10 mayo 2019

2x1 Compensen el terror, los años perdidos.

 

DERECHOS HUMANOS Y EL 2X1


COMPENSEN EL TERROR, LOS AÑOS PERDIDOS

“No existe 2 x 1 para esta pena nuestra. Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos”. Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos de este fallo de la "Suprema Corte de Injusticia" dice en este manifiesto la escritora Ángela Urondo.

En esta ciudad, en el día de la fecha, el Tribunal Oral en lo Federal Criminal, en forma definitiva falla: Condenando a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua por ser coautores mediatos penalmente responsables de los delitos de privación abusiva de la libertad agravada por mediar violencia y amenaza, imposición de tormentos agravada por la condición de detenido político de la víctima, homicidio calificado por alevosía por el concurso premeditado de dos o más personas y con el fin de procurar impunidad, homicidio calificado por alevosía en perjuicio de las víctimasDelitos tipificados en el Código Penal y en concurso real, calificándolos como de Lesa Humanidad y cometidos en el contexto de delito internacional de Genocidio. Ordenando que los condenados cumplan las penas impuestas en los establecimientos dependientes del Servicio Penitenciario Federal que resulten adecuados a sus condiciones de salud, a cuyo fin deberán tener en consideración las pericias e informes médicos obrantes. Por tanto se revoca la excarcelación o eximición de prisión o prisión domiciliaria que gozaron durante el proceso y se dispone su inmediata detención en los establecimientos que correspondan, se hacen efectivos los traslados dispuestos. El juicio ha concluido en esta instancia. Todas las partes quedan notificadas.

 

Obediencia Debida, Punto Final e Indulto son los precedentes históricos del fallo que emitió la Suprema Corte de Injusticia, para la aplicación de la Ley del 2 x 1 que permite liberar a los condenados por crímenes de Lesa Humanidad. Un nuevo mecanismo que intenta consagrar la impunidad en democracia.

Si bien genocidio viene con impunidad y a veces parecen lo mismo, hay que diferenciar: el genocidio es un cúmulo de crímenes irreparables, cuyo daño es permanente. La impunidad es un daño aparte, que sin embargo tiene una cura: la Justicia. 

Cuando le quitan remedio el herido –al pueblo herido–, despierta un dolor remitente que revive la pena causada por el principal de los daños, el irreversible.

No existe 2x1 para esta pena nuestra.

Salgan a hablar, rompan al medio el pacto de silencio militar. Que digan donde están los desaparecidos. Queremos a nuestros padres vivos. Devuelvan la mitad de lo robado. Compensen el terror, los años perdidos. Pongan en libertad hoy mismo a los nietos que tienen escondidos. Basta de burla, de cinismo y de políticas de olvido. Basta de negar a los 30 mil. No hay que reconciliarse con lo que hace daño. La posibilidad de que sea genocida el vecino es una tortura. La verdad completa se llama terrorismo de Estado y es delito el negacionismo.

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El genocidio no fue guerra, ni lucha anti subversiva, como le quieren decir, fue un mecanismo de acción terrorista por parte del Estado, que apuntó contra todo el pueblo.

“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente, mataremos a los tímidos”, decía Ibérico Saint Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires.

Por su lado, Jorge Rafael Videla, comandante en jefe de la Junta golpista expresaba: “El golpe le quitó legitimidad democrática a la guerra contra la subversión, aunque nos dio la posibilidad de extender esta guerra a los ambientes político, social, económico, internacional, etcétera, porque pudimos disponer también del poder político”.

Como señala Martín Gras, Catedrático y sobreviviente de la ESMA, “la palabra terrible acá es ‘etcétera’: Videla declara la guerra a un etcétera”.

El plan sistemático de saqueo y exterminio dejó a muchos cómplices bien acomodados. Las garantías de impunidad de la dictadura para cometer sus crímenes se extendieron luego en democracia. Así se constituyó una estructura bien amarrada al poder, con partícipes en diversos ámbitos de la sociedad y el Estado.

