era muy severo. Eran otros tiempos. Se llevaron mal desde siempre, nunca tuvieron buena relación. Era un chico muy difícil. Así salió.

Si me acordaré de aquellos años... Me pregunto dónde se ha ido el tiempo, porque parece que fue otra vida y ya no sé cuándo fue que se usaron por última vez estos platos, los buenos. Años sin recibir visitas, sin un solo evento social. ¿Dónde habrá ido a parar toda esa gente? En las buenas venían todos, pero en las malas… quedo yo, nomás.Era un tiempo espectacular aquel. Cuando llegaban, se les servía un cóctel en el jardín, con canapés y masitas. Luego la Señora bajaba, les daba la bienvenida a todos y los invitaba pasar a la casa.

Era tan linda la Señora cuando se arreglaba…

Los invitados eran gente muy importante, compañeros del Señor con sus esposas, todas tan elegantes… Llegaban en esos autos, con sus sacones de piel, y yo me tenía que acordar de qué Señora era cada abrigo, porque cuando se iban no podía haber errores. Yo los recibía en el jardín, cerca de la entrada, parada junto a la ponchera y la bandeja de saladitos.

Luego, antes de la cena, corría para ayudar a la Señora a prepararse. Y tenia que cuidar que el chico no molestase a los invitados del Señor. No se cómo hacía, la verdad, para estar en todo. Eran gente muy exigente.

Había que tener los rincones impecables, estar en cada detalle: los bronces, los caireles de las lámparas, los manteles, la vajilla… Empezábamos con días de anticipación. A veces ensayábamos, como si fuera una obra teatral.

Reluciente tenía que estar todo para las visitas.

Fue tanto tiempo atrás.

La pobre Señora pasaba tanto tiempo sola… En el fondo ella nunca tuvo amigas, o alguien con quien charlar. Solo esas esposas, de puro compromiso, y yo, claro, que no era lo mismo.

El Señor se desvivía por su trabajo, pasaba los días atareado, sin descansar por sus responsabilidades. Cuando llegaba estaba siempre cansado, distante. Imponía respeto. A todos menos al Chico, que lo volvía loco. Le tenía tomado el tiempo, al Señor.

Conozco a ese Chico como si fuera mío, lo vi crecer. Un Chico precioso. Lo tenía todo, pobrecito, nada le alcanzaba, nunca estaba satisfecho.

Bueno, no fue fácil esa época. Y después fue peor.

Agarró la calle y solo sabíamos de él cuando había problemas. Se lastimaba. Empezaron a faltar cosas de valor. Me revisaron el cuarto y los bolsos muchas veces. Yo tenía la conciencia tranquila, porque no soy ladrón.

No era un mal Chico, para mí que solo quería llamar la atención. La Señora no podía aceptar que fuera él, pero para el Señor no había dudas, y aunque para mi tampoco, nunca hubiese dejado a un hijo mío a la calle. Pero el Señor no pensaba así y lo echó sin que le temblara la voz.

Cuando volvió casi no lo reconocí, estaba flaco, sucio y muy desmejorado. Hacía años que no aparecía. Esa vez vino con la Chica. Muy delgadita, se le notaba apenas la panza.

Desde el jardín de invierno, escuché la voz aguda de la Señora, que gritaba como nunca la había escuchado gritar en su vida: ¿Justo a una zurda ibas a embarazar? ¿Para esto te dimos todo? ¡Abrí los ojos!

Calmate, le decía el Señor, pero la Señora no se calmaba, insistía, habiendo mil chicas perfectas justo esa se fue a buscar. ¡Esa Chica es el enemigo! ¡Date cuenta!, dijo. y entonces el Señor subió la voz y dijo una sola palabra: Callate. Y la calló, con esa voz seca y firme que usaba para las cosas de su trabajo. No pude escuchar lo que dijo después. Su voz era un murmullo grave que no quise oír. No sé qué pasó. Al rato fueron todos tranquilos al comedor, almorzaron en orden y esa misma tarde se instaló la Chica en la casa.

Al día siguiente la Señora se fue de viaje a Europa. Fue poco tiempo, un embarazo corto.

Durante esos meses cuidamos de la Chica, le dimos de comer bien y la vino a atender varias veces el Doctor Menéndez, viejo amigo del Señor. Él la puso en un programa de desintoxicación, con una dieta estricta.

El Chico volvió enseguida a la calle. La Chica quedó acá.

Por lealtad a la Señora, yo mucho no le hablaba. Le preparaba mis mejores platos y también rezaba por ella cada noche. Pobre criatura. Le servía en los platitos de porcelana fina con florecitas de colores, para que se avivara un poco, estaba como muerta esa Chica. Pasaba todo el día encerrada y triste, parecía un fantasma, con la mirada que tienen los monos en el zoológico. No iba a andar bien.

