20 de febrero de 2011

Alice in nowhereland

Cuando era chica me gustaba hurgar cajones. De la mesa de luz de mis padres de crianza sacaba dos cajas de cartón naranja que guardaban las fotos de su casamiento y me divertía  viendo los vestidos y los peinados estrafalarios de las señoras, con sus maquillajes sixties, que luego yo intentaba imitar a escondidas. En las fotos había alguna gente muy vieja, viejísima, estaban mis dos abuelas maternas y también la adoptiva con su mejor vestido de gala, tules y encajes, el tío pelado todavía tenía pelo, y largo, estaban todos los amigos, los conocidos y los desconocidos, algunos clientes, empleados, vecinos y también la modista con toda su familia... nada me divertía más que inventarles historias y luego preguntar foto por foto, uno por uno, por todos los invitados a la fiesta para saber quién era quién en realidad. En dos fotos solamente, aparecía esta chica, que no era la más llamativa, pero que para mí, era la más linda de todas, con sus bucles negros y su vestido de princesa…me imaginaba historias románticas y bellas para ella. Cuando preguntaba quién era, siempre me sorprendía, por algún motivo no podía retener esa información y cada vez que me decían: "ella es tu mamá, Alicia" quedaba helada ante la respuesta. Ningún diálogo seguía después de eso. Ningún juego. Ya no importaba saber quiénes eran todos los demás, solo intentar descubrir algún rasgo familiar en esos pocos milímetros de fotografía en blanco y negro, antes de devolverla a su caja.
Eran las únicas fotos de ella y ni siquiera eran mías.

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