En el poder judicial encontramos funcionarios nombrados por la dictadura para justificar secuestros, pasar por alto las torturas, armar causas a los perseguidos y encajonar los hábeas corpus por los desaparecidos. No es la primera vez que vemos jueces que defienden sus propios intereses, porque están implicados.

Descubrir lo poco o mucho que sabemos, ha llevado años, vidas. Generaciones con el ojo abierto y la lupa, buscando pistas debajo de las baldosas. Con el duelo anudado a la garganta. Aprendimos a hablar y a escuchar con cuidado, atentos a los posibles cruzamientos de datos. Con un archivo en la mochila y una copia en la cabeza, de resguardo. A veces olvidamos los nombres de quienes saludamos a diario, para no soltar el de un fulano-de-tal que participó de un operativo de muerte, o de aquel compañero que tal vez pueda aportar algún dato. Avanzamos hacia la misma verdad. Confluimos.

A todos nos faltan los desaparecidos, incluso a los que no lo saben y a quienes no habían nacido.

Reconciliación, venganza, verdad completa, son algunos de los ejes discursivos ante los que debemos plantarnos en esta puja por el sentido de la palabra, para repudiar y combatir los eufemismos con los que se quieren enmascarar los pactos políticos de impunidad.

No se trata del pasado. El embate impunista impacta en la actualidad sobre todo el cuerpo social y da rienda suelta a las fuerzas represivas del presente, que ahora andan sin placa de identificación y sin patente, entran a tu escuela, te bajan del bondi y te dan vuelta la mochila. O quieren hacerte bajar la bandera, te llevan sin motivos por averiguación de antecedentes, por defender los derechos, por resistente, vienen a avallar tu cuadra como si hubiera un fugitivo, a atropellarte con el patrullero o a pegarte un tiro, aunque seas un niño bailando la murga en la puerta de su casa, cualquier hijo de vecino.

Asesinos. Retoños del mal, descendientes directos del odio y la impunidad.

Vuelvo a pensar en la mirada de los ojos malvados.

Conozco sus métodos. Los recuerdo, nadie me lo ha contado. Regresa la incertidumbre a interferir en los sueños, la pesadilla, el insomnio, el sabor amargo. Vuelve a latir en el cuerpo un sentimiento que creía pasado.

No tengo palabras para explicarles a mis hijos que los asesinos de sus abuelos pueden ser liberados.

El beneficio extraordinario para los genocidas es inaceptable. Renueva la rebelión contra lo injusto. La provocación nos saca una vez más a la calle a combatir el terror, con la experiencia de 40 años de lucha, con los dedos en Ve, con el puño en alto.

Vamos con las viejas, los pañuelos blancos, vamos con niños de la mano, con los sobrevivientes y con nuestros muertos presentes, para aprender a defender juntos lo que es de todos: el Estado de Derecho y sus garantías constitucionales, la dignidad: nuestros derechos humanos.

17 marzo 2019

Cabeza Hueca

 

CABEZA HUECA

Una cabeza enorme y un ejército de seres diminutos


 

Estaba boca arriba tirada en el piso del patio. Tenía las extremidades cruzadas sobre el pecho y un gesto solemne alargado, como de conde Drácula. Una imagen mortal. Pensé en mandársela al Malvado, que otra vez no respondía. Era algo que él odiaba y yo quería molestarlo. Por dolerme, por no quererme como yo quería. Llamar su atención, devolverle las agujas, los golpes bajos. Habían entrado a su casa cuando era chico, fue una invasión. Su madre gritaba mientras de pronto trataba de cerrar las ventanas, en medio de la nube desesperada que lo tapaba todo. Millones de manchas cubrían al instante los vidrios y el caos metido en los ojos bloqueaba para siempre la visión. Me hizo acordar a esas escenas donde nada de lo terrorífico es sobrenatural. Lo común fuera de control. Ese miedo y la sensación perdurable en el cuerpo. El espanto encarnadoIgual que el amor. La evocación del amor, o su contracara. El cuerpo muerto. Una cáscara morada, ahí en el suelo, irresistible. Fui a preparar los elementos y por un rato me distraje. Hasta que vi de nuevo su nombre conectado en la grilla y el palpitar acelerado revolvió la pulsión por las venas. Volví al patio por venganza, decidida, armada. Pero no pude. Lo que fui a buscar ya no estaba, el cuerpo había desaparecido. Sólo quedaban desprendidas las alasperdidas por el camino como un deseo y, más allá, entre las plantas, un ejército de seres diminutos arrastrando la cabeza enorme, recorriéndola por dentro, devorándola hasta vaciarla.