Una vez, después de comer, apareció en la cocina y se quiso poner a lavar los platos. ¿A quien se le ocurre? Casi me muero. ¡La porcelana de la señora! Hay que tener verdadero cuidado con esos platos, especialmente al apoyarlos. La tuve que echar de ahí, menos mal que nadie nos vio.

Yo creo que lo hacía de nerviosa. Era de esas chicas que no sabían dónde estar, no sabía comportarse. De pronto la dejaban sola, acá en la casa, y yo no sabía qué hacer con ella.

Otra vez la encontré llorando en la despensa. Yo estaba cocinando y justo me faltaban tomates para la salsa. Era un domingo, porque al Señor le gusta comer ravioles con estofado los domingos, por eso entré a buscar los tomates… ¡y me di un susto bárbaro cuando la encontré! Estaba en el rincón detrás de la puerta, hecha un ovillo. Lloraba en silencio, tragando el aullido. Tenía la cara roja. No pregunté. Me mató de pena. Era como un animalito asustado, pobrecita. Apenas le puse una mano en la espalda se me derritió a los pies. Sollozaba como nunca vi a nadie, tenía la pena más grande que yo hubiese visto en mi vida. Me dio mucha tristeza. Casi se me queman la cebollas. Por suerte el fuego estaba bajito. Pobrecita. En cuanto se repuso, se puso a juntar los tomates que se habían caído al suelo.

No era mala persona. Era un problema.

Al fin y al cabo, es como en las telenovelas, las muchachas siempre eligiendo al hombre equivocado… insisten, aunque no va.

A pesar de todo ella era bastante linda, y con esa historia tan triste. A veces me contaba, y aunque me estrujaba por dentro, yo me quedaba en silencio. Dios me perdone. Era mi trabajo, no podía preguntar.

No encajaba. Ni siquiera tenía familia. La había criado una tía, la prima de su mamá, o algo así. Una Chica abandonada, que se la pasó en la calle… ¿Cómo no iba a terminar mal?

Estaba en la biblioteca, donde se guardan las cosas del Señor, sus papeles, medallas y condecoraciones, cuando rompió la fuente. No había nadie más en la casa. El Señor había salido a una reunión importante. Yo tuve que llamar la ambulancia. Fue una sorpresa, vino muy prematuro el bebé.

La Chica lloraba y llamaba a su madre. Pobrecita.

La mancha de la alfombra no salió más, intenté con todo, pero no la pude sacar. Hubo que tirarla, una pena. Yo no sé qué hacía la chica ahí, en el estudio del Señor. Después de eso no la vi más. Se fue del hospital y dejó abandonado al bebé. Al final hizo lo mismo que su madre. ¿Cómo puede una mujer hacer algo así?

Cuando le dieron el alta, el Chiquito quedó con nosotros. La Señora volvió en seguida de viaje. Por suerte tuvo estos abuelos maravillosos. Le salvaron la vida. ¿Qué hubiera sido de él sin su ayuda?

Fue una brisa fresca su llegada. La Señora rejuveneció veinte años… y al Señor nunca le había visto esa sonrisa. El nene era un sol. Distinto de los otros chicos, pura dulzura. A mi me daba pena.

La madre nunca vino a verlo. El padre volvió alguna vez a la casa, y el Chiquito no lo reconoció.

Pensé que ese chico se había mandado alguna macana, otra de las suyas, cuando vino la policía. Eran varios patrulleros. Se me aflojaron las piernas, el cuerpo se me puso frío. Todo fue muy rápido, recuerdo que quise correr escaleras arriba para ayudarlo a escapar. Hubiese dado la vida para proteger a este Chico. Pero entonces la Señora hizo algo que no hacía nunca. Dijo: dejá María, que yo atiendo, y a partir de entonces todo se volvió raro y lento, como en los cuentos.

Me quedé paralizada, como si fuera un mueble, una estatua, como si no estuviese ahí.

La Señora hablaba con la policía en la puerta y leía un papel, cuando de pronto la boca se le puso en forma de U, se tomó el pecho con la punta de los dedos y se le encogió el cuerpo. Entonces entró a la sala el Señor, vestido con su viejo uniforme. Parecía estar viéndolo en su época de esplendor, una estampa burlando al tiempo.

Yo no escuchaba nada. Era como una película muda, no sé qué me pasó. Porque pasaba todo junto.

La Señora miró al Señor, le decía no con la cabeza. Pero él parecía decir que sí, con toda la seguridad de su cuerpo.

Entonces escuché al Chiquito que lloraba. Y a las sirenas. Y el ruido del televisor que se había quedado encendido en el canal del niño.

Ahí se me cayeron los platos, pero a nadie le importó.

El Señor puso los brazos hacia adelante al llegar a la puerta y dijo algo del honor y la patria, una de esas cosas que no recuerdo exactamente.

