20 octubre 2019

Yo milito por el aborto legal


#YoMilitoPorElAbortoLegal compila los testimonios de grandes compañeras que le pusieron el cuerpo y el corazón a la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo.




La soberanía de  las mujeres 



Era casi la nochecita cuando llamaron de la clínica. Había estado ahí por la mañana para una extracción de sangre y querían persuadirme de volver al día siguiente para repetir el procedimiento. Había pasado algo con las muestras. Algo. Qué puede ser algo. Un error, un tropiezo. Vaya a saber. La voz firme insistía, sin explicar nada ni decir por qué. 

Esa noche pensé lo peor. Lo que por aquel entonces alcanzaba a imaginar como lo peor que me podía pasar. Repetir el análisis sólo podía significar una cosa en mi cabeza adolescente. Era la escena tantas veces anticipada y temida. En algún punto ya lo sabía. No había tenido cuidado. Sabía todo, tenía información. Pero no, en la práctica las cosas eran distintas. Nadie iba a decir: Pará, pará, antes de metérmela, utilicemos algún método anticonceptivo. No. Garchar era justamente lo contrario: no parar, galopar a lo loco, dejarse tragar por el éxtasis vital. 

Tenía experiencia, recursos adquiridos. Había debutado al terminar la primaria y a los 17 ya sentía que era grande. No me vas a acabar adentro había aprendido a decir hacia el final, como un conjuro. Aunque nunca estaba segura en realidad. Me faltaba apenas medio año para ser mayor de edad. Creía que eso significaba algo, como una meta de inicio. Esperaba un cambio rotundo, ser reconocida de algún modo. Poder tomar decisiones era algo parecido a poder hacer lo que quisiera, aunque no supiera qué quería. Ser adulta debía ser parecido a la libertad, imaginaba. Algo por descubrir. Pero el llamado telefónico decía que algo había pasado y a la mañana siguiente había que volver a ese lugar horrible. Iba a dormir mal. Odiaba las instituciones. Odiaba sacarme sangre. Odiaba la sala de espera. Odiaba madrugar. 


A la noche soñé con un sillón de capitoné con almohadones rosados y mis padres sentados ahí, vestidos de fiesta, sonrientes, maquillados como en el teatro, divertidos como nunca. Yo no estaba de fiesta. Llegaba de la calle portadora de una mala noticia, con un sacón grueso y algo húmedo guardado en los bolsillos. Mis padres sostenían una bandeja en las manos y me daban de comer sin parar, me llenaban la boca, no me dejaban hablar. Quería decirles algo importante que estaba por pasar, pero me iba olvidando a medida que me atragantaba y la gelatina de los bolsillos empezaba a crecer y derramarse por el sillón. En ese momento bajando la mirada ví el sacón pesado y abierto, con mi cuerpo desnudo debajo y al descubierto, una panza gigante, redonda como el mundo. Al principio no creía que fuese mía. Mis padres celebraban, me llenaban de comida. La panza inmediatamente crecía, y ellos seguían de festejo mientras mis bolsillos seguían drenando y los almohadones rosados quedaban todos sucios y empapados.


Al despertar pensé en ellos, en la familia del portarretratos y en la alegría que estaba a punto de destruir. Camino a la clínica la cabeza se anticipaba y no dejaba de buscar la forma de explicar lo que estaba ocurriendo. No sabía qué ni cómo, pero iba a tener que afrontarlo.

Al llegar me preguntaron si nadie venía a acompañarme. Yo estaba sola por propia decisión, ya era grande, no necesitaba a nadie. Me hicieron esperar un rato y luego me obligaron a llamar. Llamé a mi novio. Ese novio que tenía en ese momento. Uno. No recuerdo qué le dije. Ni se cuánto tiempo pasó, todo fue lento. Solo me acuerdo de los azulejos que cubrían las paredes del piso al techo en la pequeña habitación sin ventanas en la que estaba el escritorio con el teléfono.

Durante la espera pensé en Linda, una compañera que había tenido un bebé dos años antes y ya no iba a la escuela, ni a recitales, ni a bailar. A su novio lo seguía viendo en todas partes, pero ella no había salido más. No quería eso. También tenía presente a mi amiga Andrea que ya se había hecho dos abortos. El último, un desastre, pocos meses atrás. 


Cerré los ojos. Estaba tan cansada. Odiaba ese lugar. El encierro, los azulejos blancos, la soledad. Imaginé una sala de partos. El llanto. La piel del bebé en las mantillas. El miedo. El peso de esa criatura por la vida. 

No tenía muchas posibilidades. Me preguntaba cuál sería el camino a tomar. Mi madre siempre decía que había que hacerse responsable de las acciones, pero yo no sabía de qué me hablaba. Solo podía pensar en escapar de un encierro que no podía ver ni tocar.