17 febrero 2019

Ese lugar

 

ESE LUGAR

Maquillaje rosado sobre la mirada celeste, pregunta sin pestañear: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”


Este lugar. No sé qué hago acá otra vez. ¿Cómo llegué? ¿A qué vine? No lo sé. La marca en la pared, el nombre raspado en la pintura azul, las uñas desplumadas. Estoy ahí sin saber qué hacer, camino sin sentido. Recorro el sitio sin llegar a reconocerlo, excepto por el ambiente contaminado, el ahogo familiar. La densidad del aire le da consistencia a las paredes. Este es el lugar. Piedras sudadas, el suelo mojado y rojo. ¿Cual es el propósito de atravesar todo esto? Seguramente sigo buscando aquello que siempre busco, pero no pienso en eso. No sé en qué pienso. En nada. En olvido. No recuerdo lo anterior. Todo empieza en el mismo pasillo, con las puertas, como siempre. Pero esta vez no es igual. La luz de las claraboyas, algo en esa pared, su piel descascarada. Lo indescifrable ahí escrito, iluminado. Todo alrededor manchado de ausencia. La puerta de metal abierta. ¿Qué hago acá de vuelta? ¿Qué busca mi cabeza en este lugar? Algo falta descifrar. No quiero entender todo, el significado de cada detalle. Me quiero evaporar pero me derrito, me hago agua. Me deshago en el esfuerzo de mantenerme unida. ¿Adónde voy? Donde me lleva la corriente. Canaletas y túneles subterráneos atraviesan la montaña. Su cuerpo abre paso. Contiene lo inconsistente. No hago nada. No hay nada que hacer. Mantener los sentidos en alerta, esperar la señal. La inquietud no puede anticipar lo que vendrá.

Conozco el lugar. Allá donde termina el pasillo, pasando el recodo, está la jaula, y al otro lado la barrera. Estoy cerca de la salida. En un pupitre escolar diminuto en medio del camino, aparece una enorme mujer uniformada. Frente a ella me detengo. Repongo mi cuerpo. Sentada, toma notas en un cuaderno gordo de tapas duras. Levanta la cabeza y con una mano corre su pelo seco a un costado. Maquillaje rosado sobre la mirada celeste, pregunta sin pestañear: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”

 

 

Al principio no sé de quién me habla, pero en seguida me doy cuenta. Mi madre. El bolígrafo en la mano de la mujer. Su letra, el nombre escrito. El olor a podrido. La pregunta se sigue repitiendo en silencio, sin palabras: “¿Cómo está ella, cómo quedó?”. Ahora habla con los ojos, mientras sonríe severa. Es una provocación, ¿Cómo me va a preguntar a mí cómo está mi madre? Destrozada. No quiero ni saber, no puedo imaginar. ¿Qué forma de tortura es ésta? ¿A quién se le ocurre ponernos a pensar en cómo quedó mi madre? La muerte. Lo incierto. Infierno de sangre en las venas. (¿Adónde va la sangre? ¿Adónde permanece?) Estallo de furia. Con la mujer y conmigo, que la estoy soñando. Escucho mi voz emergente: "¿Cómo me vas a preguntar esto?, le digo. Aunque sé que me lo digo a mí misma. La inquietud es mía. Es mi pregunta. Ella sigue con la boca cerrada, pero también se ríe en una enorme carcajada, mientras otra cara superpuesta me dice que no, que estoy equivocada. “No te hablaba de ella. Por Norma, tu madre adoptiva, te preguntaba: ¿Cómo está ella, cómo quedó?”