En cuestión de segundos le pusieron candado a las manos y se lo llevaron.

Escuché los autos alejarse sin entender qué había pasado.

Fue un instante. La Señora quedó parada en la puerta. Con el papel en alto y la otra mano en el pecho. Estaba de espaldas. No me voy a olvidar nunca.

Dio vuelta la cabeza así y me miró. Si, me miró. Lo último que hizo fue mirarme. Fue un instante. Algo quiso decirme. Tenía una cara sorprendida. Como los niños, cuando descubren algo. Si, era una mirada como de niña, en unos ojos viejos. Entonces se desplomó. Cayó con todo su peso muerto al suelo y se golpeó la cabeza contra el marco de la puerta.

En un segundo era todo un charco de sangre. Tuve que llamar a la ambulancia… ¡y lo que tardó! Yo no sé si se hubiera salvado, pero casi veinte minutos tardó en llegar la ambulancia. Pobre señora.

Pobre Señor.

Pobre Chiquito.

¿Ahora quién lo va a cuidar?

¿Quién va a juntar los platos rotos?

21 enero 2018

Secreto

 

SECRETO

Santiago vive en Córdoba y tiene un hijo muy parecido a él.

Recuerdo cuando llegó a la familia. Fue un acontecimiento particular. Imposible olvidar.

Nada apasionaba a mi madre, ella nunca estaba alegre. No cocinaba, no bailaba, no cantaba ni se vestía para la ocasión. Cualquier cosa que rompiera la rutina era un llamado de atención.

Ese día me di cuenta de que algo pasaba, porque ella se había arreglado y a mí también. Me puso colonia, los zapatos de salir y una falda elegante. Me tironeó del pelo más de lo habitual y me lo ató con las gomitas ajustadas. Sin lugar a dudas algo memorable estaba por ocurrir, por eso no me quejé de nada. Abrí grandes los ojos, los oídos, cada uno de mis poros y esperé en silencio hasta saber.

Vamos a visitar a la tía, que tuvo un bebé. ¿Lo querés conocer?

Era tan extraño ver así de entusiasmada a mamá, que lo que estaba diciendo tardó en llegar. Me distrajo la cercanía de su máscara oculta. El latido de adrenalina en esos ojos saltones, extraordinariamente abiertos.

La tía tuvo un bebé. Las palabras excitadas volvían en un eco. Eso era raro también. La tía no había estado embarazada. Estaba segura. Vivíamos a pocas cuadras, íbamos todo el tiempo de visita. Ella era muy linda, delgada, pelirroja y siempre alegre. Su marido era médico, usaba barba y era un hombre callado. Tenían un perro grande, un gato anaranjado y ningún bebé en la panza.

No entendí lo que pasaba y no sé si llegué a preguntar, o si la respuesta se anticipó. Mi madre prendió un cigarrillo y entonces dijo todo junto, lo del secreto y lo de la adopción. Mientras hablaba, la nube de humo salía lento a través de la boca en movimiento, desde el fondo del volcán de su garganta.

Esto no se lo podemos contar a nadie, decía mientras me acomodaba los botones del abrigo para salir. Cuando callaba, el humo se le escapaba por la nariz y la bruma tejía una mantilla volátil que le cubría toda la cara, le hacía entrecerrar los ojos y no la dejaba ver.

Madre es quien te quiere, quien te cría, decía y tosía y seguía hablando de lo difícil que era hacer una adopción, con tantos papeleos, una cosa interminable, imposible. Decía. Pausaba. Inhalaba. Exhalaba. La brasa era hipnótica cuando el rojo se volvía más intenso.

A este bebé la mamá no quería tenerlo. No tenía cómo mantenerlo. No podía. La tía ayudó. ¿Entendés? Vos solo tenés que saber que nadie lo tiene que saber. No lo debés contar. ¿Te vas a acordar? Imaginate que nos encariñamos con el bebé y después vienen y se lo llevan. Se pondría muy triste la tía, ¿no?

Tenía mucho pelo, la piel trigueña y los ojos verdes, ese bebé.

La tía lo exhibía orgullosa, con gestos ampulosos y teatrales. Ella era así, un poco exagerada. Divertida. Había tenido ese bebé enorme, que sonreía despierto, distinto de todos lo demás.

Cuando le acaricié la mano me agarró el dedo con fuerza.

No parecía un recién nacido, aunque yo no sabia mucho de recién nacidos.

Uno de sus ojos tenía la mirada extraviada.

Fue instantáneo encariñarse, quererlo.

Guardar adentro las preguntas.

Hacer mío el secreto. Encarnarlo. Temer perderlo.

Nadie iba a llevarse a ese bebé, que ya era nuestro.

 

Ángela Urondo Raboy es poeta.