Le dolía la panza a Andrea. Su novio consiguió la plata y la llevó al lugar, pero cuando terminaron la trajo a mi casa, que era la de mis padres, para que descansara. Dormimos juntas esos días. Temblaba y se quejaba, repetía que nunca iba a olvidar ese momento, pero yo sabía que lo olvidaría, porque la conocía: nunca se cuidaba, ni se cuidaría. Un año después estábamos en la misma, pero sin novio que juntara plata o la llevara. Hicimos una vaca. Esta vez tuvo fiebre alta. Se retorcía el cuerpo frío, transpiraba. Nos asustamos, tuvimos que decirle a mi vieja, y ella llamó al médico y a la mamá de Andrea. Estuvo grave, la sacó barata. No tuvo consecuencias, creo solo que le dolía mucho cuando menstruaba. 


Yo no quería ser ninguna de ellas, no quería pasar por nada de eso. Mi cuerpo quería salir corriendo. No quería estar ahí. No quería verle la cara a los médicos. No quería escuchar, ni arrepentirme. No quería saber. Solo salir de ahí y cogerme con toda la furia al primero que se me cruzara, al segundo y al tercero también, liberarme de la angustia, quitármela del cuerpo, salir y no volver atrás, sacudir la cabeza hasta olvidar ese lugar, el aturdimiento, esta realidad. El tiempo detenido. Clavado. Sin poder pensar el futuro. Con el pasado acumulado. El cuerpo pesado. Las palmas de mis manos. La madera del escritorio veteado. 


-¿Tuviste relaciones sin cuidado?

-Sí, claro.


Entonces todas las palabras vinieron en caída. El médico explicaba algo de la sangre, de los fluidos en contacto, de algo infectado. Decía cosas que no tenían nada que ver con un embarazo, y yo no lo podía entender, no lo podía escuchar, no era el asunto. Lo peor ya no era lo peor, y yo no estaba preparada. Nunca más nada fue lo peor, y súbitamente, sin perspectiva, ya nada era tan malo tampoco. Era enorme la sorpresa. No recuerdo haber llorado, no hice preguntas, no dije una sola palabra. Estaba helada, pero igual el señor de guardapolvo me pedía que no me angustiara. Decía que de esto no se sabía mucho pero se estaba investigando. Que mi expectativa de vida era alta, que con el virus podía llegar a vivir unos 10 o 15 años, que guardara esperanzas. Mientras, su cara decía todo el tiempo lo contrario. Era un velorio. Me estaba desahuciando, con preocupación quizás, pero a la distancia, sin piedad ni pena, desinfectados. Hice cuentas rápidas: no iba a llegar a los 40. La voz insistía repitente que no podía volver a tener relaciones sexuales sin protección y con especial énfasis, que bajo ningún concepto debía pensar en tener hijos. Fue una sentencia. Una trompada. La maternidad quedó entonces en otra parte, ajena, negada.

La calle bombardeada. En la sangre una batalla de fuerzas desiguales. Llorar en la ducha. Caminar en silencio. Mis ojos en el espejo. Escapar de lo establecido. Revisar hacia adentro, cada rincón. Buscar al enemigo, conocer al invasor. Reconocerme. Cercarlo sin perderlo de vista. No dejarlo avanzar jamás. Aprender a cuidarnos. Nutrir mis fuerzas. Reírme de las condenas a muerte. Hacer lo imposible. Ganar.


Pasaron décadas y la memoria de aquel momento permanece en una zona incierta, como el realismo creíble y mágico de la ciencia ficción. Los antiguos discursos médicos fueron quedando caducos a medida que el VIH se fue convirtiendo en una enfermedad crónica que, con tratamientos de avanzada y calidad de vida puede dejar atrás su estigma mortal. 


En la actualidad estudios científicos globales como el Partner, reconocido por la Organización Mundial de la Salud, determinan que los riesgos de transmisión del VIH de un virus indetectable son nulos, porque un virus indetectable es intransmisible. Esto quiere decir que parejas cero discordantes, con adherencia y respuesta al tratamiento, pueden tener relaciones sexuales sin riesgo de transmisión. Mujeres infectadas pueden dar a luz niños sin el virus.. 


Pero ¿qué
tiene que ver esto con el derecho al aborto? Para mi van de la mano. El sueño de la gelatina, los abortos de Andrea, el bebé de Linda. 

A la misma edad que una piba sin querer se embaraza, otra adquiere por transmisión sexual una enfermedad que, sin cuidados, puede ser mortal. La ruleta es la misma. La acción es la misma. La vulnerabilidad es la misma.
Las mujeres seguimos en riesgo como objeto de prácticas sexuales y socioculturales funcionales al machismo. Los mandatos siguen traccionando nuestros cuerpos.

No se trata de tener o no tener hijos, de contraer o prevenir enfermedades: hablamos de autonomía para las mujeres. Y para lograr soberanía sobre nosotras mismas, para ejercer ciudadanía, hace falta un Estado que acompañe y respete el deseo femenino. Lo que está en debate es el derecho al goce igualitario, para que podamos hacer usufructo de la libertad que representa explorar la sexualidad sin limitaciones ni castigos, sin consecuencias desiguales. Y para esto es necesario el acceso universal a la salud pública y a la educación sexual, porque no hay libertades sin responsabilidades.