El pelo vuelve a cubrirle la cara y ya no la veo. Se cierra el telón y recién entonces descubro que esos ojos celestes manchados de rosado son los de Esther, la amiga de Norma, la que miraba de costado. Odio su sonrisa invisible. Quiero deshacerla en pedazos. Se me atragantan los argumentos. Quiero decir cosas que no me salen y se acumulan. “¡Aquella no es mi madre, mi mamá era otra!”, escucho que grita mi voz sin aire. Pero ella se ríe más fuerte y yo me ahogo más que nunca. Salto encima suyo, la pateo y la golpeo, pero mi cuerpo sin oxígeno no tiene fuerzas. Soy un globo de ira que rebota sin poder lastimar a nadie. La mujer se me caga de risa. Abro los ojos sin poder diluir la impotencia.


16 diciembre 2018

Un Beso

 

UN BESO

Si me das un beso te regalo una muñeca tan grande como vos


Su voz en la oscuridad de la habitación sonó completamente desconocida. Abrí grandes los ojos. Creía que si lo veía reconocería a mi primo mayor. Busqué en ese vacío un brillo, una mancha en movimiento, pero no, nada. De lo invisible salía la voz.

Una de las que hablan, te doy.

Pensé en la muñeca, en nuestros padres y en el beso. En eso que se iba haciendo lugar en el aire encerrado de la habitación.

Solo un beso y te regalo una tan grande como vos.

Era la necesidad desesperada de esa voz que ya no parecía la de Martín lo que me inquietaba. Era la voz del Lobo en cama de Abuelita. Era su olor, su jadeo al acecho en la espesura ciega del bosque. Intenté hacer silencio, parecer dormida. No lograba aquietar el pecho, no podía callar los latidos, ni el sonido de mi respiración.

No tiene nada de malo, nada más un beso y te doy la muñeca más linda del mundo. Una que acá no existe. Todas tus amigas la van a querer usar.

Era cierto, no había nada de malo en dar un beso, especialmente a alguien de la familia. Si nos saludábamos siempre con un beso. Sin embargo, la piel ardida de vergüenza, como cuando un chiste no se entiende. Esa curiosidad. No, no era por la muñeca. Era la cercanía, la posibilidad de ayudarlo para que vuelva a ser el de antes, el de siempre. Nada de malo, solo un beso para romper el hechizo y acabar con la incomodidad.

En cuanto lo pensé, fue como si hubiera accedido. No hubo opción. Las manos llegaron por debajo de las sábanas y entraron por el camisón. El cuerpo pesado me fue aplastando hasta quitarme todo el aire y cortar la respiración. Entonces la voz ordenó:

Tenés que darme un beso ahora.

Mi boca se frunció obediente en un pico cerrado, capullo de inocencia y aunque no veía nada, cerré los ojos, entregada, lista para descubrir la verdad de aquellos besos mágicos de los cuentos de hadas, capaces de convertir sapos en príncipes o revivirnos de la muerte. El beso como cura. Un beso suave. Puro. Aireado. Un beso salvador.

No esperaba que existiera algo más.

De pronto la boca se llenó de gusanos. Recordé entonces el primer día en el mar. La fuerza de las olas, la espuma en la rompiente, el cuerpo revuelto. La sal, la piel raspada en la arena. Pensé en los pulpos con sus tentáculos y ventosas y en las gaviotas cuando se zambullen al agua para capturar a sus presas sin siquiera dejar de volar. Vinieron entonces las sombras del viento cuando arrastra la tormenta. El frío del agua que cae y no deja parpadear. Las pestañas de las muñecas cerrándose al acostarlas. Los caracoles del jardín de los abuelos. El cielo abierto, como una boca húmeda, tragándose todo.

Era un beso, nada más.

Después todo siguió igual, pero distinto.

Guardé el secreto junto a las muñecas y ya no quise jugar más.

15 diciembre 2018

Buenas practicas comunicacionales en casos de restitución de identidades

En 2018 en la Universidad Nacional de Quilmes iniciamos un proyecto que busca promover buenas prácticas periodísticas en la cobertura de casos de restitución de identidades robadas por el terrorismo de Estado.

Los distintos capítulos de este libro/manual repasan la historia de ese delito de lesa humanidad y los actores involucrados –tanto en su comisión como en la búsqueda de justicia–, las estrategias comunicacionales de Abuelas de Plaza de Mayo, las lógicas de la noticia en la prensa y en las redes sociales, las implicancias éticas y las posibles afectaciones a los procesos judiciales. Concluye con una parte propositiva: plantea una forma posible de abordaje y sugiere líneas de trabajo para profundizar las coberturas periodísticas, ya que “la restitución no termina con la conferencia de prensa”.

A modo de síntesis, el libro incluye una serie de recomendaciones para las buenas prácticas comunicacionales, construidas como insumo de trabajo en los talleres que promovemos con periodistas y estudiantes de comunicación.

Click aquí para descargar 

http://comunicacionparticipacionciudadania.web.unq.edu.ar/2019/12/12/el-rol-del-periodismo-en-la-restitucion-de-identidades/

18 noviembre 2018

Sin Pasar

 

SIN PASAR

En estado de suspenso senti mental

No puedo calcular

el tiempo que llevo

en estado de suspenso

senti mental.

Días sin dormir

alternados

con momentos huecos

en que no puedo

hacer otra cosa.

El tiempo no pasa

cuando no pasa nada

de lo que deseaba.

Repaso

lo que pasaba

y dejó de pasar.

Llevo tantas horas

en la misma posición

que parece siempre

la misma hora

entumecida.

Una sola hora

atascada

convertida en estado

de espera irresuelta,

medida

de tiempo eterna

que llega

desde otro lado.

Es sabido

que no hace bien

revolver esta herida,

escarbar

el filo de la cuchara

en la pérdida.

Ese estado

tan propio, tan mío

tan pesado.

Soy eso.

Algo de mí

está en juego

una vez más.

Vuelve el pasado

pendiente

pero estoy cansada

y el mundo me alarma

si no hay refugio posible

para el regocijo del alma.

Ya no tengo paciencia

para la resignación o la calma,

este sistema de paréntesis

me deja paralizada.

Días así,

en carne viva,

viendo mi herida

sin anestesia

en la pantalla

tu nombre en silencio.

La ausencia

que acariciamos,

este juego que

venimos perdiendo.

Desaparecer

me obliga también

aunque no quiero,

no puedo elegir

no sé dejar

el rol eterno

de esperar

lo imposible

sin expectativa,

sin esperanza.

Este no lugar.

Esperar

en estado latente,

como respirar

esta tortura.

Esperar

hasta olvidar

qué es

lo que estaba esperando.

Esperar

hasta recordar

que todas las pérdidas

son la misma,

permanente,

sostenida en el tiempo,

como los días

atravesados

por esta sensación,

este re sentimiento.

Un re sonar

de sentidos

en suspenso,

como un puente

sin tiempo.


Sin pasar.


05 agosto 2018

LA BUENA LECHE

 

LA BUENA LECHE

 

Tenía un camisón nuevo que había llevado, pero no me entraba de lo enormes que tenía las tetas. Así, como dos sandías parecían, era una cosa impresionante.

Ya cuando tuve a mi primera hija había tenido muchísima leche, así que cuando fui a tener al segundo bebé las enfermeras se acordaban y en seguida me vinieron a hablar. En aquel tiempo era muy común. Se compartía la buena leche. En el hospital había un banco pero a veces no daba abasto, y como yo tenía de sobra, me vinieron a pedir.

Primero para unas bebés mellizas, que habían nacido prematuras. Eran muy chiquititas, aunque estaban bien formaditas, lindas, ya no se parecían a un feto. La familia tenía otras hijas más grandes y esperaban algún varón. En aquella época no se podía saber nada del sexo del bebé mientras estabas embarazada, así que cuando nacieron recién se enteraron. El padre salió a las puteadas al ver que eran dos nenas más. A la mujer entonces le dio tal disgusto que se le cortó la leche y no las pudo amamantar. Yo les di.