Debatir, propulsar, constituir una ley de aborto es romper tabúes, nombrar lo silenciado. Militar la ley de Educación Sexual Integral es repartir herramientas de cuidado, no sólo condones, listones rojos u elementos, sino fundamentalmente argumentos. Para poder ponerse en el lugar de alguien más, ser una misma en otra circunstancia, constituir ese mismo espejo desde el cual queremos ser miradas y acompañadas.

Luchamos por el derecho al aborto digno, como alguna vez tuvimos que luchar para que existiera el plan médico obligatorio que obliga a obras sociales y prepagas a cubrir los tratamientos básicos para el VIH y otras patologías. Seguimos luchando por una Ley Nacional de VIH, porque en Argentina conocemos profundamente la fragilidad del sistema. Tenemos la experiencia de que no haya reactivos para los testeos, sabemos de incertidumbres y dificultades burocráticas, de horas vitales muertas en la espera, de lo insalubre de recibir tratamientos fraccionados por semana, de medicamentos compartidos y pastillas sueltas en una bolsita en la ventanilla del Ministerio de Salud. 

Un ministerio imprescindible, que ya no existe y hace falta. En el marco de un Estado en retroceso, hay que dejar de perder el piso de derechos primarios que supimos conseguir, para poder pensar, generar y adquirir nuevos derechos.

13 octubre 2019

Ring

 

RING

El teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto


Sonó el teléfono de casa, uno de esos aparatos donde teníamos que hablar atados a la pared y el cable enrulado se podía enrollar alrededor del dedo mientras se le daba vueltas a cualquier asunto. Era un modelo moderno de plástico naranja, que reemplazaba a aquellos viejos teléfonos negros pesados de baquelita de EnTel. Estaba coronado en el centro del disco con el logo de la empresa, que parecía una calavera ladeada. Sonaba y desde las habitaciones cada cual gritaba: ¡yo no voy!, ¡no atiendo!, ¡no estoy!, ¡atendé vos!. Finalmente, la única que levantaba el tubo era la subjefa del hogar y jamás era para ella que atendía. Entonces pasaba la comunicación a quien correspondiera, tapando la parte de abajo del tubo para que el micrófono no captara la puteada con que pretendía asumiéramos esa mínima responsabilidad. Sonaba el teléfono en la casa y cada ring hacía correr el tiempo. Había que llegar hasta la cocina donde estaba conectado el equipo, pero nadie quería hacer ese esfuerzo y mucho menos a riesgo de que la llamada fuera para otra persona. Yo a veces atendía, cuando no había nadie más en casa. Mis hermanos nunca lo hacían. Irma era chiquita. Siempre era chiquita, aunque ya no lo fuera y Nicanor era un príncipe maleducado que nunca hacía nada por los demás. Ese día el teléfono de la casa sonaba como cualquier otro. Como cuando llamaban Natalia, Tamara o Sebastián. Como cuando llamaban los clientes del negocio, o la tía, o las abuelas. Como cuando llamaba el que me gustaba, o como cuando llamaban a un número equivocado que justo era el mío, todo sonaba exactamente igual. No había un timbre especial, un guiño, ni nada distinto que pudiera anticipar que ese llamado entrante iba a cambiarlo todo. A las malas noticias les gusta ser imprevisibles. No hay cómo anticipar la tragedia. No hay premonición. No hay nada capaz de amortiguar el golpe, el dolor venidero de las palabras aplastadas entre fierros retorcidos como chatarra. El impacto inesperado de la vida que se detiene, como un camión que nos pasa por encima y se va. Se aleja. Una imagen detrás de otra. La escuela secundaria. El primer día de clases. El pelo finito y rubio de Leonela. Su pollera de verano blanca, casi transparente. La sonrisa enorme y los restos de comida atrapada entre los alambres de los aparatos fijos. Su cara de perrita pekinés. La letra redonda. El tablero, las láminas y la tinta rotring. Asomarnos por la ventana al pasaje. Salir al toque de timbre por la avenida Rivadavia, como eslabones del brazo con Julia, Mariana o Soledad. Sentarnos al fondo del 92 hasta su casa en la calle Colpayo. La habitación gigante arriba, donde todavía jugábamos a las muñecas cuando nos nadie nos veía y se nos mezclaban las ganas de seguir niñas por un rato y de crecer para devorarnos la vida sin dejar nada por probar. La pulsión de explorar y compartir. La luz apagada en su baile de cumpleaños. Las ganas de adivinar. El deseo de ser. Atesorar lo secreto. La fragancia. Chapábamos mucho ahí, todos con todos, a veces en serio, otras veces sólo por jugar. Pero el teléfono decía que ya no era tiempo de juegos. Eso se había acabado. Todo se iba de pronto. El verano. El camino interrumpido. La llamada. El cable enredado. El viaje a ningún lugar. La mano de mi amiga. Un saludo a los lejos. Una corona de flores. Un cuerpo. La realidad que no entraba en una caja. Una tristeza que no podía caber en ningún lugar.