Después me vinieron a pedir para otro bebé que tenía muchos problemas de salud. No sé cuantas cosas tenía, un pobre chico con muchísimas dificultades, esto y aquello me dijo la enfermera y yo le di y le seguí dando durante mucho tiempo. No lo conocí a ese bebé, pero lo que sí me acuerdo es que era hijo de un militar. Yo me sacaba la leche que me explotaba de las tetas y la ponía en unas botellitas de vidrio que tenía ahí, siempre esterilizadas, y las guardaba en el refrigerador. Todos los días a las 8 de la mañana las pasaba a buscar un oficial del ejército. Un muchacho joven, que venía con un camioncito verde hasta la puerta de mi casa para llevarse las botellitas.

¡Tanto tiempo pasado! Ya está… o ya fue, como se dice ahora. Aunque a veces me pregunto qué habrá sido de esos chicos. Pasaron tantos años, anda a saber qué serán, ¿verdad? Una siempre quiere pensar cosas buenas, ¿no?, que de un acto solidario de amor nada puede salir mal.

Pero es curioso, porque el día que leí en el diario lo del enfrentamiento tuve esa sensación tan extraña. Dicen que los mamíferos pueden reconocer a la madre por el olor de la leche, pero yo en cambio reconocí a mi hija. No la nombraban en ninguna parte pero yo supe al instante que los milicos lo habían hecho, y que ella no estaba más. 25 años después de haberla parido, volví a sentir ese olor inconfundible y profundo de la propia leche emanando del cuerpo. Volví a ver el camioncito del ejército parado en la puerta de casa. La sonrisa del oficial.

29 julio 2018

Celeste

 

CELESTE

 

Estábamos jugando en la vereda cuando llegaron. Eran un montón de hombres, aunque no puedo decir hombres, porque para mi eran robots gigantes. Llegaron en silencio. O yo no escuché nada. O pensé que era otra cosa. Había sol y estábamos dándole el mate cocido con bizcochos a las muñecas, ni nos enteramos de lo que pasaba. O yo no me di cuenta. O fue tan grande la sorpresa que no sé todo lo que pensé. Aparecieron de golpe y me quedé quieta del susto. Cuando nos dimos cuenta ya estaban por todas partes, en los árboles y en los techos de todas las casas de la cuadra, cerrando el paso en las esquinas, como una invasión. Tenían una ropa especial, como con escudos y unos cascos brillantes que les tapaban las caras. Hacían alrededor el ruido de muchas radios rotas. A la radio de mi abuela en la cocina a veces le pasaba eso y cuando venía ese ruido, ella despacito y con paciencia movía la perilla hasta volver a encontrar la canción que lograba calmar ese ruido fatal.

Celeste clarito era el color de mi casa. Era de material y por eso era más calentita. La hicieron mi papá con mi tío y mi abuelo cuando yo todavía no había nacido. Antes siempre era gris, yo me acordaba de eso. La había pintado mamá hacia poquito con una escalera altísima. Cuando pintaba me decía que me salga de ahí abajo para no mancharme, pero a mí me encantaba mirarla desde ese lugar, se veía tan grande y tan contenta pintando la casa, con todo el sol iluminándola. Celeste clarito era el color de mi casa, un poco más claro que ese cielo que se abría sobre su pelo marrón brillante casi anaranjado.

Parecía otra casa, esa casa, mi casa. Se veía chiquitita ese día con el ejército de robots parados arriba del techo. Eran como insectos monstruosos. Manchas negras moviéndose a gran velocidad.

Bajaron por las paredes colgados de sogas. Me quedé viendo en silencio a esos hombre-araña, como si estuviera lejos de ahí. Me preocupaba por las marcas de las patas que podían quedar en la pintura, mientras veía cómo pateaban la puerta de madera hasta tirarla abajo, deshecha, reventada y todo eso que estaba ocurriendo se volvía una postal definitiva y los insectos entraban en el cuerpo de mi hogar.

No entendí lo que pasó. Me di cuenta del peligro, pero no pude asustarme. No me pasaba nada en el cuerpo. Era como si no estuviera. Me había ido. Como si no creyera lo que estaba pasando. Como si yo ya no fuera yo. Supe que algo estaba roto. O que ya no había ningún lado, ni vuelta atrás.

No sé quién me sacó de ahí. Fue un tirón, como si me hubieran soplado desde adentro de la casa de mi amiga y cerrado la puerta. Fue todo tan rápido que no pudimos ni agarrar las muñecas. Quedaron ahí afuera, sentadas con el mate cocido humeante sobre la mesita, como si nada pasara. Las vi por los huequitos entre las maderas y quise salir a buscarlas, pero no me dejaron. Adentro de la casa, todos estaban de una manera muy rara, acostados debajo de los muebles, con los brazos agarrados a las cabezas y hasta la bisabuela, que tenía como 100 años estaba en el suelo. “Agachate, agachate", decían todos y a mí se me subían los hombros sin entender por qué. Fue solo un momento y entonces no vi quién, pero alguien se me tiró encima y me aplastó con todo el peso del cuerpo en el suelo. Una voz de mujer repetía en susurro “ya va a pasar, ya va a pasar la balacera”, y fue entonces que registré esa palabra y aunque no veía nada, pude ver las balas en la acera. Recién entonces escuché sonidos: las explosiones, los vidrios rotos, los gritos. Hacia calor. El cuerpo que me aplastaba tenía un olor raro, como de mocos mezclados con hierro. Algo gomoso y metálico. Un olor que no volví a sentir jamás, pero que tampoco pude olvidar.

El suelo estaba cubierto de un plástico engomado, color cremoso clarito, con pedacitos rojos, trocitos transparentes y brillitos dorados derretidos dentro. No lo había visto nunca de cerca. Era realmente hermoso. Nunca lo volví a ver. No pude volver a esa casa. Al otro día me llevaron a otra parte. Un lugar que prefiero olvidar.

01 julio 2018

Chechu. El vacío

 

EL VACÍO

Yo. Vos Mamá, papá. Hija. Verdad. Amor. Vacío. No son solamente palabras


—Tenés que conocer a Chechu. Está en la terraza, subí.

Entre plantas autoflorecientes y cajones de cerveza, saludo a la chica que en un solo gesto me convida abrazo, beso, una pitada y la sonrisa grandota toda generosa. Tiene los ojos brillantes y diminutos. Mientras sonríe, sus ojos dicen otra cosa.

También sonrío. Conozco esa forma de sonrisa escudera. Armadura vital. Colchón de espuma que pretende amortiguar el impacto de lo que se porta, de lo que se está por contar. La sonrisa anestesia, es la antesala de lo que dirá.

—Soy apropiadaNo sé quién soy en realidad.

Sus palabras son materia sólida, gruesa, invisible, que le desborda la boca. La sonrisa se quiere estirar al infinito, pero no alcanza a contener la presión, la expresión, la explosión que genera una verdad como esta cuando se libera.

La presentación es una trompada sin preámbulo que me cabe entera.

Sonrisa intacta, ambas. La veo y me veo reflejada en ella.

Silban los oídos. Aúllan. Mareo, marea.

—¿Cómo es eso?, pregunto.

Soy adoptada ilegalmente. Me lo contaron mis viejos. 

Se frena al nombrarlos. Desaparece la sonrisa y cambia la cara, los ojos se miran entonces la punta de la nariz.

—Apropiadores, debiera decir.

Puede ser, claro. ¿Es posible acaso encontrar una forma correcta de nombrar las cosas, cuando es el propio nombre lo que se ha mal nombrado, o se sigue mal diciendo?

Los viejos. Los apropiadores. Los que la criaron, la vistieron y alimentaron. Quienes le mintieron. Quienes le enseñaron las palabras y los silencios. Los mismos que le impusieron un nombre y anularon lo verdadero. Ellos, que le torcieron la cabeza ante el poder vertical, vinieron a decirle hace no tanto lo de la adopción falsa.

De ahí los pocos datos que hay. Un tío militar. Un médico en Chascomús. No mucho más. Un vínculo ilegal que no está inscripto en ninguna parte.

El vacío. Una historia que ahora es tuya. Hace lo que puedas, tomá.

Voces sin gravedad. Sin cuidado, sin compromiso, sin piedad. La charla alivianada. Palabras impunes. Un lindo paquete, con papel de regalo y moño. Toneladas de mierda que no sabemos dónde ubicar. Detrás de la sonrisa, quizás.

Desde entonces ha recorrido todos los caminos, desde Abuelas a la CONADI, y de ahí a la fiscalía especializada en delitos contra la identidad. Dejó su muestra de sangre en el banco nacional de datos genéticos para el cotejo. Espero y esperó, un resultado que hasta ahora es negativo. Pero, ¿acaso eso quiere decir que no? Claro que no. Sabemos que no significa eso. Los análisis genéticos son certeros al 99,9 % en casos afirmativos, pero los negativos nunca pueden ser resultados definitivos, justamente porque el banco de datos es incompleto, guarda solamente el ADN de aquellas familias que pudieron iniciar una búsqueda.

¿Y si no quedó nadie que pudiera buscar?

¿Qué pasa con aquellos en los que se instaló el terror, que no pudieron salir, que el miedo los venció? ¿Qué ocurre con las familias que fueron por completo aniquiladas, donde no ha quedado ni uno solo ser vivo y no hay muestra genética de nadie con quien comparar? ¿Qué hay de aquellos que no supieron que su familiar estaba gestando al momento de desaparecer? ¿Qué ocurre con las adopciones que se tramitaron como legales?

Mi caso, por ejemplo, estuvo por fuera del rango de búsqueda de las Abuelas y no hubo un expediente ni una ficha por tratarse de una situación intrafamiliar. Sabiendo que debe haber muchos casos más de chicos apropiados durante la dictadura que no podemos comprobar, ¿podemos descartar entonces la posibilidad de que esta persona sea hija de desaparecidos? ¿Y si no lo fuera, acaso el Estado no es cómplice de todos modos del falseamiento de su identidad?

Yo me quedo clavada en el tiempo presente de su ser. Soy apropiada”, dijo y tiene razón.

Es ahora, es todo el tiempo la inquietud que punza sobre el origen. Ser apropiada es estar significada desde el error inducido en la lengua.

Yo. Vos. Mamá, papá. Hija. No son solamente palabras. Son mandatos.

La apropiación es un hecho constante, una incógnita que se extiende mientras se mantienen faltantes aquellos elementos fundamentales donde basar la identidad. El apellido trucho no deja de ser un recordatorio. La aceptación de lo ilegítimo. Un premio a la impunidad.

Las preguntas se abren, se ramifican y casi no hay respuestas.

¿Quién soy? ¿Quién sos? Nadie es nadie. ¿Quién es quién?

¿Es lo mismo ser que estar? ¿Anclarse a una identidad falsa para hundirse en ella, o trascenderla? ¿Se pueden romper a través del lenguaje con los mandatos de crianza? ¿Renombrar es resignificar? ¿Hasta dónde se puede llevar un nombre falso? ¿De qué manera la huella de un delito puede constituir parte de la identidad? ¿Puede una persona quedar atada para siempre a una filiación mentirosa e ilegal? ¿Y si no hay una familia a la que restituirse? ¿Cómo se constituye la identidad cuando no se sabe nada del origen? ¿Cómo debiera llamarse, si sabemos que su nombre está mal? ¿Cómo desaprender la lección equivocada para encontrar la propia forma de decir quién soy? ¿Podría uno mismo decidir cómo se va a llamar? ¿En que momento empieza una persona a des-apropiarse? Saberse apropiada, ¿es parte del encierro o del camino en libertad?

Yo también decía mis viejos y les renovaba contrato sobre roles usurpados. Recuerdo la incomodidad pujante de no saber como nombrarlos, y el alivio al final, cuando decidí no llamarlos más.

Yo. Vos.

Mamá, papá.

Hija.

Verdad. Amor.

Vacío.

No son solamente palabras.

 

 

  • La imagen principal pertenece a Pablo Picasso, "Maternidad"